martes, 9 de septiembre de 2014

UN SOBRANTE DE DINERO

Entre las cosas que me encargaba la Maestra Felícitas Sánchez Ramírez, directora de la Escuela Primaria en Atotonilco, originaria de San Miguel Alto, era recoger los sueldos de los profesores en la recaudadora de rentas, cuyo jefe era un individuo muy autoritario y difícil de trato, carácter que conocía todo mundo.
En una ocasión al estarnos contando la paga, observé, en mi recuento paralelo visual acostumbrado, que nos estaba dando dinero de más. Como no admitía observación alguna,  e igual prácticamente nos corrió, porque tenía que hacer algunas cosas fuera de su oficina.
Al salir se lo comenté al condiscípulo que me acompañaba, quien insistía en que estaba correcta la cantidad, y casi contra su voluntad, en un saliente de una ventana adecuado, nos pusimos a recontar, resultando que efectivamente había un sobrante, que en aquel tiempo, para nosotros, era un dineral. El que “no le regresemos nada, viejo móndrigo” no iba conmigo.
Todavía lo encontramos, de peor humor, en su despacho
-¡¿Ahora que quieren!?
-Señor, nos entregó dinero de más, recontamos bien y le sobran 120 pesos
-¡Ah, como serán pendejos, dénmelos y lárguense.
Fue una decepción tremenda el proceder de este mal e ingrato funcionario, fiel reflejo de la supina actitud, con rarísimas excepciones, de nuestros funcionarios públicos de siempre en todos sus niveles.
¿Qué hubiera pasado, si en vez de sobrante fuera faltante?
La maestra Felícitas, conociendo el genio del Jefe de Rentas, no le causó mayor sorpresa. Ante los docentes de la escuela y varios condiscípulos, exaltó mi desempeño.
Ahí le agarré al sector oficial, que se ha encargado de justificar muchas veces, una tirria y desconfianza permanentes (ver por ejemplo "Te la Voy a Conseguir de Agente de Tránsito")

domingo, 7 de septiembre de 2014

VENIMOS POR TÍ

El domingo 21 de junio de 1951, al final de la Fiesta Escolar por el término de la instrucción primaria, en la Escuela Urbana Foránea número 15 para niños Benito Juárez, en Atotonilco el Alto, Jalisco, que como he dicho en otros relatos, fui con mucho y sin falsa modestia, el alumno número uno, se me presentaron tres religiosos muy bien y elegantemente ensotanados, quienes sin preámbulo alguno me espetaron:
-Venimos por ti como haciéndome un gran regalo.
-¿Cómo, porque?    
-Ya te conocemos; sabemos que eres el mejor alumno.
Como había aprendido que todo lo que no fuera por mi gestión personal y desconocido o misterioso, no era de mi agrado y sí de intromisión en mis asuntos privados, además de que siempre me causó miedo en cierta forma lo religioso, les contesté, lo que era muy cierto:
-No señores, desde mañana tengo trabajo para ayudar en el sostén de la casa, donde hay mucha necesidad y soy el único que por el momento puedo ayudar.
Ni siquiera les pregunté su representación religiosa ni jerárquica, ni quien me había recomendado. Al ver que mi decisión era tan firme y definitiva, no se atrevieron a insistir y se despidieron.
Luego, y hasta ahora, pensé que les debía haber dejado, sin que por eso fuera a aceptar,  que me dieran más explicaciones y razones de su visita. Iban con sotanas color café oscuro.
Lo más probable es que fueran de los Legionarios de Cristo, por las reclusiones que habían hecho por el rumbo; o de la Compañía de Jesús, por mi relación como cliente de Buena Prensa y Librería San Ignacio, de las que eran dueños; descarté a los franciscanos, porque ninguno ostentaba su tonsura correspondiente. También pudieron preguntar a la directora Felícitas, o a la parroquia, pero ni ella ni el Señor Cura, me dijeron nada. 
En relación con lo religioso, aclarando que soy fiel creyente y católico, cumplidos los 18 años, me invitaron personas de mucha confianza y prestigio en Atotonilco, a ir a Ocotlán a un evento muy conveniente e importante para mí. Sin saber con precisión de que se  trataba, resultó que era para tomar los tres primeros grados de la Orden de los Caballeros de Colón, que en Atotonilco era muy respetada.
La trama social, o escenificación de los problemas familiares, trágicos, que se expusieron, de inmediato me di cuenta que eran una sólo dramatización, es decir un montaje teatral. Sin decírselo a los demás, la llevé convenientemente tranquilo, lejos de descontrolarme o apanicarme. Sin embargo, aunque rechazo todo lo que conlleve tintes secretos, me pareció bien colaborar con  el grupo, máxime que el capellán correspondiente era el Señor Cura José de la Torre Rueda, con quien, no obstante la gran diferencia de edad, llevé una amistad entrañable.
Acepté el cargo de Actividades Juveniles y empecé a trabajar con buenos resultados. Doné y rifé la colección juvenil Hacia Lejanas Tierras, 24 títulos de aventuras de Emilio Salgari, Julio Verne, Rafael Sabatini, y otros, creo que de Editorial Molino.
Luego me enteré de las flaquezas de algunos miembros, humanos al fin, que me decepcionaron, y aprovechando una reunión semanal en la que no asistió el Señor Cura, ante la sorpresa de los presentes, presenté firmemente mi renuncia, con todo y su argumentación de que no se podía hacer. Al regresar don José de la Torre, me llamó al curato. Sin echar de cabeza a nadie, y no estaba para eso, aceptó me retiro, siendo mi proceder uno de los factores para fincar con él la amistad que siempre tuvimos.          

