sábado, 13 de septiembre de 2014

EL CLUB VICTORIA


Al inicio del Sexto de Primaria, por ahí de octubre o noviembre de 1950, el Sr. Agustín Contreras “El Abuelito” que se había salido del Club Atotonilco, uno de los más fuertes de la Interzona Cinco de la primera fuerza amateur de futbol de la región, le propuso a la dirección de la escuela, que presidía la maestra María Felícitas Sánchez Ramírez, formar un equipo con alumnos del ciclo mencionado.
Así nació el Club Victoria. El señor Contreras nos empezó a entrenar de inmediato en el campo Almenas, que se ubicaba rumbo a la estación del ferrocarril, entre la Calzada de los Ausentes, ahora Av. Revolución, y la Alameda. Nadie teníamos zapatos para esta actividad,  ni uniformes, ni otra cosa que no fuera la voluntad de practicar esta disciplina con nuestra indumentaria cotidiana.    
Como a los tres meses de estar practicando, logramos, con muchos peros, concertar un partido, con el “flamante” equipo de Industrias Unidas de Atotonilco,  el día feriado del 5 de febrero de 1951. En atención a que éramos una “bola de mocosos” el juego sería de sesenta minutos, dos tiempos de treinta. Sus uniformes completísimos, para nuestras fachas, hasta ridículos parecían. Antonio Valvaneda, de quien no era santo de su devoción, amenazó con dejar sus zapatos en el campo si remotamente perdían.   
Nos atarragaron tres goles en el primer tiempo. El abuelo, en el descanso reaccionó:
¡Querían partido! ¿Qué pasó? ¡No hay que rendirse! Si nos metieron tres goles ¡Nosotros podemos anotarles los mismos y hasta más! ¡Nomás jueguen como hombrecitos! ¡Así ustedes parecen los remilgosos y no ellos!
Resultó que les volteamos la cuenta con cinco anotaciones, para quedar 5-3.  
El equipo contrario enseguida desapareció, no precisamente por la derrota, sino porqué su compañía cerró por inoperable y por fraude maquinado contra la Nacional Financiera del gobierno federal (ver relato respectivo)
Nuestro triunfo resonó bastante. La segunda del Atotonilco, equiparado con cualquier equipo base de Interzona, se dignó enfrentarnos en un partido, de igual duración, que nos ganó por 3-1; en el que el extremo izquierdo, Javier Oliva Escoto "El Gancho" con dos balonazos en la cara, como defensa derecho, prácticamente me retiró del equipo, porque a mi trabajo como encargado de la tienda mayorista menudista “La Colmena” y otras ocupaciones que tenía, decidí dedicarles el tiempo que destinaba al balompié.   
El club siguió. Al aspirar a la liga local, ya no Interzona, un mecenas, que curiosamente había perdido conmigo un importante lance personal, lo tomó por su cuenta, cambiándole el nombre de Victoria a Independencia. Surgió entonces al mismo nivel el Club Cuauhtémoc, en el que militaron en el mismo puesto mis hermanos José Luis y Ramón. 
El grupo de clubes existentes se desfasó, alternaron sucesivas selecciones, hasta que al presente el Dr. Rafael Ortega y su hermano, manejan bajo el patrocinio del Club Deportivo Guadalajara, Chivas, de Jorge Vergara, un Atotonilco en Tercera División Profesional, en la liga de apertura 2014.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

"TE LA VOY A CONSEGUIR DE AGENTE DE TRÁNSITO"

Cuando cursaba Quinto de Primaria (1949-1950) la Secretaría de Educación Pública convocó un concurso estatal de aprovechamiento escolar. Se competiría localmente y luego por zona, para que los finalistas de éstas fases contendieran en Guadalajara por los tres primeros lugares.
El marco de participación sería conforme al avance del programa de estudios para dicho año lectivo. Estábamos a principios o mediados de marzo. No obstante dicho acotamiento, le sugerí a mi directora María Felícitas Sánchez Ramírez, que me dejara estudiar y apoyara en su caso, hasta el final del programa, argumentándome que no era necesario porque las bases estaban muy claras, y me hizo releerlas con ella.  
Las pruebas de las etapas local, contra las escuelas en Atotonilco, y de zona, con cabecera en Ocotlán, las pasé sin error alguno. Al llegar a Guadalajara, me felicitaban y daban todos como amplío favorito.
Iba como pez en el agua con mis contestaciones, hasta que en la parte final aparecieron preguntas fuera del marco establecido. Contesté por intuición, pero obviamente algunas de manera equivocada.
En el fallo no fui nombrado. Buscó la maestra Felícitas al inspector correspondiente de zona, que apareció un buen rato después con manifiesto aliento alcohólico. Deambuló, según dijo, en varias instancias, indagando que había obtenido el honroso cuarto lugar, con muy poca diferencia de los tres premiados; que nos iban a facilitar las pruebas contestadas correspondientes, y demás aclaraciones; lo que nunca sucedió. Le agregué al debe de la cuenta del sector oficial, el segundo cargo importante (después del caso de Un Sobrante de Dinero)
De regreso a Atotonilco, a lo que me rehusaba, me llevó mi directora con el Presidente Municipal, Dr. Rafael Velázquez Arias. Después de explicarle lo del concurso, y de su “qué barbaridad” ofreció hacer en la presidencia un evento en mi honor, para premiar mi participación y, “¡te la voy a conseguir de agente de tránsito! (¡a mis 14 años!) en Guadalajara están reclutando candidatos para este cargo”
Al manifestarle que esa no era una de mis aspiraciones, quedó pendiente el evento, mismo que jamás se celebró. Y al debe del balance con el gobierno, le agregué otro desengaño.     
A este doctor al tiempo, como funcionario de Banamex, lo fui a ver en su consultorio médico de Guadalajara, a donde se había trasladado, por la calle de Liceo, cerca del Mercado Alcalde en el centro. Se hizo un rato el olvidadizo, hasta que al recordarle los pormenores  de Atotonilco,  remisamente cayó en cuenta, sin que manifestara reacción alguna.

