lunes, 16 de marzo de 2015

LA FAMILIA VALLE

Entre las familias de abolengo en Atotonilco, sin duda el apellido Valle ocupó un destacado lugar en la comunidad y en el desarrollo económico y social de esta ciudad que en los primeros decenios del siglo veinte ocupaba los primeros lugares en importancia a nivel estatal, quedando sólo atrás de Guadalajara, Lagos de Moreno y Ciudad Guzmán. Actualmente por diversas circunstancias que aquí no viene al caso mencionar, varios otros municipios la aventajan en esta posición. Su producción naranjera, otras frutas y cultivos hortícolas, así como su relevante vocación comercial la situaron en tan alto nivel. El verde en sus diferentes tonalidades y su constante aroma de azahares y de otras flores de sus huertas de cítricos y demás cultivos esparcidas por sus cuatro puntos cardinales en gran extensión, con razón le dieron el calificativo de El Vergel de Jalisco. 
A principios del citado siglo XX llegaron de San José de la Unión o San José Casas Caídas, municipio de La Barca en los linderos con el de Atotonilco, dos familias de primos hermanos dobles Valle Valle, hijos de los hermanos Ramón y Rafael Valle Velasco de San José de Gracia, municipio de Tepatitlán, y de las hermanas españolas María Guadalupe y Justa Valle Herrera. De los primeros esposos mencionados vinieron sus hijos: Donaciano, Raymundo, Guillermo, Lorenzo, Apolonia,  Josefina y Ma. Isabel. De los segundos: Isaura, Francisco, Manuel, Donato, Ma. Isabel y Mercedes. 
Don Donaciano casó con doña María Jiménez Jiménez, de Ocotlán; don Raymundo, don Lorenzo y las Srtas. Apolonia y Josefina permanecieron solteros. Don Guillermo se casó con doña Elena Vázquez Tejada, atotonilquense. Ma. Isabel fue cónyuge de J. Trinidad Vázquez y éste en segundas  nupcias con Ma. Isabel de la otra rama de primos, de la que doña Isaura casó con don Rafael Esqueda, don Francisco en 1920 con doña Esperanza Núñez Vázquez, originaria del ahora Ayotlán, antes Ayo el Chico y más popularmente Pueblo de Ayo, municipio también colindante con Atotonilco. Don Manuel con las hermanas María de Jesús y Rosa María Ramírez González. Don Donato fue soltero. Ma. Isabel con J. Trinidad Vázquez en el segundo enlace de éste como ya se dijo. Mercedes fue cónyuge de don Jesús Dueñas.
La familia de don Donaciano fueron: Raymundo quien murió soltero en 1937 de 24 años por una pulmonía consecuencia de una gripa mal cuidada que se le agravó en visita a San José de Gracia;  Ramón fue un importante citricultor en Montemorelos, Nuevo León. Su esposa: María Esther Gómez Wells, viuda, se radicó en dicho lugar y los hijos en Monterrey con negocios importantes; María Guadalupe contrajo nupcias con Refugio Santos Sepúlveda, dueño en segunda generación del Vino de Naranja Santos; finalmente María del Socorro, que casó ya grande y luego enviudó.
Los hijos de don Refugio fueron entre otros, Rafael, Salvador, Francisco, Alicia  y Carmen. Rafael siguió fabricando un tiempo el vino de naranja y su esposa, ahora su viuda, es la Sra. Teresa Fonseca Hernández, que fue reina de las fiestas patrias. Salvador se casó con una de la hermanas González Armenta, hija del Prof. Trino. María de la Cruz, fue esposa de J. Trinidad Vázquez Tejeda, procreando una familia numerosa, entre ellos Hugo, José, Acela, Martha, Othón, José Luis y Trinidad. 
Don Guillermo y esposa procrearon a Jesús, Elena, Luz y Angelina. Chuy Valle se casó con Hermila Fonseca Navarro. Murió dejando dos hijos: Guillermo y Lorenzo. Elena contrajo matrimonio con Gregorio Santos Sepúlveda, hermano de don Refugio. Luz con Alfredo Morales Orozco, miembro también de otra familia de prosapia atotonilquense. Angelina fue miembro de la orden de Carmelitas Descalzas que fundara en Atotonilco la venerable madre María Luisa de la Peña Navarro después de quedar viuda del Dr. don Pascual Rojas, quien creó con su apellido otra marca de vino de naranja. La madre Luisita actualmente está en  proceso de beatificación. Hermila Fonseca Navarro, así mismo parte de una  familia también muy conocida de nuestro pueblo, quedó viuda por segunda ocasión del torero y empresario Eduardo Solórzano, que fue dueño de la hacienda de Huáscato.     
