sábado, 9 de agosto de 2014

EL BOLEO

Este incidente tuvo también lugar en los remotos tiempos de enero de 1945, en la primera o cuando mucho la segunda semana. Al igual que el cine, yo no sabía qué demonios era el boleo en Atotonilco el Alto, ciudad a la que acabábamos de llegar la familia del rancho El Salvador. 
Mi compañero de primero, Jesús Villagrán, después de salir de la escuela, me invitó de improviso a ir al nombrado asunto. Acepté de manera similar a lo del cine, para no desentonar y hacer lo que hicieran mis condiscípulos, aunque me vinieran nuevas sorpresas, consciente de que este compañero era el más vago del salón.  
Empezamos a caminar por la calle Juárez, la misma de la escuela, hasta donde terminaba en el puente rastrojero, y seguían de inmediato las famosas huertas de naranjos del llamado con justicia El Vergel de Jalisco. Caminamos unos cincuenta metros por el respectivo callejón estrecho que separaba las huertas con cercas de alambre de púas, tejidas con ramas de huizache, hasta encontrar mayor espacio en el piso, donde entraba una zanja regadera y había menos espinas. Y para adentro por la pequeña hondanada.  
De los hermosos, bien cuidados y productivos árboles cayéndose de doradas y finas naranjas, destinadas a los mejores comensales nacionales y extranjeros, empezamos a hacer nuestra cosecha, sirviéndonos como recipiente principal la bolsa conformada con la camisa fajada y desabotonada en el pecho. Ya terminábamos nuestra faena, cuando de repente, como una aparición terrorífica, salió el huertero encargado de la propiedad con una escopeta en las manos, que con un rosario de palabras altisonantes nos recordaba la familia. Nos soltó unos plomazos, al viento gracias a Dios.
En una carrera que nos envidiaría un corredor profesional, salimos como almas que lleva el diablo, sacando en la ropa, sólo unos pequeños garranchones, al pasar de nuevo por el mismo sitio de la cerca de alambre y espinas. Las pequeñas heridas no eran nada y pasaban desapercibidas contra la zozobra y el miedo que nos cargábamos, o cuando  menos yo. 
Al día siguiente y hasta unos después a nuestro ilícito pero emocionante y adrenalítico acto, le preguntaba temeroso a mi contlapache si el huertero no nos iría a buscar a la escuela, a nuestras casas, o acusarnos ante la directora. Éste se mofaba diciéndome que en la escuela ya lo habían acusado antes, y que a los tíos con quienes vivía, ya no les importaba mucho lo que él hiciera o dejara de hacer.
Con el tiempo el asunto quedó como excitante y muy peculiar recuerdo. Mi condiscípulo años después se trasladó a Guadalajara donde consiguió un buen trabajo. En sus visitas a  Atotonilco me invitaba en broma a repetir el evento.
Nuestra ciudad, también llamada lugar de naranjos en flor, fue a fines del siglo XIX y la primera mitad del XX, un importante productor de naranjas de mesa que se exportaban a varios países, principalmente por la respetable familia Valle. El escritor José López Portillo y Rojas dijo en una de sus obras que todo Atotonilco olía a azahares. También era sobresaliente su producción de otros frutos y hortalizas como guayaba, mango, café, cebolla y pepino. Este último semi industrializado por la citada Casa Valle, donde obtuve mi primer trabajo formal al salir de la primaria, durante varios años fue proveído a la empacadora Clemente Jacques de la ciudad de México. 
Respecto al café, aunque ahora prácticamente ya no se produce en sus escasas huertas, es tradicional la preparación del extracto artesanal en varios establecimientos de la población.  Hay muchas anécdotas acerca de los efectos del consumo de este café concentrado atotonilquense, de las que mencionaré las dos siguientes.
En una visita a Atotonilco del gobernador (1953-1959) e importante escritor Lic. Agustín Yáñez (1904-1980), autor, entre otras obras, de la trilogía alteña Al filo del agua, Las tierras flacas y La tierra pródiga; lo invitó la crema y nata de la sociedad a tomar café que preparaban entonces los señores Carlos y Abraham Ibarra en su hotel La marina, donde se hospedaba el célebre personaje, quien al responder a la advertencia en el consumo del bebedizo, que estaba acostumbrado a tomarlo, lo tuvieron que pasear los anfitriones varias horas en la noche madrugada, para que conciliara el sueño.
En una de las reuniones semanales de un grupo de comensales en el restaurante del hotel Vista Guadalajara en el centro comercial Plaza del Sol, llevé una botella de este aromático producto, cuyo sobrante junto con los licores no consumidos nos resguardaban ahí para la siguiente reunión, extrañamos el siguiente miércoles, la ausencia de uno de los meseros que nos atendía regularmente, quien no obstante de prevenirles acerca de su ingestión, tenía  incapacidad médica de dos semanas, al tomarse, de contrabando, una no muy escasa ración.     

jueves, 7 de agosto de 2014

RECUERDOS REMOTOS

En el relato Garabatos, dije que nací ahí el 5 de febrero de 1936; y en el de Guillermo Tell, que a la edad de 4 años, ya viviendo en el rancho El Salvador, mi padre nos leyó a su familia la historia de este héroe suizo, que a tan temprana edad, analfabeto total,  me descubrió el mundo de los libros. Tengo recuerdos de edad más temprana. Voy a describir los tres siguientes:

IMAGEN DE UNA CASA EXTRAÑA
Tendría un año, a lo mejor año y medio, empecé a caminar a los nueve o diez meses, cuando veía a mi padre, que me había dejado por ahí, junto con personas que lo acompañaban, que seguramente eran sus amigos y algunos parientes, entrar y eventualmente salir de una casa en la que también había varias mujeres, platicando todos alegremente entre sí.       
Durante las primeras décadas del siglo XX, los medios rurales eran mucho más poblados y autosuficientes. Luego la migración a zonas urbanas y a los E.U.A., la Revolución Cristera y sus resabios, y la creciente depauperación provocada por un gobierno cacique e indolente, produjeron regiones prácticamente “dejadas de la mano de Dios” Garabatos en los treintas contaba al menos con veinticinco familias, y cantidades parecidas o mayores otros ranchos vecinos. 
Después entendí que mi precocidad natural tan temprana confirmaba que la casa en cuestión era non sancta, propiedad  del “Tunco” Arcadio Rodríguez, en donde, entre otras mujeres,  trabajaban sus hijas. No era entonces difícil identificar en el rancho a los miembros del lenocinio, incluso, fuera de ahí, en tiempos posteriores. En una ocasión en Atotonilco, en mis treintas de edad, una de las tuncas, mujer todavía de nada malos bigotes, me hizo una fiesta enorme, con no menos carga de sensualidad, al reconocerme como retoño de mi padre.

IDENTIFICACIÓN DE MI ABUELO MATERNO
A principios o mediados de 1938 falleció en Atotonilco mi abuelo Manuel Galindo González, en la finca que recién había reconstruido, por compra a la Srta. Carolina “Niña” Salazar, en la calle entonces Juárez  número 31, que después como eje poniente, de acuerdo con el sistema nuevo de nomenclatura, cambió a Colón y a los numerales 109, 111 y 113. La parte oriente hasta el puente llamado rastrojero, donde terminaba y convergen e inician las calles Allende, Iturbide y Madero, después al extenderse la mancha urbana, en lugar de continuar con el nombre, extrañamente  la nombraron Av. South San Francisco. La Colón, a diferencia, no cambió de nombre con todo y dar vuelta a unas cuadras en la que era llamada calle de los Pozos.    
De dos años o unos meses más de edad, de visita ahí, me acuerdo de mi abuelo, quien en las mañanas alimentaba en el patio de la casa unos gallos finos de su propiedad, y además, para mayores señas, tenía unas hileras o cercas de escobetas de raíz, ambas posesiones que después confirmaron los parientes que no me creían la rememoración. Con las escobetas le había pagado un acreedor una cuenta.
A esta casa, por favor espontáneo de mi abuela materna ya viuda Emilia González Franco, llegamos la familia de la Torre Galindo, que ya contaba con cinco vástagos, el último día de 1944, procedentes del rancho El Salvador, compartiéndola con otros inquilinos, para ingresar el 1 de enero de 1945 a la primaria, a parvulitos, el que esto relata, y mis hermanos María Mercedes y José Luis; los varones a la  Escuela Urbana Foránea Núm. 15 para Niños Benito Juárez, y Mercedes a la Ávila Camacho para Niñas. Mis otros hermanos chicos eran Ramón y Cipriano, y ahí nacieron luego María de la Luz, Adolfo, Evangelina, Rosa María, y Jorge después de una azarosa mala cama de  mi madre, que supliendo a mi padre ausente en el norte, como encargado de la casa me tocó afrontar.

LA PRIMA
En la misma época de las remembranzas anteriores, después del año pasadito que vivimos con mi abuela materna, donde nací, volvimos a la casa que anexa a la de la abuela paterna Francisca Hernández de la Torre, había construido mi padre previo a casarse, en donde había otra más anexa que habitaba su hermano mayor el tío Agustín, con su esposa Teresa Camarena y sus hijos, los mayores ya adolescentes. Estas casas estaban, y aún lo están, en terrenos del ejido cuyo advenimiento indeseado ya he tratado en otros relatos, al que, careciendo del espíritu de propiedad alteño, aceptó ingresar el segundo esposo de mi abuela, dizque para ampararla de algún modo.
En el medio rural, por razón del mayor contacto con la naturaleza, se obtienen experiencias más tempranas de la vida; diciéndose que se crece más rápido. Al caso, en el tiempo que me ocupa, con mayor razón.
Para la prima mayor de estos parientes, era su juguetito nuevo, pasando el tiempo que podía conmigo. Me daba golosinas y otras cosas, me colmaba de besos, y en no pocas ocasiones, cubriéndose con un rebozo, me daba sus aún incipientes pechos de precoz instinto maternal           