martes, 9 de septiembre de 2014

UN SOBRANTE DE DINERO

Entre las cosas que me encargaba la Maestra Felícitas Sánchez Ramírez, directora de la Escuela Primaria en Atotonilco, originaria de San Miguel Alto, era recoger los sueldos de los profesores en la recaudadora de rentas, cuyo jefe era un individuo muy autoritario y difícil de trato, carácter que conocía todo mundo.
En una ocasión al estarnos contando la paga, observé, en mi recuento paralelo visual acostumbrado, que nos estaba dando dinero de más. Como no admitía observación alguna,  e igual prácticamente nos corrió, porque tenía que hacer algunas cosas fuera de su oficina.
Al salir se lo comenté al condiscípulo que me acompañaba, quien insistía en que estaba correcta la cantidad, y casi contra su voluntad, en un saliente de una ventana adecuado, nos pusimos a recontar, resultando que efectivamente había un sobrante, que en aquel tiempo, para nosotros, era un dineral. El que “no le regresemos nada, viejo móndrigo” no iba conmigo.
Todavía lo encontramos, de peor humor, en su despacho
-¡¿Ahora que quieren!?
-Señor, nos entregó dinero de más, recontamos bien y le sobran 120 pesos
-¡Ah, como serán pendejos, dénmelos y lárguense.
Fue una decepción tremenda el proceder de este mal e ingrato funcionario, fiel reflejo de la supina actitud, con rarísimas excepciones, de nuestros funcionarios públicos de siempre en todos sus niveles.
¿Qué hubiera pasado, si en vez de sobrante fuera faltante?
La maestra Felícitas, conociendo el genio del Jefe de Rentas, no le causó mayor sorpresa. Ante los docentes de la escuela y varios condiscípulos, exaltó mi desempeño.
Ahí le agarré al sector oficial, que se ha encargado de justificar muchas veces, una tirria y desconfianza permanentes (ver por ejemplo "Te la Voy a Conseguir de Agente de Tránsito")

domingo, 7 de septiembre de 2014

VENIMOS POR TÍ

El domingo 21 de junio de 1951, al final de la Fiesta Escolar por el término de la instrucción primaria, en la Escuela Urbana Foránea número 15 para niños Benito Juárez, en Atotonilco el Alto, Jalisco, que como he dicho en otros relatos, fui con mucho y sin falsa modestia, el alumno número uno, se me presentaron tres religiosos muy bien y elegantemente ensotanados, quienes sin preámbulo alguno me espetaron:
-Venimos por ti como haciéndome un gran regalo.
-¿Cómo, porque?    
-Ya te conocemos; sabemos que eres el mejor alumno.
Como había aprendido que todo lo que no fuera por mi gestión personal y desconocido o misterioso, no era de mi agrado y sí de intromisión en mis asuntos privados, además de que siempre me causó miedo en cierta forma lo religioso, les contesté, lo que era muy cierto:
-No señores, desde mañana tengo trabajo para ayudar en el sostén de la casa, donde hay mucha necesidad y soy el único que por el momento puedo ayudar.
Ni siquiera les pregunté su representación religiosa ni jerárquica, ni quien me había recomendado. Al ver que mi decisión era tan firme y definitiva, no se atrevieron a insistir y se despidieron.
Luego, y hasta ahora, pensé que les debía haber dejado, sin que por eso fuera a aceptar,  que me dieran más explicaciones y razones de su visita. Iban con sotanas color café oscuro.
Lo más probable es que fueran de los Legionarios de Cristo, por las reclusiones que habían hecho por el rumbo; o de la Compañía de Jesús, por mi relación como cliente de Buena Prensa y Librería San Ignacio, de las que eran dueños; descarté a los franciscanos, porque ninguno ostentaba su tonsura correspondiente. También pudieron preguntar a la directora Felícitas, o a la parroquia, pero ni ella ni el Señor Cura, me dijeron nada. 
En relación con lo religioso, aclarando que soy fiel creyente y católico, cumplidos los 18 años, me invitaron personas de mucha confianza y prestigio en Atotonilco, a ir a Ocotlán a un evento muy conveniente e importante para mí. Sin saber con precisión de que se  trataba, resultó que era para tomar los tres primeros grados de la Orden de los Caballeros de Colón, que en Atotonilco era muy respetada.
La trama social, o escenificación de los problemas familiares, trágicos, que se expusieron, de inmediato me di cuenta que eran una sólo dramatización, es decir un montaje teatral. Sin decírselo a los demás, la llevé convenientemente tranquilo, lejos de descontrolarme o apanicarme. Sin embargo, aunque rechazo todo lo que conlleve tintes secretos, me pareció bien colaborar con  el grupo, máxime que el capellán correspondiente era el Señor Cura José de la Torre Rueda, con quien, no obstante la gran diferencia de edad, llevé una amistad entrañable.
Acepté el cargo de Actividades Juveniles y empecé a trabajar con buenos resultados. Doné y rifé la colección juvenil Hacia Lejanas Tierras, 24 títulos de aventuras de Emilio Salgari, Julio Verne, Rafael Sabatini, y otros, creo que de Editorial Molino.
Luego me enteré de las flaquezas de algunos miembros, humanos al fin, que me decepcionaron, y aprovechando una reunión semanal en la que no asistió el Señor Cura, ante la sorpresa de los presentes, presenté firmemente mi renuncia, con todo y su argumentación de que no se podía hacer. Al regresar don José de la Torre, me llamó al curato. Sin echar de cabeza a nadie, y no estaba para eso, aceptó me retiro, siendo mi proceder uno de los factores para fincar con él la amistad que siempre tuvimos.          