Caballeros de Colón fue fundada por el sacerdote irlandés Michael J. Mc Givney, el 29 de  marzo de 1882, en Connecticut, E.U.A. Tiene más de 15,000 consejos y rebasa  1´700,000 miembros en varios países, como México además de E.U.A.
Legionarios de Cristo, fundada el 3 de enero de 1941, por Marcial Maciel, mexicano, Jacona, Michoacán 10 de febrero 1920-Florida E.U.A. 20 de enero de 2008. Está en 24 países de 4 continentes, tiene 4 obispos, más de 900 sacerdotes, casi 2,000 seminaristas, 15 universidades y 43 institutos de estudios superiores, 175 colegios y más de 120,000 alumnos.   
compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1539, con casi 18,000 miembros; suprimida en 1773. A México llegó el 9 de septiembre de 1572, tiene casi 400 miembros en 56 comunidades de 18 estados, 100 apostolados, 13 colegios de instrucción básica y media, y 8 universidades.
Los franciscanos fueron fundados por San Francisco de Asís en 1209, en Asís, Italia; integran tres órdenes, siendo la segunda femenina. Están en todo el planeta. Se estima en  700,000 sus miembros, con sedes en 47 países. Los 12 selectos misioneros por Fray Martín de Valencia, llegaron a Veracruz el 13 de mayo y a la ciudad de México el 17 de junio de 1524, de los que el más renombrado fue Fray Toribio de Benavente (Motolinía) 

sábado, 6 de septiembre de 2014

LOS MONITOS EN ATOTONILCO

En el relato Guillermo Tell, Descubrimiento del Mundo del Libro, describí como mi padre nos leyó, en el rancho El Salvador, cuando tenía cuatro años, la historia de este héroe suizo, que fijó en mí un precoz enorme interés por la lectura.
Al trasladarnos a Atotonilco e ingresar a la primaria en enero de 1945, con casi nueve años de edad, veía a la salida todos los días, tanto a las doce de la mañana, como a las cinco de la tarde, que en uno de los puestos fijos de la plaza principal, se aglomeraban muchos condiscípulos, aparte de a comprar alguna golosina o preparado de frutas, las famosas revolturas, que tan solicitadas era ahí,  principalmente a leer los “monitos” o revistas de caricaturas.
En cuanto logré “juntar” las letras y leer más o menos de corrido, me hice inmediatamente partícipe de esta afición desbordante con tantos adeptos, que contra lo que muchos digan, fue un factor importante de cultura para el pueblo mexicano. El puesto en la plaza, en donde había varios, a diferencia de ahora que no hay ninguno, era el de don Juan Gómez, que en exclusiva manejaba las publicaciones o revistas. Chamaco, Chamaco Chico, Paquín, Paquito, y otras, de editoriales privadas y de edición o frecuencia diaria; Figuras, semanal de formato más grande, de la Secretaría de Educación Pública y además en el templo se vendía Chiquitín de Buena Prensa, también semanal, a través de la que me conecté de inmediato con su fondo editorial, así como con el de su hermana Librería Editorial San Ignacio, que importaba libros de España y Argentina. De esta revista incluso encuaderné artesanalmente: Mowgli, de R. Kipling, El Gigante Egoista, Tacuche y Pitorro, y otros.   
Chicharrín y el Sargento Pistolas, de Armando Guerrero Edwards, que recuerdo muy bien, quizá lo haya leído en Jueves de Excelsior o Revista de Revistas. Chema Tamales y Juana, en el popular Cancionero Picot, de distribución gratuita, lo disfrutaba permanentemente. Y un tanto fuera del tema, ejercían en mí una gran fascinaban los calendarios anuales de cigarrera La Moderna, con pinturas de Jesús Helguera. 
Sin descuidar para nada mis obligaciones escolares, en las que fui en los seis grados, sin falsa modestia, el alumno número uno, e incluso me hacía cargo de la cooperativa escolar y otras actividades que me encomendaba la directora maestra María Felícitas Sánchez Ramírez, esperaba todos los días con renovadas ansias, para separar y pagar el alquiler de las revistas que iba a leer, a fin de darle seguimiento a las historias que se publicaban en las mismas. También, asistía, con la mayor frecuencia posible no obstante mi escasa economía, al cine Ideal de don Manuel Navarro Ruiz y después al Gran Teatro Cine Atotonilco de don Margarito Ramírez (ver mis cinco relatos sobre el tema)
Era muy emocionante seguirles el hilo a los episodios e historias de títulos como Majestad Negra, de Guillermo de la Parra; Wama y El Pirata Negro (Tirando a Gol o El Diamante Negro) de Joaquín Cervantes Bassoco; Rolando El Rabioso, de Gaspar Bolaños Villaseñor; Los Súpersabios, de Germán Butze; Escuadrón 201, de Sealtiel Alatriste; La Raza de Bronce, autor no especificado; y Ricardo Lacroix, de Carlos Riveroll, del Chamaco. Almas de Niño (Memín Pinguin) y Ladronzuela de Yolanda Vargas Dulché; Corazón del Norte, de Eduardo Martínez Carpinteiro; Espuelas de Oro, de Eduardo Galindo y Ernesto Cortázar con gráfica de José G. Cruz; Kid Azteca, de J. Pita Cabrera; y Los Superlocos (El Señor Burrón o Vida de Perro, La Familia Burrón) de Gabriel Vargas, del Pepín. Muchos de estos nombres tuvieron segundas y subsecuentes etapas y de no pocos se hicieron películas y telenovelas. A La Familia Burrón, completa, la importante Editorial Porrúa le hizo una colección especial de 14 volúmenes, que desde luego poseo. Del fondo de historietas encuadernadas de Buena Prensa (Chiquitín) recuerdo, entre otras, Zenebi, con dibujos de Brick Foster (Jesús Quintero) al igual que Dos Años de Vacaciones y Miguel Strogoff  de Julio Verne; Pepe Trucha, de Alberto Lara Jr.         
Literatura barata, subgénero literario y hasta porquería, han sido calificativos con que muchos puristas de la literatura clasifican los monitos o historietas, que por otra parte, afortunadamente, también tienen defensores y estudiosos de reconocidos méritos, Al caso,  voy a citar sólo tres ejemplos: Puros cuentos, la historia de la historieta en México, Juan Manuel Aurrecoechea y Armando Bartra, Editorial Grijalbo/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Populares; Apocalípticos e integrados, Umberto Eco (El nombre de la rosa, Baudolino, El péndulo de Foucault) y Narrativa Gráfica, los entresijos de la historieta, Ana María Peppino Barrale, coordinadora, Universidad Autónoma Metropolitana.      
En el penúltimo párrafo anterior menciono sólo unos cuantos títulos, a los que les podía dar seguimiento en las revistas que mi tiempo disponible me permitía, de los muchos más que contenían las mismas en ese tiempo. A quienes se interesen en la historia integral de la historieta mexicana, les recomendaría la obra del Sr. Aurrecoechea mencionada y la página de la hemeroteca de la UNAM La historieta y la caricatura en México, que él actualmente dirige.    
Aunque el asunto lo retomaré en escrito posterior, dentro de la etapa de edad adulta, cuando fui distribuidor exclusivo (1974-1998) de Publicaciones Herrerías, luego Novedades Editores (NESA) de los señores O´Farrill, que ostentó muchos años el primer lugar como editora y distribuidora de publicaciones populares (fueron los dueños de Chamaco y Chamaco Chico que menciono al principio) quiero decir aquí que títulos como El Libro Vaquero, El Libro Semanal, La Novela Policiaca, y otras, eran las más importantes en su línea. El Libro Vaquero llegó a tirar 1´500,000 ejemplares semanales, como Kalimán en sus mejores tiempos, y un poco más que Lágrimas y Risas; recibía Guadalajara 75,000, bien medidito el 5% del tiro, con devoluciones en promedio entre el 2 y 3%, por lo que estábamos dejando de vender, no pudiendo las impresoras producir más para llegar en cuatro semanas a 100,000. El Libro Semanal, que se sigue también imprimiendo, fuera del sello NESA, andaba mi dotación en los 50,000, siendo la más antigua de todas, en la cual las señoras Alicia Ibáñez Parkman, directora, y Laura Bolaños (Abril) entre los argumentistas, jugaban un papel muy importante.    
 