LA SARDINA DESCOMPUESTA

Entre las aventuras que corrí con mi primo Manuel Gutiérrez Galindo, ver relato El primo más estimado, cuando todavía adolescente y ya contaba con su equipo agrícola (tractor, arados, rastras, etc.) fue a preparar para la siembra de temporal, unas tierras en el rancho Ojo de agua de latillas, Mpio., de Tepatitlán, propiedad del tío abuelo Juan González Franco, hermano de mi abuela materna Emilia. Era un hombre mayor que vivía su tercer matrimonio, con dos hijos de éste; de alta estatura y muy delgado y erguido. Parecía un Don Quijote de la Mancha. 
Habíamos llegado en la tarde y en su momento nos sentaron a la mesa familiar para cenar. El menú consistió en un cuarto de vaso chico con leche y un platito con frijoles de la olla, acompañado de algunos restos del tazole o paja de las vainas del frijol y algunos palitos de los tallos de las mismas, varios de los granos estaban aderezados con sus respectivos gorgojos. Seguramente, como muy contadas y escasas personas, creían que era proteína necesaria. Sólo nos cominos los frijoles limpios y el trago de leche. El desayuno del día siguiente, para irnos temprano a trabajar, fue del mismo tenor.  
A media mañana, consecuencia de los dos escasos alimentos, y el trabajo pesado que realizábamos, traíamos un hambre terrible. Fui a comprar a la tienda del lugar, que por cierto tenía fama de bien surtida, un par dos sardinas ovaladas Calmex y un paquete de galletas saladas.  
Nos terminamos la primera, y como todavía teníamos apetito, nos comimos la mitad de la segunda, para completar con el resto la frugal cena que nos esperaba en la noche. Así le hicimos, desconociendo el daño que nos iba a provocar por haberla guardado en la lata.   
Un rato después de acostarnos se inició nuestro continuo peregrinar al corral de la casa, para defecar numerosas veces, con un dolor de estómago tan grande, que sentíamos, al menos el que esto relata, que la bomba en que se nos había convertido, estaba a punto de reventar. En la mañana amanecimos sanos, como si nada. Los parientes, que debieron enterarse de nuestras peripecias, no dijeron ni pío y nosotros tampoco. ¡Bendito el poder de recuperación de la juventud y el  medio tan sano que era el campo!
Al terminarse el trabajo con el tío Juan, el Sr. Don Jesús Villa, terrateniente muy grande, le encomendó a mi primo el arreglo, para el mismo objetivo de siembra de temporal, de unos terrenos aledaños a su enorme casa, que se le habían quedado pendientes y su maquinaria la traía ocupada en otro de sus ranchos. ¡Qué diferencia de personaje!      
-Él es mi primo hermano Chuy, señor Villa, me está ayudando en el trabajo.
-Bien, ¿De quién eres muchacho?
-De Francisco de la Torre y Dolores Galindo.
-¡Oh! Tu papá es un gran hombre de muchos méritos y fama hasta acá en estos rumbos. (Remitirse a los relatos Llámenle sólo Jesús y Un hombre excepcional)
Era un hombre viudo, con muchos medieros y campesinos, y servidumbre de casa para todo. Nos sentaba a su mesa a compartir sus alimentos. Frutas, sopa caldosa, carne de res o de cerdo, pollo, frijoles de la olla o refritos, queso de adobera de leche entera, chicharrones, jocoque, mantequilla, etc.; huevos con longaniza, leche fresca, chocolate, pan de calidad y otras cosas a escoger, todo de casa.   
Este señor, cuyo apellido real, después supe, era Villaseñor, creo que vivía, donde lo visitamos, en el rancho contiguo a Ojo de agua de latillas, que se llama Santa María, también Mpio., de Tepatitlán. Era pariente cercano del Dr. Jesús Ramírez Villaseñor, que ejercía su profesión en Guadalajara, en Pedro Moreno esquina con Rayón en el centro, con muchos terrenos en las goteras de Tepa, que al tiempo en buena parte le vendió a precio simbólico a mi primo, en atención a los servicios que éste le prestó.
También en este Santa María nació el conocido líder estatal de la CTM (Confederación de Trabajadores de México) don Heliodoro Hernández Loza, a su vez primo segundo de mi abuela Francisca Hernández de la Torre.   

miércoles, 30 de julio de 2014

FUEGO Y RESCOLDO

La fiesta de inauguración del nuevo negocio estaba en crescendo y ya muy concurrida. Los asistentes, crema y nata de la conservadora sociedad de la típica ciudad media del centro del país, donde se celebraba, se repartían en las mesas y la pista de baile. A una señal  convenida salió una pareja por separado. Los treinta kilómetros de sinuosa carretera que distaban las cabañas de la rivera del hermoso lago, que acostumbraban visitar, les llevó menos de media hora. Descontando otro tanto en el regreso, tenían dos horas para disfrutar su apasionado encuentro, y reintegrarse al festín a eso de la una de la mañana, cuando el ágape estaría armonizado por el mariachi, que era el remate y la parte más gustada de la velada.  
Mantenían relaciones desde hacía varios meses. Ella manejaba una tienda de ropa para mujeres. Él, gerente de una sucursal del banco más importante del país. Ambos en la plenitud de los treintas de edad.  
Dama ella morena muy clara, de estatura regular, cuerpo muy bien formado, ojos y cabello negros;  carácter moderadamente festivo y bromista; le quedaba y lucía excelente su ropa negra de buena calidad que acostumbraba portar. Administradora eficaz y luchona en su negocio. A su familia, de buena posición económica y social, de otra ciudad del estado, la había tenido que dejar, al casarse en desacuerdo con sus estrictas reglas, y el despojo de sus   hermanas que habían conseguido que aprobara su padre.  
De buenas estatura y presencia física él; formal y pulcra vestimenta, que tenía que renovar  en algunos compromisos vespertinos y nocturnos, como el que ahora asistía. Conocedor y propositivo a fondo en su trabajo, en una plaza y jurisdicción muy competida, que no obstante ofrecía oportunidades de expansión importantes. Implementó innovaciones reconocidas por la comunidad y sus superiores, de las que sus antecesores en el puesto y colegas en el ramo, no se habían ocupado lo necesario.  
Por lo anterior, hubo intrigas y triquiñuelas de algunos de sus competidores, subordinados y funcionarios de segundos niveles de la dirección divisional en la institución representada, que intentaron empañar su desempeño, saliendo siempre airoso de las trastadas de estos chupatintas.