Caballeros de Colón fue fundada por el sacerdote irlandés Michael J. Mc Givney, el 29 de  marzo de 1882, en Connecticut, E.U.A. Tiene más de 15,000 consejos y rebasa  1´700,000 miembros en varios países, como México además de E.U.A.
Legionarios de Cristo, fundada el 3 de enero de 1941, por Marcial Maciel, mexicano, Jacona, Michoacán 10 de febrero 1920-Florida E.U.A. 20 de enero de 2008. Está en 24 países de 4 continentes, tiene 4 obispos, más de 900 sacerdotes, casi 2,000 seminaristas, 15 universidades y 43 institutos de estudios superiores, 175 colegios y más de 120,000 alumnos.   
compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1539, con casi 18,000 miembros; suprimida en 1773. A México llegó el 9 de septiembre de 1572, tiene casi 400 miembros en 56 comunidades de 18 estados, 100 apostolados, 13 colegios de instrucción básica y media, y 8 universidades.
Los franciscanos fueron fundados por San Francisco de Asís en 1209, en Asís, Italia; integran tres órdenes, siendo la segunda femenina. Están en todo el planeta. Se estima en  700,000 sus miembros, con sedes en 47 países. Los 12 selectos misioneros por Fray Martín de Valencia, llegaron a Veracruz el 13 de mayo y a la ciudad de México el 17 de junio de 1524, de los que el más renombrado fue Fray Toribio de Benavente (Motolinía) 

sábado, 6 de septiembre de 2014

LOS MONITOS EN ATOTONILCO

En el relato Guillermo Tell, Descubrimiento del Mundo del Libro, describí como mi padre nos leyó, en el rancho El Salvador, cuando tenía cuatro años, la historia de este héroe suizo, que fijó en mí un precoz enorme interés por la lectura.
Al trasladarnos a Atotonilco e ingresar a la primaria en enero de 1945, con casi nueve años de edad, veía a la salida todos los días, tanto a las doce de la mañana, como a las cinco de la tarde, que en uno de los puestos fijos de la plaza principal, se aglomeraban muchos condiscípulos, aparte de a comprar alguna golosina o preparado de frutas, las famosas revolturas, que tan solicitadas era ahí,  principalmente a leer los “monitos” o revistas de caricaturas.
En cuanto logré “juntar” las letras y leer más o menos de corrido, me hice inmediatamente partícipe de esta afición desbordante con tantos adeptos, que contra lo que muchos digan, fue un factor importante de cultura para el pueblo mexicano. El puesto en la plaza, en donde había varios, a diferencia de ahora que no hay ninguno, era el de don Juan Gómez, que en exclusiva manejaba las publicaciones o revistas. Chamaco, Chamaco Chico, Paquín, Paquito, y otras, de editoriales privadas y de edición o frecuencia diaria; Figuras, semanal de formato más grande, de la Secretaría de Educación Pública y además en el templo se vendía Chiquitín de Buena Prensa, también semanal, a través de la que me conecté de inmediato con su fondo editorial, así como con el de su hermana Librería Editorial San Ignacio, que importaba libros de España y Argentina. De esta revista incluso encuaderné artesanalmente: Mowgli, de R. Kipling, El Gigante Egoista, Tacuche y Pitorro, y otros.   
Chicharrín y el Sargento Pistolas, de Armando Guerrero Edwards, que recuerdo muy bien, quizá lo haya leído en Jueves de Excelsior o Revista de Revistas. Chema Tamales y Juana, en el popular Cancionero Picot, de distribución gratuita, lo disfrutaba permanentemente. Y un tanto fuera del tema, ejercían en mí una gran fascinaban los calendarios anuales de cigarrera La Moderna, con pinturas de Jesús Helguera. 
Sin descuidar para nada mis obligaciones escolares, en las que fui en los seis grados, sin falsa modestia, el alumno número uno, e incluso me hacía cargo de la cooperativa escolar y otras actividades que me encomendaba la directora maestra María Felícitas Sánchez Ramírez, esperaba todos los días con renovadas ansias, para separar y pagar el alquiler de las revistas que iba a leer, a fin de darle seguimiento a las historias que se publicaban en las mismas. También, asistía, con la mayor frecuencia posible no obstante mi escasa economía, al cine Ideal de don Manuel Navarro Ruiz y después al Gran Teatro Cine Atotonilco de don Margarito Ramírez (ver mis cinco relatos sobre el tema)