 

 

 

 

 

 
 
 

martes, 26 de agosto de 2014

RANCHO LA ESPERANZA

Como menciono en Rancho Las Hormigas, mi bisabuelo Justo Galindo Castellanos tenía el asiento de su familia en el rancho del título, a donde, desde Garabatos, principalme de vacaciones escolares, íbamos de visita. Su padre, mi tatarabuelo, Rafael Galindo,  originario de San Luis Potosí, era un hombre rico, establecido en los ranchos San Antonio y La Paleta, entre San Ignacio Cerro Gordo (ahora municipio jalisciense No. 125) y Capilla de Guadalupe, del municipio de Tepatitlán. Deseando que sus dos hijos varones, ya adultos, Justo y José, que eran según se dice, muy inquietos, sentaran cabeza, decidió comprarles un rancho a cada uno, al primero el que titula este relato, y al segundo El Capulín, en el mismo municipio y cercanos uno del otro, aunque con la falta de las comunicaciones de entonces, no tanto.
Los dos vástagos fueron hombres de carácter fuerte y hasta arbitrario en sus cosas. El bisabuelo Justo fungió en su momento muchos años como Jefe Político y de Acordada de la región de Tepatitlán, con las consiguientes y normales aprobaciones o repudios a los actos de su cargo. Participó en la Revolución Cristera (1926-1929) por lo que, fatalmente, todos los civiles que fueran Galindo, eran molestados por los dos bandos en pugna. Su hijo Manuel, mi abuelo, al no aceptar seguir sus pasos desde joven, siguió los suyos, adquiriendo  a unos cuantos años de casado, tierras en Garabatos (ver relato) para ahí asentarse definitivamente.     
El tío bisabuelo José, casado sin hijos, con la señora Rosa Martínez, al tiempo adoptó a Cástulo de Loza. Pronto se hizo de varios ranchos, formando así mismo enormes hatos de ganado, básicamente bobino y caballar, y muchos bienes. Mi padre tuvo con él un altercado al detectarse una yegua suya en la manada con que trillaba el trigo de la abuela Emilia, ya viuda, ante quien, enfurecido sin escuchar explicaciones, se quejó, sin que ella exculpara a mi padre, como debía haberlo hecho. (ver Un Hombre Excepcional) El cuantioso caudal hereditario que dejó, no cabalmente identificado; una parte fue para el hijo adoptivo, amparando también a unas sirvientas familiares de éste, que con el patrón se hicieron mayores.
Lo demás que era bastante, sobre todo tierras, lo testó a favor de sus sobrinos varones carnales, ordenando que a las mujeres “ni agua” A mi madre, como ahijada de bautismo, si remotamente hubiera pensado dejarle algo, seguramente el altercado con su esposo, mi padre, lo tuvo siempre presente. Recuerdo nombres de ranchos como El Sopial y El Tiznadero, a donde trasladaba cantidades grandísimas de ganado de otras de sus propiedades, pasando por el camino real en El Salvador donde vivíamos, y a él montado majestuosamente en un caballo muy bueno, ataviado con chaparreras y chaleco de cuero de manufactura casera, faltándole en una mano el dedo gordo por accidente con la soga de lazar.
La Esperanza fue favorecida por el clero con las mismas aspiraciones de culto que San Francisco de Asís (antes La Estanzuela), a sugerencia del bisabuelo Justo al padre José de Jesús Angulo Navarro, futuro obispo Del Valle en Tabasco (Hacienda del Valle, Atotonilco el Alto, Jal., 24/06/1888 -Tabasco 19/09/1966) Vicaría General el 25/12/1917, San Francisco, en honor del Sr. Arzobispo de Guadalajara Francisco Orozco y Jiménez, había tomado impulso de la mano del P. Angulo con su nombre anterior. Tanto el padre Angulo, como el Sr. Arzobispo, fueron persistentes defensores del culto católico, y del levantamiento armado, ante la Ley Calles del gobierno federal contra el mismo.     
En terrenos donados por el bisabuelo Justo se construyó el templo de La Esperanza, y de  los señores Irineo y Aniceto Hernández el de San Francisco. El bisabuelo, en virtud de su cargo político, ya entonces estaba presionado por las autoridades, por simpatizar con el bando en rebelión. Por eso o porque no quiso vecinos extraños en su propiedad, ni a su muerte su hijo el tío abuelo Delfino, se estancó y ahora es prácticamente un lugar deshabitado, cuyas heredades, radicados en zonas urbanas, manejan algunos de sus hijos a distancia.         
Don Justo, terminada la Revolución Cristera, prácticamente en su lecho de muerte, le tuvieron que llevar la mano para firmar un salvoconducto, ante el general Miguel Z. Martínez, en favor de Cirilo Franco, suegro del tío Delfino, para que no lo fusilara por motivos del asalto y robo del tren con la nómina federal, en el que hubo una matazón innecesaria de combatientes y pasajeros civiles.   