Al regresar la pareja de su correría, el festejo estaba como habían calculado. Algunos invitados menos, uno que otro bastante alumbrado y la acostumbrada cuota de colados. El anfitrión amplió la actuación del mariachi, por la aún abundante concurrencia y el regreso del personaje de esta historia. Uno de los invitados, quiso bailar con la dama que también protagoniza este relato, y ante su negativa intentó propasarse. El acompañante, que por razones obvias no estaba en la misma mesa, ocurrió a ponerlo en su lugar sin llegar a mayores. Al rato, por otras necedades, uno de los invitados sacó al rijoso del recinto.
La relación continuó no obstante, o por ello mismo, la situación social que la prohibía. Unos meses después de que él fue ascendido a otra gerencia en la capital de un estado vecino; y ella a su vez trasladado su negocio a la capital del suyo. Se siguieron viendo en sus respectivos lugares de residencia y algunos otros que la oportunidad permitía.
El paso del tiempo y las cuotas de cobro de éste, así como las distancias, han propiciado tranquilidad en la pareja, sin afectar su relación amistosa. Agradecen a la vida que los haya protegido y facilitado sus aventuras.     

martes, 29 de julio de 2014

UNA HISTORIA COMO TANTAS

Tendrá unos setenta y tantos, a lo mejor ochenta; se ve que fue una mujer hermosa, con todo y que su físico esté maltratado. Denota un carácter distinguido y de mujer de mundo. Al salir al pasillo de su puesto de comida en el mercado municipal, sus pies vendados ocultan várices y otros padecimientos añosos; no obstante atiende ágil y diligente a la clientela, y si ésta no existe, siempre está ocupada preparando algo.  
El hombre que la auxilia en el manejo del negocio, es bastante menos viejo; unos cincuenta y cinco, sesenta. Es un hombre robusto, chaparro y de rasgos indígenas. Renquea. Pudo haber sido soldado o cargador; su devoción a la señora, luego se ve que es muy especial.  
En los cuarentas del pasado siglo veinte, la casa de “La Canica” era una de las más socorridas por los parroquianos pudientes y distinguidos. Las no más de diez muchachas que ahí trabajaban, a diferencia de las otras casas de diversión del lugar, eran elementos más distinguidos en el medio; bien capacitadas y entrenadas por su patrona, Doña Martina, para departir y convivir con su clientela local y de lugares vecinos; seleccionada de manera rigurosa por la dueña.  
Elena Robles era la adquisición más reciente de la casa. Llegó ahí aferrándose a lo que consideró, como varias de las demás muchachas, una tabla de salvación a sus desgracias. Un ingeniero de caminos, medio pariente, la había deslumbrado y engañado, en lo que mucho tuvieron que ver las facilidades de su mamá. Con la desgracia encima, tanto la propia familia, como la del novio que tenía, al no querer pasar ninguna el trago amargo de la deshonra, dejaron a la infeliz muchacha deslizarse en el barro de la prostitución.   
El pretendiente, cuando sucedieron los hechos, ya tenía rato disputando el noviazgo con  un subteniente del destacamento militar asentado en el lugar. En una boda al calor de las copas y más de la condición en que andaban, llegaron a las manos y a las armas, tocándole perder la vida al teniente y al novio la tierra. Las insistencias de algunas de las pupilas de la canica acabaron convenciendo a Elena para ingresar al lenocinio.  
Las cosas, sí se puede decir así, iban saliendo. El nuevo manjar de la casa de citas era apetecido por muchos de los clientes; pero no cualquiera lo obtenía. La muchacha se manejaba con ciertas normas que muchos no llenaban. La señora de la casa conoció luego los buenos sentimientos de su nueva pupila, pero también conocía bien las posibilidades económicas de su negocio, y obviamente, lo que cada muchacha y cliente  podía dejarle.      
Uno de ellos se encaprichó de Elena. Era bastante violento y medio loco con copas. En una ocasión juró que Elena se las iba a pagar por haberse negado a acompañarlo, llevándose esa vez a varias muchachas al mismo tiempo, a quienes hizo vejaciones terribles que prometió repetir en la compañera de éstas.  
En la temida como esperada siguiente visita del pelafustán, su objetivo era ensañarse con Elena. La matrona de la casa trató enérgicamente de disuadirlo; al no lograrlo le pasó a escondidas a su pupila una pequeña pistola calibre 25, para que en última instancia se defendiera del rufián. Éste se la llevó a una de las habitaciones y la mancilló desaforadamente hasta dejarla exhausta; para enseguida continuar golpeándola furiosamente. La víctima se defendía infructuosamente, devolviendo algunos golpes, que hicieron que el agresor, más enfurecido, tomara su pistola de la ropa que había dejado en una silla. Elena se le anticipó disparando mortalmente con la pequeña pistola que había escondido debajo de la almohada.      
En el juicio, si se pudo llamar así la farsa que se hizo, de nada valieron las declaraciones de descargo de la patrona, sus demás pupilas y el mozo de la casa, un jovencito que había causado baja del ejército a unos meses de su ingreso, por una herida en combate. La familia de Elena no prestó mayor ayuda, y la del occiso presionó con dinero e influencias para que se  castigara a la acusada con los veinte años de sentencia que entonces se daba por homicidio. El mozo fue la única persona que la visitó y ayudó durante su condena.  
Al salir de la prisión en los sesentas, Elena trabajó como sirvienta en varias casas y en la última el dueño, funcionario municipal, a quien le gustaba su arte culinario, le consiguió un puesto en el mercado municipal, que hasta la fecha maneja, ayudada por el fiel mozo que ha sido su apoyo y pareja desde su encarcelamiento.      