Era muy emocionante seguirles el hilo a los episodios e historias de títulos como Majestad Negra, de Guillermo de la Parra; Wama y El Pirata Negro (Tirando a Gol o El Diamante Negro) de Joaquín Cervantes Bassoco; Rolando El Rabioso, de Gaspar Bolaños Villaseñor; Los Súpersabios, de Germán Butze; Escuadrón 201, de Sealtiel Alatriste; La Raza de Bronce, autor no especificado; y Ricardo Lacroix, de Carlos Riveroll, del Chamaco. Almas de Niño (Memín Pinguin) y Ladronzuela de Yolanda Vargas Dulché; Corazón del Norte, de Eduardo Martínez Carpinteiro; Espuelas de Oro, de Eduardo Galindo y Ernesto Cortázar con gráfica de José G. Cruz; Kid Azteca, de J. Pita Cabrera; y Los Superlocos (El Señor Burrón o Vida de Perro, La Familia Burrón) de Gabriel Vargas, del Pepín. Muchos de estos nombres tuvieron segundas y subsecuentes etapas y de no pocos se hicieron películas y telenovelas. A La Familia Burrón, completa, la importante Editorial Porrúa le hizo una colección especial de 14 volúmenes, que desde luego poseo. Del fondo de historietas encuadernadas de Buena Prensa (Chiquitín) recuerdo, entre otras, Zenebi, con dibujos de Brick Foster (Jesús Quintero) al igual que Dos Años de Vacaciones y Miguel Strogoff  de Julio Verne; Pepe Trucha, de Alberto Lara Jr.         
Literatura barata, subgénero literario y hasta porquería, han sido calificativos con que muchos puristas de la literatura clasifican los monitos o historietas, que por otra parte, afortunadamente, también tienen defensores y estudiosos de reconocidos méritos, Al caso,  voy a citar sólo tres ejemplos: Puros cuentos, la historia de la historieta en México, Juan Manuel Aurrecoechea y Armando Bartra, Editorial Grijalbo/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Populares; Apocalípticos e integrados, Umberto Eco (El nombre de la rosa, Baudolino, El péndulo de Foucault) y Narrativa Gráfica, los entresijos de la historieta, Ana María Peppino Barrale, coordinadora, Universidad Autónoma Metropolitana.      
En el penúltimo párrafo anterior menciono sólo unos cuantos títulos, a los que les podía dar seguimiento en las revistas que mi tiempo disponible me permitía, de los muchos más que contenían las mismas en ese tiempo. A quienes se interesen en la historia integral de la historieta mexicana, les recomendaría la obra del Sr. Aurrecoechea mencionada y la página de la hemeroteca de la UNAM La historieta y la caricatura en México, que él actualmente dirige.    
Aunque el asunto lo retomaré en escrito posterior, dentro de la etapa de edad adulta, cuando fui distribuidor exclusivo (1974-1998) de Publicaciones Herrerías, luego Novedades Editores (NESA) de los señores O´Farrill, que ostentó muchos años el primer lugar como editora y distribuidora de publicaciones populares (fueron los dueños de Chamaco y Chamaco Chico que menciono al principio) quiero decir aquí que títulos como El Libro Vaquero, El Libro Semanal, La Novela Policiaca, y otras, eran las más importantes en su línea. El Libro Vaquero llegó a tirar 1´500,000 ejemplares semanales, como Kalimán en sus mejores tiempos, y un poco más que Lágrimas y Risas; recibía Guadalajara 75,000, bien medidito el 5% del tiro, con devoluciones en promedio entre el 2 y 3%, por lo que estábamos dejando de vender, no pudiendo las impresoras producir más para llegar en cuatro semanas a 100,000. El Libro Semanal, que se sigue también imprimiendo, fuera del sello NESA, andaba mi dotación en los 50,000, siendo la más antigua de todas, en la cual las señoras Alicia Ibáñez Parkman, directora, y Laura Bolaños (Abril) entre los argumentistas, jugaban un papel muy importante.    
 