martes, 19 de agosto de 2014

EL PRIMO MÁS ESTIMADO

Mi primo Manuel “Manuelillo” Gutiérrez Galindo, fue el más apreciado de los más de cien primos hermanos que fuimos. Huérfano nonato por la muerte violenta de su padre, Refugio Gutiérrez Hernández, a los seis meses de casado. Nació el 25 de diciembre de 1932, quedando con su madre, la tía Francisca hermana de la mía, que no volvió a casarse, en la casa de los abuelos maternos en el rancho alteño jalisciense Garabatos, municipio de Tototlán, límite con los de Tepatitlán y Atotonilco, de quienes, al igual que el que esto escribe, era su ahijado de bautizo, honrando la costumbre, prácticamente una ley no escrita, para dicho padrinazgo en los nietos primogénitos. Nací en la misma casa, a donde iba mucho, conviviendo con él hasta los nueve años, cuando emigramos a Atotonilco.  
Cursó escasos tres años de escolaridad primaria, no oficial, suficientes para apoyarle, desde temprana edad, en el desarrollo de una inteligencia e iniciativa innatas para emprender ideas y trabajos fuera de lo común. El entorno en la casa “grande” de la abuela, viuda también, era dominado por las solteras cinco tías carnales, y sólo el tío Gabriel y él como hombres de la casa, lo cual había podido influir, como en otros casos, en una formación infantil masculina inadecuada. 
En Garabatos y ranchos colindantes no había escuelas en aquellos años, treintas a cincuentas del pasado siglo XX. Con suerte llegaba o se contrataba algún maestro con pocas pretensiones, fuera del sistema oficial, ex seminarista por ejemplo, que con ganas  y entusiasmo, desempeñaba un buen trabajo docente. Los alumnos, que casi todos tenían que recorrer grandes distancias para asistir a la escuela improvisada, aprendían así, en cortos ciclos de clases, con mucho mayor entusiasmo y necesidad. Incluso estuvo unos meses, muy pocos, asistiendo en el rancho El Salvador, donde vivíamos, a las clases del Prof.  Miguel Becerra, que duró muy poco.
Su carisma y don de gentes, lo hicieron pronto un joven hombre de recursos y de amigos. Prácticamente aún adolescente, adquirió un equipo agrícola (tractor, arados, rastra, etc.,) para preparar o maquilar terrenos para las siembras (ver relato La Sardina Descompuesta, en que me tocó ser parte) Un poco después, sin descuidar sus haberes en el rancho, en Atotonilco compró y operó un carro de sitio, y al mismo tiempo entabló contacto y negocios con sus tíos Salvador y Jesús, hermanos de su padre, que a la postre, sobre todo con el primero, no fueron muy afortunados. El segundo se manejaba en grande en la elaboración y distribución de carbón de madera en Guadalajara, con los consiguientes claroscuros e implicaciones políticas del giro.
Con Salvador, por cierto mi compadre; con mi madre, por ausencia de mi papá, fuimos padrinos de bautismo de su hijo José de Jesús, procreado con su esposa, mi tía y prima Mercedes Galindo Franco, se pusieron a fletear en sendos camiones torton, principalmente agave tequilero de la región de Los Altos, a las fábricas de tequila en Tequila, Jal., con paso obligado por Zapotlanejo, lugar en el que, haciendo honor a su reputación de mujeriegos,   se hicieron novias a dos hermanas muy guapas, de buena familia. Las cosas al parecer llegaron a más, y el padre y sus hijos hombres se las sentenciaron a los dos galanes, que no hicieron mayor caso y en una pasada a vuelta de rueda por el lugar, los acribillaron, muriendo Salvador y saliendo ileso de milagro su sobrino.
En ese tiempo mi primo tenía pedida y hasta presentada, a nuestra prima a su vez, Olivia Franco Castellanos, quien rompió tajantemente el compromiso. Sobre el hecho se habló mucho, causando, entre otras cosas, las burlas del presunto suegro, el tío Ramón Franco González, como cuando, el caso calientito aún, en casa, que antes fue nuestra, de la tía Consuelo hermana de mi madre, en San José de Gracia, a punto de servir la comida, le preguntó si quería calabacitas, contestando, con una dedicatoria muy personalizada e incisiva, que no le habían dado nunca calabazas las solteras, menos a esas alturas las casadas. La puya no podía ser más directa y ofensiva, y Manuel la aguantó estoicamente.
Entonces el primo decidió asentarse. Compró una propiedad rústica en el rancho Ciénega, pegadito a Ojo de Agua de Latillas, en el municipio de Tepatitlán. Fincó su casa con todos los servicios posibles, y manejó la propiedad con buen éxito agrícola y pecuario. Contrajo nupcias con María del Cármen Sánchez, vecina de la región. En el lugar estaba instalada la fábrica de Tequila San Matías, propiedad del Sr. Guillermo Castañeda Peña, a donde ingresó como trabajador y rápidamente como administrador y hombre equipo valiosísimo e inestimable de la empresa, durante casi treinta años.  
Acrecentó y diversificó su patrimonio en varias formas. Como intermediario en el abasto  y comercialización del agave tanto para San Matías como otras tequileras, a la par del cultivo de dicha materia prima en terrenos propios y rentados. Compró otros terrenos y bienes diversos para la explotación del giro agropecuario. Incluso diseñó y puso en práctica un tractor zancón para el cultivo del agave, que al darse cuenta la empresa inglesa Oliver  mandó un representante a entrevistarlo, proporcionándole, sin condición económica alguna, la información necesaria que le requirieron. En San Matías, entre otras cosas, diseñó y construyó las nuevas autoclaves de acero inoxidable para cocer o tatemar el agave.
Aparte de la marca San Matías, ahora en varias presentaciones, y otras que los nuevos dueños han sacado al mercado, la segunda marca Pueblo Viejo surgió a sugerencia de mi primo, al venirse abajo una cuantiosa operación con unos empresarios españoles, quienes  rechazaron el producto que especialmente se les había maquilado. Dicho producto no encajaba en las característica del existente, proponiendo la citada marca como solución, que le ha dado gran impulso a la empresa.   
Radicado en Tepatitlán, a donde se había trasladado, entre otras cosas, por la necesidad escolar de sus hijos, que fueron muchos, así como emprender ahí otros negocios fructíferos, en una de sus venidas diarias a la fábrica San Matías, le tendieron una emboscada por problemas antiguos. Su providencial buena suerte y magnífico instinto de conservación, obligó a huir a los agresores, al responder con un buen rifle que siempre cargaba,  parapetándose detrás de su camioneta pick up.     
Aparte de su innata habilidad para los negocios, su sino de fortuna le favoreció en muchas ocasiones. Plusvalía de terrenos semi urbanos en Tepatitlán; las herencias de su madre; de su tío Jesús que lo nombró albacea y de hecho del Dr. Jesús Ramírez Villaseñor, como mencioné en La Sardina Descompuesta. 
Al renunciar a los nuevos dueños de San Matías, ya con otros negocios en Tepatitlán, construyó la fábrica para su marca propia Jarro Viejo, ganando en su momento varios premios internacionales el diseño de su botella envase. Falleció el 26 de abril de 2003, por complicaciones de una caída grave. Sus hijos, para atender sus negocios, básicamente agrícola ganaderos, cerraron la tequilera a principios de este año 2014.  