AMENAZA CUMPLIDA

En un pequeño e incomunicado pueblo del sur del Estado, conforme al dicho,  lugar dejado de la mano de dios, manejaba las cosas a su antojo con la ley del más fuerte, el cacique correspondiente, como en muchos otros lugares similares de la entidad y el país.   
Ahí, don Darío Ramírez era la encarnación típica de este personaje. Tenía junto con mucha riqueza, comprobada fama de hombre implacable, violento y mujeriego. En los negocios y muchas cosas, obraba siempre con ventaja, valido de su prepotencia y fortuna material. Sus malos instintos identificaban sus principales actos.  
Rosario era una hermosa mujer, casada con Santiago Sánchez, campesino y mediero, para su desgracia, de don Darío. Éste pretendía a la esposa con resultados repetidamente negativos. Valiéndose de artimañas infames, logró al fin hacerla caer, en lo que intervino, como casi siempre sucede en estos casos, una alcahueta del pueblo. La bella mujer se negó firmemente a tener nuevas relaciones con el patrón, por lo que éste inició un acoso feroz del más variado tipo en contra de los esposos, que no era desconocido por la comunidad.  
En el término normal nació una niña fruto de la villanía del cacique.  El esposo ofendido  desapareció unos meses antes, no volviéndose a saber más de él. Unos, sin comprobarlo, decían que se había ido lejos donde ya tenía otra familia. Otros, que lo encontraron luego de su partida tirado en un barranco cercano. El potentado siguió pretendiendo de manera tenaz a la viuda.  
En lugar tan pequeño, tenían que verse las caras víctima y victimario de alguna manera.  En un convivio familiar, en que por enésima vez quiso el malandrín hacer de las suyas, unos invitados de Guadalajara, que no temían represalias del agresor, impidieron que llevara a cabo sus intenciones, siendo tal el enojo que profirió ferozmente amenazas de muerte, que en la primera oportunidad cumpliría contra Rosario.  
No tardó en encontrar la ocasión. Rosario al quedar sola, se ayudaba económicamente confeccionando ropa a las mujeres del pueblo que se lo requerían. Por sus penurias había visto un tanto mermada su salud. De visita a una de sus clientas para entregarle unos vestidos, coincidió que ahí se encontraba el odioso abusador, en compañía de otras personas. Quizá con la complicidad de la dueña de la casa, con quien la recién llegada había ido a una recámara a probarle una de las prendas, don Darío vertió en la taza del té de Rosario, que a todos les habían servido, una fuerte dosis de laúdano, que a las pocas horas le quitó la vida a la desdichada mujer, en el lecho de su casa.  
Con la ayuda de una de las asistentes en la reunión fatal que la había acompañado, mandó llamar de urgencia al señor cura del pueblo, que era su padrino al igual que de Margarita su hija de unos cuantos meses de edad. Después de la confesión y recibir los demás auxilios religiosos en artículo de muerte, le entregó y encargó mucho a la niña, y con el testimonio de la vecina presente, acusó al culpable de su desgracia.  
El pueblo indignado pretendió hacer justicia por mano propia. Secuestró al malhechor y después de inmovilizar a sus principales achichincles, pretendían colgarlo de una de las arcadas de la casa grande de su propiedad. Suplicaba piedad, como sucede generalmente a estos tipos cuando les llega la soga al cuello. El señor cura impidió el linchamiento con ayuda de algunas personas respetables del pueblo.  
La turbamulta le advirtió al rufián que si seguía en las mismas, después de darle una paliza, lo castrarían antes de ahorcarlo. La amonestación no sirvió de nada, el sujeto no dejó de satisfacer sus apetitos. Castigó rabiosamente a varios de los atentadores. Además, con renovada voracidad aumentó sus tranzas de agio, acaparador de tierras y ganados, puestos políticos y otras ambiciones, haciéndolo más temible y poderoso.  

Al tiempo, cerca de su fin, enajenado, veía fantasmas en todas partes queriéndolo envenenar. Murió abandonado como un Pedro Páramo de tercera, de más de ochenta años de edad. Sus hijos, varios de ellos medios hermanos, algunos venidos de otros lugares, acudieron más por interés de la herencia que por afecto. Como buenos hijos de hiena, ya se estaban disputando los bienes aún sin terminar el sepelio.   