 

 

 

 

 

 
 
 

martes, 26 de agosto de 2014

RANCHO LA ESPERANZA

Como menciono en Rancho Las Hormigas, mi bisabuelo Justo Galindo Castellanos tenía el asiento de su familia en el rancho del título, a donde, desde Garabatos, principalme de vacaciones escolares, íbamos de visita. Su padre, mi tatarabuelo, Rafael Galindo,  originario de San Luis Potosí, era un hombre rico, establecido en los ranchos San Antonio y La Paleta, entre San Ignacio Cerro Gordo (ahora municipio jalisciense No. 125) y Capilla de Guadalupe, del municipio de Tepatitlán. Deseando que sus dos hijos varones, ya adultos, Justo y José, que eran según se dice, muy inquietos, sentaran cabeza, decidió comprarles un rancho a cada uno, al primero el que titula este relato, y al segundo El Capulín, en el mismo municipio y cercanos uno del otro, aunque con la falta de las comunicaciones de entonces, no tanto.
Los dos vástagos fueron hombres de carácter fuerte y hasta arbitrario en sus cosas. El bisabuelo Justo fungió en su momento muchos años como Jefe Político y de Acordada de la región de Tepatitlán, con las consiguientes y normales aprobaciones o repudios a los actos de su cargo. Participó en la Revolución Cristera (1926-1929) por lo que, fatalmente, todos los civiles que fueran Galindo, eran molestados por los dos bandos en pugna. Su hijo Manuel, mi abuelo, al no aceptar seguir sus pasos desde joven, siguió los suyos, adquiriendo  a unos cuantos años de casado, tierras en Garabatos (ver relato) para ahí asentarse definitivamente.     
El tío bisabuelo José, casado sin hijos, con la señora Rosa Martínez, al tiempo adoptó a Cástulo de Loza. Pronto se hizo de varios ranchos, formando así mismo enormes hatos de ganado, básicamente bobino y caballar, y muchos bienes. Mi padre tuvo con él un altercado al detectarse una yegua suya en la manada con que trillaba el trigo de la abuela Emilia, ya viuda, ante quien, enfurecido sin escuchar explicaciones, se quejó, sin que ella exculpara a mi padre, como debía haberlo hecho. (ver Un Hombre Excepcional) El cuantioso caudal hereditario que dejó, no cabalmente identificado; una parte fue para el hijo adoptivo, amparando también a unas sirvientas familiares de éste, que con el patrón se hicieron mayores.
Lo demás que era bastante, sobre todo tierras, lo testó a favor de sus sobrinos varones carnales, ordenando que a las mujeres “ni agua” A mi madre, como ahijada de bautismo, si remotamente hubiera pensado dejarle algo, seguramente el altercado con su esposo, mi padre, lo tuvo siempre presente. Recuerdo nombres de ranchos como El Sopial y El Tiznadero, a donde trasladaba cantidades grandísimas de ganado de otras de sus propiedades, pasando por el camino real en El Salvador donde vivíamos, y a él montado majestuosamente en un caballo muy bueno, ataviado con chaparreras y chaleco de cuero de manufactura casera, faltándole en una mano el dedo gordo por accidente con la soga de lazar.
La Esperanza fue favorecida por el clero con las mismas aspiraciones de culto que San Francisco de Asís (antes La Estanzuela), a sugerencia del bisabuelo Justo al padre José de Jesús Angulo Navarro, futuro obispo Del Valle en Tabasco (Hacienda del Valle, Atotonilco el Alto, Jal., 24/06/1888 -Tabasco 19/09/1966) Vicaría General el 25/12/1917, San Francisco, en honor del Sr. Arzobispo de Guadalajara Francisco Orozco y Jiménez, había tomado impulso de la mano del P. Angulo con su nombre anterior. Tanto el padre Angulo, como el Sr. Arzobispo, fueron persistentes defensores del culto católico, y del levantamiento armado, ante la Ley Calles del gobierno federal contra el mismo.     
En terrenos donados por el bisabuelo Justo se construyó el templo de La Esperanza, y de  los señores Irineo y Aniceto Hernández el de San Francisco. El bisabuelo, en virtud de su cargo político, ya entonces estaba presionado por las autoridades, por simpatizar con el bando en rebelión. Por eso o porque no quiso vecinos extraños en su propiedad, ni a su muerte su hijo el tío abuelo Delfino, se estancó y ahora es prácticamente un lugar deshabitado, cuyas heredades, radicados en zonas urbanas, manejan algunos de sus hijos a distancia.         
Don Justo, terminada la Revolución Cristera, prácticamente en su lecho de muerte, le tuvieron que llevar la mano para firmar un salvoconducto, ante el general Miguel Z. Martínez, en favor de Cirilo Franco, suegro del tío Delfino, para que no lo fusilara por motivos del asalto y robo del tren con la nómina federal, en el que hubo una matazón innecesaria de combatientes y pasajeros civiles.   