lunes, 18 de agosto de 2014

RANCHO LAS HORMIGAS

La tía Julia, que inició la prole de mis abuelos maternos Manuel Galindo González y Emilia González Franco, nació el 7 de enero de 1907 en el rancho La Hiedra, contiguo a El Capulín y La Esperanza, del municipio de Tepatitlán en Los Altos del estado de Jalisco y falleció en Atotonilco El Alto el 25 de agosto de 1998. Mi abuelo era de La Esperanza, rancho del bisabuelo Justo Galindo Castellanos, jefe político y de acordada de Tepatitlán, y mi abuela de El Espino, contiguo a rancho Cerro Gordo (no San Ignacio Cerro Gordo, actual 125º municipio jalisciense).
Bien, la tía Julia como primogénita fue la primera en casarse, y lo hizo con el acomodado soltero del rancho del título, Alberto Navarro Navarro, donde establecieron su hogar. El lugar se ubica entre San Francisco de Asís (antes La Estanzuela) y San José de Gracia (antes El Bramadero) El tío Alberto, a quien traté mucho, ya contaba con algunas tierras, que se incrementaron casi de inmediato con las que le encomendaron sus dos hermanos, Leopoldo y Antemio o Artemio,  que se fueron a radicar a los Estados Unidos, y volvieron mucho después sólo de visita, porque se habían arraigado en el norte. Luego y durante varios años siguió aumentando su patrimonio de forma importante. Tierras, ganados, fincas, agave tequilero y operaciones financieras con dinero, fueron haberes importantes en su capital.
En este rancho vivía también el tío Ramón Franco González, hijo de Cirilo Franco Hernández (ver relatos Un Hombre Excepcional, Un Falso Hacendado y El Primo más Justipreciado) En su casa contigua a la del tío Alberto, corral grande de por medio, tenía unas zahúrdas donde cuidaba caballos finos para las carreras parejeras, que tanto se celebran en la región. Las tierras que había heredado, y sus demás cosas, al tiempo se las vendió al vecino, y ahora son propiedad de su hijo, mi primo Leopoldo. Ninguna de sus actividades representaba mayor negocio, pues para todo, al igual que para su casa, tenía sirvientes. Su esposa, la tía Cayetana Castellanos, era de la misma forma de vida y originaria del mismo lugar de la abuela Emilia y su pariente.   
El carril (hipódromo rural) de este rancho, era muy conocido en una basta región. Se  efectuaron ahí carreras famosas, con caballos como El Centenario; teniendo su oportunidad cuidadores como el tío Ramón y Eliseo González, hijo del tío abuelo Juan González Franco (relato La Sardina Descompuesta) que fue reconocido en otros carriles, como el de Tateposco en Tlaquepaque, goteras de Guadalajara; así como el corredor (jockey) apodado El Centavo, que era pariente de la familia.     
El primer yerno de los abuelos era extremadamente parco en sus negocios y cosas, pero basto en los requerimientos de su casa. Falleció 27 de abril de 1967. Sus diez hijos recibieron herencia importante, sobretodo Manuel y Leopoldo ya mencionado.   

sábado, 16 de agosto de 2014

EL TÍO RAFAEL

El primero de dos hermanos varones y ocho hermanas, más dos que murieron bebitas, el tío Rafael Galindo González, hermano de mi madre María Dolores, era muy diferente al segundo, el tío Gabriel, en la familia de los abuelos Manuel Galindo González y Emilia González Franco, en el rancho Garabatos, municipio de Tototlán, Jalisco, en los linderos de los de Atotonilco y Tepatitlán.
Gozaba del apoyo y la simpatía de propios y extraños. Los medieros y otros dependientes del rancho paterno de la familia, que era el más importante de los cuatro que se denominaban con el mismo nombre en el lugar, prácticamente lo idolatraban por su bonhomía y desprendimiento con todos. Nació en Ojo de agua de latillas en mayo de 1913. Falleció violentamente el 20 de noviembre de 1943, a manos del comisario ejidal de Garabatos, Alfonso Aranda, después de arreglar algunos asuntos, visitar a mi madre, y tener una fuerte discusión con el ejidatario, en el rancho El Salvador, donde vivíamos.
El día fatal fui el último que lo vio al entregarle el atado de botellas forradas de lazo para que no se rompieran.  
-Abisinio -así nos llamaba, nunca supimos por qué razón, a Manuel mi primo y a mí- traite las botellas del alcohol para desmoler los caballos.
Al entregarle las cuatro botellas de litro vacías, se despidió, muy bien montado en su fino y famoso caballo El Aguilillo –nos vemos después.   
En la tarde el primo y yo andábamos apartando los becerros de sus madres para la ordeña del día siguiente, cuando oímos tres disparos secos, así identificables cuando dan en el blanco. Mencionamos que si el objetivo fuera un cristiano, habría muertito. Estábamos muy lejos de imaginarnos que antes del anochecer llegarían con el cuerpo del tío Rafael a la casa.
El asesino y el tío se traían de encargo desde la implantación amañada del ejido a instancias falaces de Cirilo Franco Hernández, concuño del abuelo Manuel, quien le confió el comisariado siendo un fuereño, al no haber representante local que aceptara el impopular y odiado cargo. El concepto de propiedad y pertenencia es sagrado e irrenunciable para los alteños jaliscienses. El reparto de las tierras, que tantas irregularidades e injusticias tuvo, lo equiparan a un robo.  
Cuando el falso ejidatario, se rajó en el convenio de agostadero que mi papá tenía celebrado con él para pastorear, en terrenos ejidales que le habían sido usurpados a su padre, mi abuelo Cipriano de la Torre Angulo, con el simple hecho de dejarle el aviso de cancelación a mi mamá, y mi padre enfurecido, por suerte no lo encontró donde se le ocurrió esconderse, el tío Rafael, su cuñado, le echó la mano comprándole a precio justo, las doce o quince cabezas de ganado vacuno con que ya contaba, para irnos a experimentar a San José de Gracia (ver relato con este nombre)
La principal ocupación del agrarista era politiquear, quejándose consuetudinariamente de los propietarios privados, amenazándolos con solicitar ampliación de tierras al gobierno.  Las rencillas, conocidas de todos, con su luego víctima, que no era nada dejado, a diferencia de su hermano Gabriel, eran permanentes, en las que, como granitos de arena,  casos como el  del ganado de mi papá, las aumentaba.            
Al caballo El Aguilillo, lo impactó en la cabeza una de las tres balas del fallecido; se lo llevó a cuidar mi padrino de confirmación Jesús Franco González, su primo hermano, hijo del ya nombrado Cirilo Franco. Era una magnífica bestia que nunca se recuperó, entraba en trance todos los días a la hora que se cometió el asesinato.  
El malhechor, como era de rigor, perdió la tierra, es decir, escapó. Al tiempo por otras de sus fechorías, cayó en la cárcel. Silverio Plascencia, amigo oficioso de la familia, se lo informó al tío Gabriel, quien por haber pasado muchos años, por exceso de prudencia o porque la muerte de su hermano no se iba a remediar, no quiso aumentarle otra denuncia a Alfonso Aranda, y éste salió libre y después las pagó todas enfrentándose a otro malandrín como él.   