MARGARITA

Margarita era una vivaracha jovencita de catorce o quince años a mediados de los años veinte del pasado siglo. Había quedado, unos meses después de nacida, a cargo de su tío y  padrino, el señor cura del pueblo. Su madre, esposa mancillada, murió envenenada por órdenes del cacique del lugar al continuar siendo rechazado por ésta, después de que en un despreciable acto de violación, le había dejado a Margarita como fruto de su vileza. El marido de la víctima, que era campesino y mediero del patrón, tuvo que dejar el destino de la niña en manos del párroco, su pariente más cercano, para abandonar el pueblo con su demás familia.  
La muchacha había permanecido al cuidado del recto y bien querido sacerdote, quien desde al nacer la niña, mayormente conociendo la tragedia de su madre, le tenía especial   cariño, como así mismo se lo profesó a la víctima del malvado hombre fuerte del pueblo.  Viéndole facultades para el comercio a la jovencita, le puso un tendejón, en el que pronto confirmó sus habilidades. Su buena presencia, trato y carácter eran notables. Muchos jóvenes  se sentían afortunados con su amistad y no pocos aspiraban ir a terrenos más formales.  
En aquellos años, el país estaba todavía muy revuelto. Los levantamientos en armas de hombres en desacuerdo con la mala situación prevaleciente y de otros por el simple oportunismo de riqueza y poder, eran cosa normal. Los caciques, como siempre, seguían disputándose encarnizadamente la explotación de un pueblo a su merced.  
Entre los levantados se encontraba Jesús Penella, hábil campesino y caballerango, de veintitantos años, a quien su gente respetaba y quería bien. Se le tenía en la comunidad  por hombre valiente y arrojado, pero también violento e inclinado al alcohol y a las mujeres. Su actividad le redituaba un buen número de enemigos.  
Frecuentaba Jesús cada que podía, sobre todo los domingos, la tienda de Margarita y se veía a las claras que la joven le gustaba. La relación no iba más allá de los usuales y lacónicos saludos de la gente del medio rústico jalisciense de entonces. La muchacha, aunque no le disgustaba el rudo pretendiente, le  guardaba mucho respeto y ... temor. La gente conjeturaba acerca de aquella relación. El señor cura, como buen tutor quería lo mejor para su ahijada y la trató de disuadir. El pretendiente estaba cada día más metido en las armas y el destino de la pareja, por lo tanto, no era nada prometedor.  
Los rumores de que se la iba a robar y un beso en la frente, hurtado un domingo ante varios testigos, fue el compromiso, tácito, de matrimonio entre los dos jóvenes. Este hecho, junto con el rapto, era considerado por la costumbre como signo ineludible de compromiso nupcial y al realizarse éste, lavaba la deshonra de la consorte. En los tiempos actuales estas cosas resultarían del todo intrascendentes y hasta increíbles para tan serio compromiso,  pero entonces era todo lo contrario.  
El matrimonio, a pesar de las condiciones adversas y los vaticinios en contra, fue bien avenido, y en lo posible feliz. Desafortunadamente duró poco menos de un año y medio. La joven esposa había continuado manejando su tienda y el marido sorteando las dificultades de su peligrosa actividad que en ningún momento dejó. 
Jesús fue siempre respetuoso y responsable de sus obligaciones conyugales, con las salvedades que le imponía su situación de hombre fuera de la ley. De la misma manera satisfizo como mejor pudo las necesidades de la gente que no dejó de seguirlo. Falleció en una emboscada que le preparó el ejército, mediando la traición del capitán al mando, que era su coterráneo y supuestamente su amigo.  
Procrearon dos hijos. El primogénito, venido a los nueve meses de sus bodas, falleció a consecuencia de una caída del mostrador de la tienda, cuando Margarita atendía su trabajo. La niña, concebida unos días antes del fallecimiento del padre, después de una niñez y juventud azarosas, se dedicó a la docencia en la capital del estado y en algunas de sus cabeceras municipales.  
Margarita, ya viuda, le tocó auxiliar en agonía a una amiga de la infancia, quien faltó al dar a luz dejando ocho huérfanos a su esposo don José Romo, reconocido hombre de campo y de a caballo en la región. Al quedar solo se había convertido en un atractivo partido para las mujeres casaderas. Admiraba a Margarita desde chica, y más por las atenciones prestadas a su esposa y a sus hijos.
En una ocasión concurrió la viuda a regañadientes a un día de campo con otras amigas. Antes de la comida decidieron bañarse en el estanque del lugar. Margarita se enredó en unas raíces profundas en el fondo del agua. A los gritos de ayuda de las muchachas apareció el señor Romo para rescatarla.  
El matrimonio se celebró después de guardar los dos años de luto tradicional por la amiga fallecida. La nueva pareja iniciaba su destino con siete hijos, cuatro niñas y dos niños del esposo y la  niña de ella. Junto con el amor y agradecimiento a don José por haberla salvado de ahogarse,  Margarita tuvo que tener también muy presente el compromiso,  hecho a su amiga en artículo de muerte, de cuidar de su esposo  y de sus hijos.  
Las jovencitas entenadas, no obstante los esfuerzos y afanes de su madrastra, fueron siempre su quebradero de cabeza, y no pocas sus acciones incorrectas. Lograron, empezando, que su marido convenciera a Margarita de enviar a unos parientes lejanos a su hija del primer matrimonio, que así jamás vivió con ella. A sus cuatro nuevas hijas, sus medias hermanas, les hicieron mil tropelías, varias de estas realmente graves.  
Aparte de vicisitudes por la tierra, como muchas otras familias en tiempos difíciles, afrontó Margarita otros contratiempos. A mediados de los cincuentas emigraron a Guadalajara porque la salud de su cónyuge empeoró paulatinamente. Un despojo político como opositor municipal lo desilusionó mucho. En la capital del estado tuvo un mal negocio comercial, en el que sus hijas mayores más extraían que aportaban. En pocos años falleció.
Viuda de nuevo, el personaje principal de este relato, tuvo que sortear otros problemas para formar a su numerosa familia, integrada principalmente por mujeres, en un medio por esto último, mucho más difícil. Al final entre las malas artes de sus entenadas, sufrió el despojo de un terreno que con todo derecho le había dejado sus esposo, cooperando en el acto algunos cónyuges de éstas, y de cuyo usufructo además nunca le rindieron cuentas. 