martes, 19 de agosto de 2014

EL PRIMO MÁS ESTIMADO

Mi primo Manuel “Manuelillo” Gutiérrez Galindo, fue el más apreciado de los más de cien primos hermanos que fuimos. Huérfano nonato por la muerte violenta de su padre, Refugio Gutiérrez Hernández, a los seis meses de casado. Nació el 25 de diciembre de 1932, quedando con su madre, la tía Francisca hermana de la mía, que no volvió a casarse, en la casa de los abuelos maternos en el rancho alteño jalisciense Garabatos, municipio de Tototlán, límite con los de Tepatitlán y Atotonilco, de quienes, al igual que el que esto escribe, era su ahijado de bautizo, honrando la costumbre, prácticamente una ley no escrita, para dicho padrinazgo en los nietos primogénitos. Nací en la misma casa, a donde iba mucho, conviviendo con él hasta los nueve años, cuando emigramos a Atotonilco.  
Cursó escasos tres años de escolaridad primaria, no oficial, suficientes para apoyarle, desde temprana edad, en el desarrollo de una inteligencia e iniciativa innatas para emprender ideas y trabajos fuera de lo común. El entorno en la casa “grande” de la abuela, viuda también, era dominado por las solteras cinco tías carnales, y sólo el tío Gabriel y él como hombres de la casa, lo cual había podido influir, como en otros casos, en una formación infantil masculina inadecuada. 
En Garabatos y ranchos colindantes no había escuelas en aquellos años, treintas a cincuentas del pasado siglo XX. Con suerte llegaba o se contrataba algún maestro con pocas pretensiones, fuera del sistema oficial, ex seminarista por ejemplo, que con ganas  y entusiasmo, desempeñaba un buen trabajo docente. Los alumnos, que casi todos tenían que recorrer grandes distancias para asistir a la escuela improvisada, aprendían así, en cortos ciclos de clases, con mucho mayor entusiasmo y necesidad. Incluso estuvo unos meses, muy pocos, asistiendo en el rancho El Salvador, donde vivíamos, a las clases del Prof.  Miguel Becerra, que duró muy poco.
Su carisma y don de gentes, lo hicieron pronto un joven hombre de recursos y de amigos. Prácticamente aún adolescente, adquirió un equipo agrícola (tractor, arados, rastra, etc.,) para preparar o maquilar terrenos para las siembras (ver relato La Sardina Descompuesta, en que me tocó ser parte) Un poco después, sin descuidar sus haberes en el rancho, en Atotonilco compró y operó un carro de sitio, y al mismo tiempo entabló contacto y negocios con sus tíos Salvador y Jesús, hermanos de su padre, que a la postre, sobre todo con el primero, no fueron muy afortunados. El segundo se manejaba en grande en la elaboración y distribución de carbón de madera en Guadalajara, con los consiguientes claroscuros e implicaciones políticas del giro.
Con Salvador, por cierto mi compadre; con mi madre, por ausencia de mi papá, fuimos padrinos de bautismo de su hijo José de Jesús, procreado con su esposa, mi tía y prima Mercedes Galindo Franco, se pusieron a fletear en sendos camiones torton, principalmente agave tequilero de la región de Los Altos, a las fábricas de tequila en Tequila, Jal., con paso obligado por Zapotlanejo, lugar en el que, haciendo honor a su reputación de mujeriegos,   se hicieron novias a dos hermanas muy guapas, de buena familia. Las cosas al parecer llegaron a más, y el padre y sus hijos hombres se las sentenciaron a los dos galanes, que no hicieron mayor caso y en una pasada a vuelta de rueda por el lugar, los acribillaron, muriendo Salvador y saliendo ileso de milagro su sobrino.
En ese tiempo mi primo tenía pedida y hasta presentada, a nuestra prima a su vez, Olivia Franco Castellanos, quien rompió tajantemente el compromiso. Sobre el hecho se habló mucho, causando, entre otras cosas, las burlas del presunto suegro, el tío Ramón Franco González, como cuando, el caso calientito aún, en casa, que antes fue nuestra, de la tía Consuelo hermana de mi madre, en San José de Gracia, a punto de servir la comida, le preguntó si quería calabacitas, contestando, con una dedicatoria muy personalizada e incisiva, que no le habían dado nunca calabazas las solteras, menos a esas alturas las casadas. La puya no podía ser más directa y ofensiva, y Manuel la aguantó estoicamente.
Entonces el primo decidió asentarse. Compró una propiedad rústica en el rancho Ciénega, pegadito a Ojo de Agua de Latillas, en el municipio de Tepatitlán. Fincó su casa con todos los servicios posibles, y manejó la propiedad con buen éxito agrícola y pecuario. Contrajo nupcias con María del Cármen Sánchez, vecina de la región. En el lugar estaba instalada la fábrica de Tequila San Matías, propiedad del Sr. Guillermo Castañeda Peña, a donde ingresó como trabajador y rápidamente como administrador y hombre equipo valiosísimo e inestimable de la empresa, durante casi treinta años.  
Acrecentó y diversificó su patrimonio en varias formas. Como intermediario en el abasto  y comercialización del agave tanto para San Matías como otras tequileras, a la par del cultivo de dicha materia prima en terrenos propios y rentados. Compró otros terrenos y bienes diversos para la explotación del giro agropecuario. Incluso diseñó y puso en práctica un tractor zancón para el cultivo del agave, que al darse cuenta la empresa inglesa Oliver  mandó un representante a entrevistarlo, proporcionándole, sin condición económica alguna, la información necesaria que le requirieron. En San Matías, entre otras cosas, diseñó y construyó las nuevas autoclaves de acero inoxidable para cocer o tatemar el agave.
Aparte de la marca San Matías, ahora en varias presentaciones, y otras que los nuevos dueños han sacado al mercado, la segunda marca Pueblo Viejo surgió a sugerencia de mi primo, al venirse abajo una cuantiosa operación con unos empresarios españoles, quienes  rechazaron el producto que especialmente se les había maquilado. Dicho producto no encajaba en las característica del existente, proponiendo la citada marca como solución, que le ha dado gran impulso a la empresa.   
Radicado en Tepatitlán, a donde se había trasladado, entre otras cosas, por la necesidad escolar de sus hijos, que fueron muchos, así como emprender ahí otros negocios fructíferos, en una de sus venidas diarias a la fábrica San Matías, le tendieron una emboscada por problemas antiguos. Su providencial buena suerte y magnífico instinto de conservación, obligó a huir a los agresores, al responder con un buen rifle que siempre cargaba,  parapetándose detrás de su camioneta pick up.     
Aparte de su innata habilidad para los negocios, su sino de fortuna le favoreció en muchas ocasiones. Plusvalía de terrenos semi urbanos en Tepatitlán; las herencias de su madre; de su tío Jesús que lo nombró albacea y de hecho del Dr. Jesús Ramírez Villaseñor, como mencioné en La Sardina Descompuesta. 
Al renunciar a los nuevos dueños de San Matías, ya con otros negocios en Tepatitlán, construyó la fábrica para su marca propia Jarro Viejo, ganando en su momento varios premios internacionales el diseño de su botella envase. Falleció el 26 de abril de 2003, por complicaciones de una caída grave. Sus hijos, para atender sus negocios, básicamente agrícola ganaderos, cerraron la tequilera a principios de este año 2014.  