miércoles, 13 de agosto de 2014

MEDIEROS Y CAMPESINOS DE MI ABUELO

Antes, en el relato Garabatos, mencioné que el rancho de mi abuelo materno Manuel Galindo González, era con mucho el más importante de los cuatro que se designaban con el mismo nombre; el segundo era el de los parientes de la Torre de la Torre del otro lado del río; el tercero, con lo que se adjudicó Cirilo Franco Hernández, vividor concuño del abuelo; y el cuarto, el ejido que alevosa e inadecuadamente se implantó ahí, por las artimañas de don Cirilo, con las tierras estafadas a familias como la de mi abuelo paterno Cipriano de la Torre Angulo, los mencionados parientes y otras personas, en una falsa promesa de venta que les hizo este pillo en connivencia con el gobierno, y de alguna manera solapado por sus patrones los señores González hacendados de Jalostotitlán.
El rancho de mi abuelo, al que muchos ya le llamaban hacienda, mantenía varias familias, en la calidad de medieros, campesinos o asalariados; que en parte vivían en casas construidas en las propiedades del patrón. Algunos venían todos los días de ranchos vecinos, como San Ramón y Ojo de agua de Latillas.
Entre los que ahí radicaban, recuerdo en especial a Anastasio “Tacho” Sánchez y su tía Cirila; don Ángel Gazca su esposa doña Porfiria y su hijo Refugio; los hermanos Morales,  asentados unos al otro lado del río, cerca de las propiedades de los parientes de la Torre, y otros se trasladaban a diario de San Ramón, como Ángel y su esposa Alejandra, Pedro y su esposa Genoveva y J. Guadalupe; los Morones, que eran bastantes y doña Pachita su mamá, que les hacía pie de casa porque su marido los había abandonado; recuerdo a Julián, Aniceto, Leopoldo y a Piedad, muchacha a la que le fallaban algunas facultades. También, en los terrenos ya cercanos a la propiedad del tío abuelo Pedro Galindo González. Se asentaba el mediero Eusebio Murillo y su familia, colindando el callejón donde, más hacia los terrenos de los ejidatarios, el comisario ejidal Alfonso Aranda mató al tío Rafael hermano de mi madre.
Todos sembraban a medias de los rendimientos (medieros) con gastos a cargo del dueño, su labor, básicamente, de maíz de temporal combinado con frijol; gozaban para el  mejor sustento familiar, de una sección o huerto, normalmente contiguo a sus casas, al que además del maíz, le intercalaban calabazas y chilacayotas, que podían durar de año a año, y algunas hortalizas. Casi a todos se les proporcionaba una vaca para su leche y criaban animales domésticos libremente.
En tierras del dueño, aparte del maíz y frijol en tiempo de lluvias, en época de secas se cultivaba trigo, garbanzo, avena y otras gramínias, y hortalizas, donde la gentes  trabajaban a sueldo como labriegos. Aparte, se les empleaba en el manejo de los diversos hatos de ganado vacuno, bobino, porcícola, caprino y otros, y de ser necesario, apoyaban en el cuidado de la amplia población de gallinas y guajolotes.    
En la ordeña diaria de las vacas participaban varios de los hombres mencionados, encabezados por Tacho Sánchez, de quien era su apialador, cuando, ya grandecito, estaba de visita desde El Salvador donde vivíamos. (Ver relatos La Colmena, la Naranja y otras vacas)
Cuando al tío Gabriel, hermano de mi madre, le encargó su mamá, mi abuela Emilia ya viuda y muerto su hijo Rafael, el manejo del rancho, éste empezó a suprimir cosas, básicamente a su conveniencia. Dejó de comprar tierras en el área “para no dejarles riqueza a los cuñados” y, porque no le gustaban, eliminó del ganado los cerdos, bastantes bobinos y otros, pero impulsó enormemente el caprino, en el que se convirtió en el principal propietario y proveedor de ejemplares de la mejor calidad. Redujo mucho las siembras de temporal y las extensiones desocupadas las destinó para agostadero, comerciando con mucho éxito económico personal, la engorda de novillos flacos, adquiridos a precios ínfimos a sus dueños.
Como consecuencia, la nómina de medieros y dependientes, bajó mucho. Algunos buscaron nuevos horizontes o se colocaron en otros ranchos; Tacho Sánchez se fue Guadalajara donde logró formar a su familia profesionalmente, y Ángel Gazca al rancho La mesa del solorio, propiedad del tío abuelo Jorge de la Torre Angulo.
Al tiempo el tío Gabriel, ya casado, se trasladó a Atotonilco, comprando casa y bastantes terrenos en el área. Impulsó el cultivo de agave tequilero, atesoró dinero metálico y operó transacciones de agio. Manejaba el rancho paterno a distancia, donde se quedó la abuela, viéndolo venirse abajo hasta fallecer el 19 de agosto de 1962, a cargo de terceros, incluyendo uno verdaderamente sinvergüenza y abusivo.