De la Sra. Isaura y Rafael Esqueda fueron sus hijos: Rafael que murió soltero joven; Margarita esposa de Maurilio Franco González, los dos ya fallecidos; él era primo hermano de mi madre; Vicente, quien hasta su fallecimiento radicó en Guadalajara, dedicado a la venta de joyería; Aurora fue esposa de Jacinto Angulo de San José de Gracia, también ya extintos; Carmen, esposa de Cléofas Navarro, fallecidos ambos, él era dueño de una de las cantinas más antiguas de Atotonilco: La Reyna Xóchitl  en la esquina de Colón y  Nicolás Bravo. 
La familia Valle Núñez de don Francisco y doña Esperanza, fue numerosa también, llegando a mayores el Ing. Francisco Javier, que casó con Adelina Pérez Bouquet, de Guadalajara, que ya falleció; Raquel, fue esposa de Alfredo Sepúlveda Navarro, los dos ya faltaron. En tercer lugar Armando que se fue a radicar a Pénjamo, Gto. en donde casó con  Martha Ortiz. Esperanza, la Chata, se desposó con el Sr. Moisés Palacios Domínguez, originario de Veracruz, ex alto funcionario de la conocida empresa nacional Fábrica de Jabón La Corona. La Srta. Arcelia, reconocida y popular promotora social y cultural de Atotonilco, donde radica. Bertha, viuda del entrañable amigo Gabriel Escobar Muñoz, que fue representante hasta su jubilación, de la Cía. Cigarrera La Moderna. Finalmente Yolanda, la gentil señora Yoli, viuda de otro sin par amigo José de Jesús "Pepe" Castellanos Flores, hermano de Nacho, Osvaldo y Raquel, de cuya familia también tenemos intención de escribir.
El Ing. Javier fue por muchos años funcionario público estatal en el área de caminos, donde fungió como Director de Infraestructura Carretera. Armando su hermano antes de emigrar a Pénjamo tuvo una tienda de ropa y calzado frente a la plaza por la calle Hidalgo.  De los hijos de Raquel y Alfredo, el abogado Carlos Alfredo fue Magistrado del gobierno estatal y el ingeniero químico Héctor, técnico de "La Corona". La familia del Sr. Palacios tiene relación profesional con la empresa Televisa.   
Don Manuel Valle Valle, fue el encargado de bodegas y envíos de la producción naranjera de la casa Valle, básicamente a través del ferrocarril hacia el país y los Estados Unidos. El medio principal era el ramal Ocotlán Atotonilco que se había planeado para extenderse hacia Los Altos pero que como tantos proyectos en el país quedó paralizado. La popular "guayaba" como se le llamaba a este tren fue factor importantísimo para el desarrollo del municipio.
De la primera esposa de don Manuel, María de Jesús, su hija María del Socorro, fue cónyuge de Manuel Rojo Fonseca, ambos ya fallecidos. Con la Sra. Rosa María fueron: María Ninfa que es religiosa de las carmelitas descalzas en Chapala, Jal.  Manuel que casó con Ma. Guadalupe Cruz González, también ya fallecidos; de Ma. Trinidad, su esposo José Sánchez Gazcón fue encargado del rastro, fallecidos.  María de Jesús, viuda de José Salas García, se radicó con sus hijos en los Estados Unidos; María Guadalupe se casó con Benigno Trujillo González al quedar éste viudo de su hermana Ma. Concepción, fallecidos; Rosa María se casó con Enrique Romero, que fue muchos años Jefe de Tránsito en Atotonilco; Rafael, trabajamos juntos  en 1951 en la empresa Valle  en lo de la preparación de pepinillos para la empresa Clemente Jacques, su viuda Delfina Reynoso González se quedó en Guadalajara con sus hijos. Da término a la descendencia de don Manuel,  Ma. Concepción, de quien ya hablamos.