lunes, 18 de agosto de 2014

RANCHO LAS HORMIGAS

La tía Julia, que inició la prole de mis abuelos maternos Manuel Galindo González y Emilia González Franco, nació el 7 de enero de 1907 en el rancho La Hiedra, contiguo a El Capulín y La Esperanza, del municipio de Tepatitlán en Los Altos del estado de Jalisco y falleció en Atotonilco El Alto el 25 de agosto de 1998. Mi abuelo era de La Esperanza, rancho del bisabuelo Justo Galindo Castellanos, jefe político y de acordada de Tepatitlán, y mi abuela de El Espino, contiguo a rancho Cerro Gordo (no San Ignacio Cerro Gordo, actual 125º municipio jalisciense).
Bien, la tía Julia como primogénita fue la primera en casarse, y lo hizo con el acomodado soltero del rancho del título, Alberto Navarro Navarro, donde establecieron su hogar. El lugar se ubica entre San Francisco de Asís (antes La Estanzuela) y San José de Gracia (antes El Bramadero) El tío Alberto, a quien traté mucho, ya contaba con algunas tierras, que se incrementaron casi de inmediato con las que le encomendaron sus dos hermanos, Leopoldo y Antemio o Artemio,  que se fueron a radicar a los Estados Unidos, y volvieron mucho después sólo de visita, porque se habían arraigado en el norte. Luego y durante varios años siguió aumentando su patrimonio de forma importante. Tierras, ganados, fincas, agave tequilero y operaciones financieras con dinero, fueron haberes importantes en su capital.
En este rancho vivía también el tío Ramón Franco González, hijo de Cirilo Franco Hernández (ver relatos Un Hombre Excepcional, Un Falso Hacendado y El Primo más Justipreciado) En su casa contigua a la del tío Alberto, corral grande de por medio, tenía unas zahúrdas donde cuidaba caballos finos para las carreras parejeras, que tanto se celebran en la región. Las tierras que había heredado, y sus demás cosas, al tiempo se las vendió al vecino, y ahora son propiedad de su hijo, mi primo Leopoldo. Ninguna de sus actividades representaba mayor negocio, pues para todo, al igual que para su casa, tenía sirvientes. Su esposa, la tía Cayetana Castellanos, era de la misma forma de vida y originaria del mismo lugar de la abuela Emilia y su pariente.   
El carril (hipódromo rural) de este rancho, era muy conocido en una basta región. Se  efectuaron ahí carreras famosas, con caballos como El Centenario; teniendo su oportunidad cuidadores como el tío Ramón y Eliseo González, hijo del tío abuelo Juan González Franco (relato La Sardina Descompuesta) que fue reconocido en otros carriles, como el de Tateposco en Tlaquepaque, goteras de Guadalajara; así como el corredor (jockey) apodado El Centavo, que era pariente de la familia.     
El primer yerno de los abuelos era extremadamente parco en sus negocios y cosas, pero basto en los requerimientos de su casa. Falleció 27 de abril de 1967. Sus diez hijos recibieron herencia importante, sobretodo Manuel y Leopoldo ya mencionado.   

sábado, 16 de agosto de 2014

EL TÍO RAFAEL

El primero de dos hermanos varones y ocho hermanas, más dos que murieron bebitas, el tío Rafael Galindo González, hermano de mi madre María Dolores, era muy diferente al segundo, el tío Gabriel, en la familia de los abuelos Manuel Galindo González y Emilia González Franco, en el rancho Garabatos, municipio de Tototlán, Jalisco, en los linderos de los de Atotonilco y Tepatitlán.
Gozaba del apoyo y la simpatía de propios y extraños. Los medieros y otros dependientes del rancho paterno de la familia, que era el más importante de los cuatro que se denominaban con el mismo nombre en el lugar, prácticamente lo idolatraban por su bonhomía y desprendimiento con todos. Nació en Ojo de agua de latillas en mayo de 1913. Falleció violentamente el 20 de noviembre de 1943, a manos del comisario ejidal de Garabatos, Alfonso Aranda, después de arreglar algunos asuntos, visitar a mi madre, y tener una fuerte discusión con el ejidatario, en el rancho El Salvador, donde vivíamos.
El día fatal fui el último que lo vio al entregarle el atado de botellas forradas de lazo para que no se rompieran.  
-Abisinio -así nos llamaba, nunca supimos por qué razón, a Manuel mi primo y a mí- traite las botellas del alcohol para desmoler los caballos.
Al entregarle las cuatro botellas de litro vacías, se despidió, muy bien montado en su fino y famoso caballo El Aguilillo –nos vemos después.   
En la tarde el primo y yo andábamos apartando los becerros de sus madres para la ordeña del día siguiente, cuando oímos tres disparos secos, así identificables cuando dan en el blanco. Mencionamos que si el objetivo fuera un cristiano, habría muertito. Estábamos muy lejos de imaginarnos que antes del anochecer llegarían con el cuerpo del tío Rafael a la casa.
El asesino y el tío se traían de encargo desde la implantación amañada del ejido a instancias falaces de Cirilo Franco Hernández, concuño del abuelo Manuel, quien le confió el comisariado siendo un fuereño, al no haber representante local que aceptara el impopular y odiado cargo. El concepto de propiedad y pertenencia es sagrado e irrenunciable para los alteños jaliscienses. El reparto de las tierras, que tantas irregularidades e injusticias tuvo, lo equiparan a un robo.  
Cuando el falso ejidatario, se rajó en el convenio de agostadero que mi papá tenía celebrado con él para pastorear, en terrenos ejidales que le habían sido usurpados a su padre, mi abuelo Cipriano de la Torre Angulo, con el simple hecho de dejarle el aviso de cancelación a mi mamá, y mi padre enfurecido, por suerte no lo encontró donde se le ocurrió esconderse, el tío Rafael, su cuñado, le echó la mano comprándole a precio justo, las doce o quince cabezas de ganado vacuno con que ya contaba, para irnos a experimentar a San José de Gracia (ver relato con este nombre)
La principal ocupación del agrarista era politiquear, quejándose consuetudinariamente de los propietarios privados, amenazándolos con solicitar ampliación de tierras al gobierno.  Las rencillas, conocidas de todos, con su luego víctima, que no era nada dejado, a diferencia de su hermano Gabriel, eran permanentes, en las que, como granitos de arena,  casos como el  del ganado de mi papá, las aumentaba.            
Al caballo El Aguilillo, lo impactó en la cabeza una de las tres balas del fallecido; se lo llevó a cuidar mi padrino de confirmación Jesús Franco González, su primo hermano, hijo del ya nombrado Cirilo Franco. Era una magnífica bestia que nunca se recuperó, entraba en trance todos los días a la hora que se cometió el asesinato.  
El malhechor, como era de rigor, perdió la tierra, es decir, escapó. Al tiempo por otras de sus fechorías, cayó en la cárcel. Silverio Plascencia, amigo oficioso de la familia, se lo informó al tío Gabriel, quien por haber pasado muchos años, por exceso de prudencia o porque la muerte de su hermano no se iba a remediar, no quiso aumentarle otra denuncia a Alfonso Aranda, y éste salió libre y después las pagó todas enfrentándose a otro malandrín como él.   