INCIDENTE CASERO

Mi amiga se decidió por fin a salir de vacaciones una semana con la familia de su única hija y le ofrecí revisar su casa por aquello de los ladrones, y cambiarles el agua y la comida a los pajaritos que tenía en una jaula metálica gigante de varios niveles, así como atender de la misma manera a las dos perritas que deambulaban en las áreas del lavadero y la azotea de la finca. Programé hacerlo por la noche el martes, jueves y sábado.  
El chequeo correspondiente al jueves, decidí hacerlo diferente al del martes, en el que en la mesa de la cocina había hecho un tiradero que no me gustó; así que las labores descritas las realicé en el lavadero en el traspatio de la cocina, pero al abrir la puerta del pasillo, que por cierto no cerraba muy bien, las dos perritas salieron a corretear por toda la casa y a meterme luego en un brete  para regresarlas a su lugar.  
La cocina tenía otra puerta al lavadero, de dos hojas, un tanto desvencijada y prácticamente clausurada, que incluso a mi sugerencia se había reforzado con un aldabón metálico de pasador y cadena, y además una tranca transversal de madera.  
El sábado quise asegurarme que las perritas no me repitieran el jueguito del jueves, cerrando más la puerta; pero ya fuera porque con el talón del zapato izquierdo le di un jalón o por la contribución del airecito que estaba haciendo, la puerta de acceso al lavadero se cerró de golpe.  
¡En la madre! Después de auto pendejearme severamente unos segundos, decidí que iba a salir del lío a como diera lugar. Eran pasadas las nueve de la noche. Mi diabetes me mantenía ya a dieta y en una o dos horas podía empezarme a bajar el azúcar por falta de alimento. Aparte de que no me convenía llamarle a algún conocido, que tendría primero que buscar un cerrajero en sábado y a deshora, y que el vecindario se diera cuenta; la solución de todas maneras duraría mucho más tiempo. Aparte, ¡Peor cosa! Mi celular estaba al alcance, ¡pero en mi saco colgado en un mueble de la sala.  
La finca en el centro de la ciudad, en zona de casonas en parte abandonadas por sus dueños, tenía contigua sólo una ocupada, que el propietario, de quien yo no era de los santos de su devoción, pero me guardaba respeto, tenía amurallada su casa, por lo que pedirle auxilio, que era lo último que quería hacer, resultaba difícil y podía perderse mucho tiempo.   
Busqué inútilmente entre los tiliches del lavadero algún duplicado de la llave. Si la puerta a la cocina hubiera sido reforzada con la tranca de madera, ¡doblemente en la madre! No habría esperanzas de abrirla, pero sí, si solamente tenía puesto el aldabón metálico. Le di un fuerte empujón y se movió cosa de nada; insistí y logré una pequeña abertura como de dos o tres centímetros y la esperanza de que no hubiera tranca. Varios intentos después cedió un poco más, pero mi mano izquierda ni siquiera encontraba la cadena que jalaba el pasador del cerrojo.
Encontré el travesaño de madera de una jaula desechada por vieja. En el primer intento de usarla a modo de palillo chino, se deshizo en varios pedazos por lo podrido que estaba. Encontré al cabo de varios minutos otra tablita en mejores condiciones debajo de una caja desvencijada, y reanudé mis intentos por salir de ahí.
Para esto, el par de perritas tan cariñosas y fiesteras conmigo antes, una vez visto que mi objetivo era cosa poco menos que imposible, se largaron a la azotea y me dejaron solo.
En mis rezos suplicaba a Dios y a la Virgen de San Juan de los Lagos que me sacaran de la bronca en que me había metido. Batallé más de dos horas, sin poder arrastrar el pasador al punto de salida o desprendimiento. Traía ya bastante raspados los nudillos de mi mano zurda con algunos hilitos de sangre. De repente sentí que la cadena reculaba más espacio y ¡zas! que oigo el sonidito liberador de la misma. Empujé una de las hojas de la destartalada puerta y ¡gran alivio!  Estaba al fin en la cocina.  

Un vaso con refresco de cola y unos minutos de reposo, para normalizar la glucosa, me facilitaron regresar a mi casa sin novedad.      

ESMERALDA

Era una muchacha esplendorosa. Una gacela de cuerpo juncal, ojos verde jade que en momentos se tornaban negros, color de sus largas y risadas pestañas, como de sus arqueadas y bien delineadas cejas; frente amplia y recta su nariz; labios rojos y carnosos que delineaban una boca sensual, resguardo del más fino marfil de sus dientes; mentón y pómulos bien señalados. Era, sin más, una soberana criatura.  
De sus muchos hermanos, todos bien dotados por la naturaleza, las mujeres eran rubias como la mamá, y los hombres bastante morenos, aunque no tanto como el papá, que denotaba las señales cotidianas del sol por muchos más años. Esmeralda era pues, una mezcla resplandeciente de los dos colores raciales.   
La señora se dedicaba a los hechizos y la brujería. Muchos daban santo y seña, de variadas formas, acerca de sus artes sobresalientes en la materia. Incluso, falsamente, la atrofia en una mano de su esposo, se la achacaban en castigo a una fuerte discordia que tuvieron antes de casarse. La realidad era que se la había causado un balazo mal atendido en sus tiempos de soldado de la revolución.   
Como madre que se precie, deseaba y buscaba lo mejor para su familia, y en particular para las hijas casarlas con buenos partidos, pero por las circunstancias de su actividad, pocos galanes osaban acercárseles, no obstante los preciados dones de éstas y por supuesto, los sobresalientes de Esmeralda.  
Se hizo novia del heredero y administrador del rancho más importante de la región, del que se había hecho cargo unos años después de la muerte de su padre, bajo la tutela de la viuda, quien se oponía férreamente al noviazgo. Se comentaba mucho el resultado de la relación entre los vecinos. 
Aparte de la oposición de su madre y la diferencia social, el novio no tenía mucha firmeza en el noviazgo. Temía, con razón, no poder dar pleno cumplimiento a sus obligaciones afectivas como consorte, por la dedicación tan apegada a las obligaciones del rancho y a negocios personales que con especial apego había emprendido. Esmeralda era sin duda para un hombre de mejores recursos maritales. Vino la ruptura y el grito en el cielo de la güera mamá, que ya contaba con el conveniente emparentamiento de las familias.  
Esto lo conocí de cerca cuando de chico iba seguido al rancho en cuestión, propiedad de mi abuela materna, y además de que un primo hermano que vivía ahí, me enteraba de muchos detalles.
Unos 25 años después, casado, en asuntos sociales inherentes a mi actividad, en la casa de un distribuidor de una conocida marca de refrescos, vi una pintura de Esmeralda que me causó curiosidad, ya que la esposa del empresario era otra persona. El pariente y compañero de trabajo que me invitó al lugar, me sacó al momento de la duda.  
-Es la primera esposa de mi amigo, anfitrión del festejo, ella, por cierto era de un rancho cercano a tu natal Garabatos. Fue muy apreciada por esta familia. Se te hace raro ¿verdad?
 -Si, desde luego. 
-Resulta que murió en el viaje de bodas sin consumarse aún el matrimonio.
Ante mi asombro, continúo contando.
-Al llegar al hotel destino del viaje de bodas, se empezó a sentir de tal manera mal que no valió lucha alguna para salvarla. Los médicos que la atendieron, ni siquiera lograron diagnosticar el padecimiento.  
-¿Sabes que fue novia de un hermano de mi mamá?   
-Claro, e hija de una señora muy bonita que decían que era bruja.
-Sí, todavía vive, y sigue en esa actividad aunque ya está muy grande. 
-Se dijo entonces, entre otras cosas, que había maldecido a la hija porque no quería al yerno. Esto no era cierto, pues recuerdo que estuvo muy contenta con su familia política desde la boda, en la que estuve presente. Además me consta que desde el fallecimiento de la hija, hasta contraer segundas nupcias el viudo, la señora y su esposo lo visitaban con gusto.   