domingo, 10 de agosto de 2014

EL COYOTE

“No hay coyote que engorde” me espetó un día mi padre, en relación a las personas que por apatía, conformismo y falta de acciones, no hacen nada o muy poco de lo que podrían y deberían realizar, como compromiso fundamental de su vida. Su intención era, no obstante mi muy temprana edad,  dejarme claro que el hombre debe intentar con todas sus fuerzas y medios lícitos a su alcance, las tareas y acciones legales y útiles a que con todo afán y derecho aspire. Este entrecomillado por otra parte, puede relacionarse de alguna manera con el problema tan serio de obesidad que padece actualmente nuestro país.     
El Coyote como miembro del reino animal, es un mamífero cuadrúpedo de la familia de los caninos, no necesariamente carnívoro, emparentado con el Lobo, el Zorro, el Chacal y el Perro Doméstico, y familiar mayor del Talcoyote, el Tejón, el Tacuache o Tlacuache y la Onza. El Canis Latrans como se llama científicamente nuestro personaje, es en su rama animal, el más inteligente, audaz y adaptable al medio, a pesar de la intensa persecución que de muchas maneras ha sido objeto. En su extinción, se incluyen pesticidas y otros químicos agrícolas dañinos.
En parangón al llamado Lobo Mexicano, a las personas marrulleras, tranzas, falaces, embaucadoras, conseguidoras y hasta cobardes, por las que nuestro país sigue teniendo mala fama, se les llama “coyotes” Ejemplos típicos de estos individuos son algunos abogados tinterillos, pasantes de ilegales a los Estados Unidos y la fauna de mil usos  lambiscones que trafican con todo tipo de influencias.
Al Canis Latrans se le atribuyen cualidades míticas y poderes sobrenaturales. En México y en todo norte y centroamérica, su hábitat, hay infinidad de consejas orales y escritas, principalmente populares, que relatan historias espeluznantes sobre el coyote, como la facultad de subyugar la voluntad de sus víctimas y paralizar sus movimientos. Es el azote constante de gallineros y otras moradas de especies similares y de otras familias menores incluyendo la propia. Caza en solitario y es difícil que se deje ver en manada o en pareja, y sus armas principales son la astucia y la sorpresa. Es raro poderlo ver en actos de apaño a menos que se esté vigilando estratégicamente su aparición o comparecencia.
Como experiencia personal puedo aportar que en mi infancia la población de coyotes todavía era muy abundante. En Garabatos y en El Salvador ranchos donde vivimos, seguramente mayor a la media, por lo incomunicado que en la situación del país privaba.  En las noches la aulladera de éstos era tal que denotaba su gran número. Los raptos en cada gallinero familiar eran continuos. En una ocasión haciendo con mi primo Manuel Gutiérrez Galindo labores vespertinas con el ganado bovino, observamos pasar a unos metros un ejemplar bastante herido arrastrando una pata trasera, quizá por bala o trampa, que le dificultaba mucho caminar. Decidimos dizque corretearlo pero con todo y su problema no lo alcanzábamos. De vez en cuando nos enfrentaba amenazador y temible, metiéndonos el miedo suficiente para dejar la cosa en paz. Sentí varios minutos después, el escalofrío que la actitud del animal nos causaba.       
En el aspecto social, por lo del robo de las gallinas, se suele llamar “coyotes” a los   raptores, por capricho o por la fuerza, o de común acuerdo, y hasta a iniciativa de la novia o amante, principalmente en poblaciones pequeñas y medios rurales; en respuesta a obstáculos de diversa índole. En el pasado el tema llegaba a tener consecuencias graves, al extremo de enemistades sin solución o violencia sangrienta entre familiares. Muchas parejas, y ahora más, hacen esto para ahorrarse los gastos y los trámites respectivos, mayormente si la unión es motivo de restricciones civiles o religiosas.
En la Revista de Literaturas Populares de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cuyo prestigio es indudable, hay dos investigaciones de Nieves Rodríguez Valle: Cinco relatos sobre el coyote (Año III, # 1 Ene-Jun 2003) y El coyote en la literatura de tradición oral (Año V # 1 Ene-Jun 2005). En la Historia general de las cosas de Nueva España, siglo XVI, Fray Bernardino de Sahagún consignó …”hay en esta tierra un animal que se dice cóyotl, al cual algunos de los españoles le llaman zorro, otros le llaman lobo, y según sus propiedades a mi ver ni es lobo ni zorro sino animal propio de esta tierra … y siente mucho, es muy recatado para cazar, agazápase y pónese en acecho, mira a todas partes para tomar su caza, y cuando quiere arremeter a la caza primero echa su vaho contra ella, para inficionarla y desanimarla con él … si alguno le quita la caza, nótale y aguárdale y procura vengarse de él, matándole sus gallinas u otros animales de su casa; y si no tiene cosa de estas en que se vengue, aguarda al tal cuando va camino, y pónese delante ladrando, como que se lo quiere comer…“  
En la historia y geografía mexicanas hay múltiples referencias como: Nezahualcóyotl (coyote hambriento) el rey poeta de Texcoco, Moctezuma Xocoyotzin, el último emperador azteca; Coyoacán en el D.F., Coyotitlán en Sinaloa. Huehuecóyotl, nagual (doble). Y hasta en rezos…”Coyotito hermoso/por la virtud que Dios te dio con tu talismán poderoso/que cargas en la cabeza/préstamelo para que con él haga cuánto yo quiera/salirme de una prisión/y en cualquier juego a que yo juegue siempre lo gane/líbrame de cuantos enemigos yo tenga/y que se enamore de mí cuanta mujer yo quiera.” O esta otra…”Coyotito hermoso/por el poder que tienes con tu colmillo virtuoso/voy a hacerlo relicario para que me devuelvas el cariño de fulano de tal/para que olvide a la mujer que tenga y venga humillado a cumplir lo que me ha ofrecido.”
En la literatura popular El coyote y el correcaminos, cómic, televisión, videojuegos, y otros productos comerciales, creado en 1949 por Chuck Jones (EU) para Warner Brothers, inspirado en una obra de Mark Twain, sigue siendo muy popular. El coyote es el personaje que recibe las simpatías.
Pero de mucho más fama, paradójicamente esto en España y otros países, es la extensa serie de aventuras del oeste El Coyote, ¡194 títulos más 7 extraordinarios!, que creó en California, E.U.A. el escritor español José Mallorquí Figuerola (1913-1972) en 1943, que a lo largo del tiempo han editado sucesivamente las empresas españolas Clíper, Cid, Molino, Bruguera, Favencia, Fórum y Planeta de Agostini, y de otros países. Mallorquí es autor también, junto con varias novelas independientes, de otras series originales, no copias de las norteamericanas como muchos lo hicieron, aunque tuvo que firmar algunas con seudónimos anglosajones como Carter Mulford. La novela deportiva (57títulos), Novelas del oeste (33t), Futuro (34t) y Tres hombres buenos (14t)  Fue también traductor de autores como Agatha Christie, Jackson Gregory, etc.     
El cine desafortunadamente no ha aprovechado al personaje como por otra parte si ha hecho con El Zorro, personaje similar de menor esencia México española (seguramente por esto), de Johnston McCulley, con una impresionante lista de películas y series gringas, con intérpretes de primer nivel como Douglas Fairbanks, Tyrone Power y Guy Williams (tv82 capítulos) y dos del español Antonio Banderas. En México solamente, El Coyote y La justicia del coyote, 1954,  Dir. Joaquín Luis Romero Merchant, español, con Abel Salazar y Gloria Marín. En España: El coyote y La vuelta del coyote, 1998, Dir. Mario Camus, con José Coronado y Chiara Casseli.
Otras películas locales con el nombre de coyote pero sin relación: El coyote emplumado, 1983, de Alfredo B. Crevena, con María Elena Velasco “La india María”, El coyote y la bronca, 1978, de Rafael Villaseñor Kuri, con Vicente Fernándes y Blanca Guerra, La coyota, 1983, con Beatriz Adriana, y La venganza de la coyota/La hija de la coyota, 1984, de Luis Quintanilla, con Mario Almada y Rebeca Silva. Hay aparte en algunas películas personajes con este nombre, como el de Alejandro Ciangherotti en Los tres huastecos, 1948, de Ismael Rodríguez, con Pedro Infante y Blanca estela Pavón.        