miércoles, 13 de agosto de 2014

MEDIEROS Y CAMPESINOS DE MI ABUELO

Antes, en el relato Garabatos, mencioné que el rancho de mi abuelo materno Manuel Galindo González, era con mucho el más importante de los cuatro que se designaban con el mismo nombre; el segundo era el de los parientes de la Torre de la Torre del otro lado del río; el tercero, con lo que se adjudicó Cirilo Franco Hernández, vividor concuño del abuelo; y el cuarto, el ejido que alevosa e inadecuadamente se implantó ahí, por las artimañas de don Cirilo, con las tierras estafadas a familias como la de mi abuelo paterno Cipriano de la Torre Angulo, los mencionados parientes y otras personas, en una falsa promesa de venta que les hizo este pillo en connivencia con el gobierno, y de alguna manera solapado por sus patrones los señores González hacendados de Jalostotitlán.
El rancho de mi abuelo, al que muchos ya le llamaban hacienda, mantenía varias familias, en la calidad de medieros, campesinos o asalariados; que en parte vivían en casas construidas en las propiedades del patrón. Algunos venían todos los días de ranchos vecinos, como San Ramón y Ojo de agua de Latillas.
Entre los que ahí radicaban, recuerdo en especial a Anastasio “Tacho” Sánchez y su tía Cirila; don Ángel Gazca su esposa doña Porfiria y su hijo Refugio; los hermanos Morales,  asentados unos al otro lado del río, cerca de las propiedades de los parientes de la Torre, y otros se trasladaban a diario de San Ramón, como Ángel y su esposa Alejandra, Pedro y su esposa Genoveva y J. Guadalupe; los Morones, que eran bastantes y doña Pachita su mamá, que les hacía pie de casa porque su marido los había abandonado; recuerdo a Julián, Aniceto, Leopoldo y a Piedad, muchacha a la que le fallaban algunas facultades. También, en los terrenos ya cercanos a la propiedad del tío abuelo Pedro Galindo González. Se asentaba el mediero Eusebio Murillo y su familia, colindando el callejón donde, más hacia los terrenos de los ejidatarios, el comisario ejidal Alfonso Aranda mató al tío Rafael hermano de mi madre.
Todos sembraban a medias de los rendimientos (medieros) con gastos a cargo del dueño, su labor, básicamente, de maíz de temporal combinado con frijol; gozaban para el  mejor sustento familiar, de una sección o huerto, normalmente contiguo a sus casas, al que además del maíz, le intercalaban calabazas y chilacayotas, que podían durar de año a año, y algunas hortalizas. Casi a todos se les proporcionaba una vaca para su leche y criaban animales domésticos libremente.
En tierras del dueño, aparte del maíz y frijol en tiempo de lluvias, en época de secas se cultivaba trigo, garbanzo, avena y otras gramínias, y hortalizas, donde la gentes  trabajaban a sueldo como labriegos. Aparte, se les empleaba en el manejo de los diversos hatos de ganado vacuno, bobino, porcícola, caprino y otros, y de ser necesario, apoyaban en el cuidado de la amplia población de gallinas y guajolotes.    
En la ordeña diaria de las vacas participaban varios de los hombres mencionados, encabezados por Tacho Sánchez, de quien era su apialador, cuando, ya grandecito, estaba de visita desde El Salvador donde vivíamos. (Ver relatos La Colmena, la Naranja y otras vacas)
Cuando al tío Gabriel, hermano de mi madre, le encargó su mamá, mi abuela Emilia ya viuda y muerto su hijo Rafael, el manejo del rancho, éste empezó a suprimir cosas, básicamente a su conveniencia. Dejó de comprar tierras en el área “para no dejarles riqueza a los cuñados” y, porque no le gustaban, eliminó del ganado los cerdos, bastantes bobinos y otros, pero impulsó enormemente el caprino, en el que se convirtió en el principal propietario y proveedor de ejemplares de la mejor calidad. Redujo mucho las siembras de temporal y las extensiones desocupadas las destinó para agostadero, comerciando con mucho éxito económico personal, la engorda de novillos flacos, adquiridos a precios ínfimos a sus dueños.
Como consecuencia, la nómina de medieros y dependientes, bajó mucho. Algunos buscaron nuevos horizontes o se colocaron en otros ranchos; Tacho Sánchez se fue Guadalajara donde logró formar a su familia profesionalmente, y Ángel Gazca al rancho La mesa del solorio, propiedad del tío abuelo Jorge de la Torre Angulo.
Al tiempo el tío Gabriel, ya casado, se trasladó a Atotonilco, comprando casa y bastantes terrenos en el área. Impulsó el cultivo de agave tequilero, atesoró dinero metálico y operó transacciones de agio. Manejaba el rancho paterno a distancia, donde se quedó la abuela, viéndolo venirse abajo hasta fallecer el 19 de agosto de 1962, a cargo de terceros, incluyendo uno verdaderamente sinvergüenza y abusivo.