-Fueron compadres de mis papás. Nos visitaron más de una vez por allá de 1942 o 1943, en el rancho El Salvador donde vivíamos. Esmeralda era la ahijada.   

INTERCEPCIÓN TELEFÓNICA

El personal ya se había retirado. Me quedé a terminar algunos pendientes, antes de asistir, como ya era costumbre, a la reunión comida sabatina con un grupo de clientes del centro de la ciudad. Tuve que contestar varias llamadas telefónicas, entre ellas una de mi esposa preguntándome sobre unas cosas para la también sabatina reunión cena de ese mismo día, con el grupo de matrimonios amigos de la colonia, que nos tocaba presidir.  
Como a las dos y media contesté la última, no relacionada con  las actividades del banco.  
Era de una señora que había conocido unos días antes en la cena de bienvenida que me había ofrecido uno de los principales empresarios y político relevante de la localidad, de quien el esposo de la señora era pariente. El buen porte de la señora no nos pasó desapercibido en el ágape a ninguno de los presentes, como tampoco el de otra dama igualmente atractiva, encargada de la compañía de teléfonos, que en una ciudad chica, independientemente de sus prendas personales, la convertía en personaje importante, No se necesitaba mucho para entender luego que ambas damas rivalizaban en lo que provocaba su belleza en la concurrencia.         
Al contestar noté el sonidito o clic propio de que alguien más estaría conectado y lo di por hecho. Impliqué instantánea e intuitivamente la propuesta íntima recibida a una supuesta operación bancaria lógica para su esposo, a tratar el lunes siguiente.  
Después de la comida, que siempre se prolongaba hasta preludiar la noche, llegué como siempre a tiempo para la reunión nocturna con el grupo de vecinos de la colonia, que componíamos nueve parejas.  
El tema de las esposas concurrentes, terciando algunos de los cónyuges, fue la llamada del excitante capricho femenino, con el enlazamiento desde la central, a cuando menos dos auriculares más, el que contestaba mi esposa y el de una tercera dama apropiada del grupo, para que lo cacareara a todo color en la reunión.  
Que la señora ya estaba para otros trotes, que no, que todavía aguantaba. Que por su culpa el marido no daba una en los negocios desde hacía años, que por ella había conseguido buenos ídem, y como muestra estaban los contratos que papá político le había conseguido en el gobierno del estado. Que con la mandamás de la telefónica eran tal para cual, pero que con menos chance por vieja y no poder espiar como la otra. Que la segunda no se aventaba tanto, porque tenía su amigo en turno al que le tenía que guardar, si no respeto, sí consideraciones por el apoyo económico que recibía. Y otros chismes por el estilo.  
Unos meses después en el hotel donde se hospedaba una amiga y también atractiva cliente foránea, sus llamadas telefónicas fueron seguidas con toda precisión, haciéndome echar mano de las mejores estratagemas para mantener a salvo los asuntos que teníamos que tratar.  
Lo comenté con un amigo y cliente de confianza. Me informó de varios casos similares y algunos con consecuencias mayores. Que lo sabían sus jefes de  la dirección estatal de la telefónica, pero no hacían nada porque alguien arriba la protegía.  
Que en el evento del senador, había confesado su inclinación por el invitado principal, y que la parienta del anfitrión no le preocupaba, sino un poco su aspecto de formalidad y aparente seguridad en sí mismo que iba a costar trabajo derrumbar. 
Durante mi estancia en la plaza, manejamos con cierta frecuencia asuntos de trabajo, siempre en ese estricto sentido teniendo en cuenta su inclinación al espionaje telefónico, además de que mantenía supuestas relaciones con uno o dos clientes y personajes conocidos del lugar.