sábado, 9 de agosto de 2014

EL BOLEO

Este incidente tuvo también lugar en los remotos tiempos de enero de 1945, en la primera o cuando mucho la segunda semana. Al igual que el cine, yo no sabía qué demonios era el boleo en Atotonilco el Alto, ciudad a la que acabábamos de llegar la familia del rancho El Salvador. 
Mi compañero de primero, Jesús Villagrán, después de salir de la escuela, me invitó de improviso a ir al nombrado asunto. Acepté de manera similar a lo del cine, para no desentonar y hacer lo que hicieran mis condiscípulos, aunque me vinieran nuevas sorpresas, consciente de que este compañero era el más vago del salón.  
Empezamos a caminar por la calle Juárez, la misma de la escuela, hasta donde terminaba en el puente rastrojero, y seguían de inmediato las famosas huertas de naranjos del llamado con justicia El Vergel de Jalisco. Caminamos unos cincuenta metros por el respectivo callejón estrecho que separaba las huertas con cercas de alambre de púas, tejidas con ramas de huizache, hasta encontrar mayor espacio en el piso, donde entraba una zanja regadera y había menos espinas. Y para adentro por la pequeña hondanada.  
De los hermosos, bien cuidados y productivos árboles cayéndose de doradas y finas naranjas, destinadas a los mejores comensales nacionales y extranjeros, empezamos a hacer nuestra cosecha, sirviéndonos como recipiente principal la bolsa conformada con la camisa fajada y desabotonada en el pecho. Ya terminábamos nuestra faena, cuando de repente, como una aparición terrorífica, salió el huertero encargado de la propiedad con una escopeta en las manos, que con un rosario de palabras altisonantes nos recordaba la familia. Nos soltó unos plomazos, al viento gracias a Dios.
En una carrera que nos envidiaría un corredor profesional, salimos como almas que lleva el diablo, sacando en la ropa, sólo unos pequeños garranchones, al pasar de nuevo por el mismo sitio de la cerca de alambre y espinas. Las pequeñas heridas no eran nada y pasaban desapercibidas contra la zozobra y el miedo que nos cargábamos, o cuando  menos yo. 
Al día siguiente y hasta unos después a nuestro ilícito pero emocionante y adrenalítico acto, le preguntaba temeroso a mi contlapache si el huertero no nos iría a buscar a la escuela, a nuestras casas, o acusarnos ante la directora. Éste se mofaba diciéndome que en la escuela ya lo habían acusado antes, y que a los tíos con quienes vivía, ya no les importaba mucho lo que él hiciera o dejara de hacer.
Con el tiempo el asunto quedó como excitante y muy peculiar recuerdo. Mi condiscípulo años después se trasladó a Guadalajara donde consiguió un buen trabajo. En sus visitas a  Atotonilco me invitaba en broma a repetir el evento.
Nuestra ciudad, también llamada lugar de naranjos en flor, fue a fines del siglo XIX y la primera mitad del XX, un importante productor de naranjas de mesa que se exportaban a varios países, principalmente por la respetable familia Valle. El escritor José López Portillo y Rojas dijo en una de sus obras que todo Atotonilco olía a azahares. También era sobresaliente su producción de otros frutos y hortalizas como guayaba, mango, café, cebolla y pepino. Este último semi industrializado por la citada Casa Valle, donde obtuve mi primer trabajo formal al salir de la primaria, durante varios años fue proveído a la empacadora Clemente Jacques de la ciudad de México. 
Respecto al café, aunque ahora prácticamente ya no se produce en sus escasas huertas, es tradicional la preparación del extracto artesanal en varios establecimientos de la población.  Hay muchas anécdotas acerca de los efectos del consumo de este café concentrado atotonilquense, de las que mencionaré las dos siguientes.
En una visita a Atotonilco del gobernador (1953-1959) e importante escritor Lic. Agustín Yáñez (1904-1980), autor, entre otras obras, de la trilogía alteña Al filo del agua, Las tierras flacas y La tierra pródiga; lo invitó la crema y nata de la sociedad a tomar café que preparaban entonces los señores Carlos y Abraham Ibarra en su hotel La marina, donde se hospedaba el célebre personaje, quien al responder a la advertencia en el consumo del bebedizo, que estaba acostumbrado a tomarlo, lo tuvieron que pasear los anfitriones varias horas en la noche madrugada, para que conciliara el sueño.
En una de las reuniones semanales de un grupo de comensales en el restaurante del hotel Vista Guadalajara en el centro comercial Plaza del Sol, llevé una botella de este aromático producto, cuyo sobrante junto con los licores no consumidos nos resguardaban ahí para la siguiente reunión, extrañamos el siguiente miércoles, la ausencia de uno de los meseros que nos atendía regularmente, quien no obstante de prevenirles acerca de su ingestión, tenía  incapacidad médica de dos semanas, al tomarse, de contrabando, una no muy escasa ración.