De la Sra. Mercedes y don Jesús Dueñas, hombre bastante culto que conocí ya retirado de sus actividades, fueron sus hijos: Ma. Guadalupe, que fue esposa de Rafael Becerra también ya fallecido, quien con el negocio familiar de fabricación de muebles se fue con varios de sus hermanos a Zamora, Mich., donde me tocó convivir con ellos como funcionario de Banamex; Justa, extinta, Benjamín, casado, se radicó en Atotonilco, y María de Jesús, religiosa también de las carmelitas descalzas, estuvo destinada en Lagos de Moreno.
Cuando a principios del recién pasado siglo llegaron a Atotonilco las dos familias de primos hermanos Valle Valle, en lo que fue su sede comercial permanente: Portal Florencio Luna o Portal de los Valle,  en Andrés Terán frente al mercado, que ahora es el Hotel Portal del Vergel de la Sra. Elba Hernández Gutiérrez, don Lorenzo estableció en el domicilio una importante empresa abarrotera. Al lado hubo también una tienda del Sr. Donaciano, la cual todavía ví en los cuarentas. Luego en lugar de la abarrotera don Lorenzo, don Francisco su primo hermano y la  Srta. Josefina, su hermana, fundaron la casa Lorenzo V. Valle y Cía. que fue gran impulsora, como ya se dijo, de la industria naranjera atotonilquense, contribuyendo mucho a su  fama nacional e internacional.  La empresa manejaba huertas propias y fruta de un buen número de productores citrícolas independientes. El número de familias que directa o indirectamente dependían de la casa Valle era muy importante, así como los productos e insumos que empleaban en sus actividades.   
Hubo otras familias Valle en Atotonilco, igualmente emigradas del rumbo de San José de la Unión, seguramente parientes en algún grado de los señores Valle mencionados. Don Pedro Valle Navarro fue un relevante presidente municipal atotonilquense cuyas obras en favor del pueblo todavía se admiran. Ocupó el puesto varias veces en los treintas y cuarentas; en 1945, cuando llegamos a Atotonilco, lo recuerdo en dicho cargo. En primer matrimonio con la Sra. María Guadalupe Macedo, fallecida en 1934, hubo seis hijos, cuatro hombre y dos mujeres, entre ellos el Ing. Luis, el Dr. José, que emigró a Zapopan y Pedro, fue esposo de  Virginia Razo Reyes. Él fue el primer encargado del Teatro Cine Atotonilco propiedad de don Margarito Ramírez, a partir de su inauguración en 1945 y luego propietario de una imprenta, negocio en el que continúan por separado dos de sus hijos. La señora Virginia era hermana de Alberto, Rosendo, José Guadalupe, Lucila y Amelia, esta última esposa de Francisco Hernández Aceves, conocido industrial y comerciante en el ramo mueblero y de electrodomésticos.
De la segunda esposa del Sr. Valle Navarro, doña Rafaela Navarro Ruiz, fueron dos  hijas: Francisca "Pachis" viuda de Carlos de Alba Hermosillo, también destacado presidente municipal y empresario de Atotonilco, cuyos negocios, como la Forrajera Atotonilco, siguen manejando sus hijos, y María Dolores casada con Salvador Aguilar.
Doña Herlinda Valle fue cónyuge de don Celso Cerda y Socorro su hija, viuda de Enrique Fonseca Navarro radica en Guadalajara al igual que sus hermanos Celso, Severo, Rafael y el médico Miguel esposo de mi prima Reyna de la Torre Abarca. Don Juan Valle Tiscareño tuvo como esposa a María Luisa Navarro Ruiz, hermana de doña Rafaela ya mencionada. Don Juan era primo de doña Herlinda Valle y su mamá la señora María Tiscareño era originaria del rancho San Joaquín municipio atotonilquense del mismo rumbo de San José de la Unión. Sus hijos son Ma. Socorro esposa de David Verduzco, viven en Guadalajara; José Merced, esposo de María Eugenia González de Anda; Juan Manuel, radicado en la ciudad de México con negocio propio de químicos; José Luis; Gloria María que fue  soltera, Juan José, Carlos y al final José de Jesús, que también vive en la capital tapatía.        
Agradezco mucho la aportación de datos para este trabajo a Hugo Vázquez Valle, a la Srta. Arcelia y a su hermano el Ing. Francisco Javier Valle Núñez.

LA FAMILIA CÓRDOVA IBARRA

El doctor don Ignacio Córdova Quintanilla, fue uno de los médicos cirujanos muy conocidos y de larga trayectoria profesional en Atotonilco. Varias de sus intervenciones quirúrgicas fueron notables por la habilidad extraordinaria con que las realizó, mayormente ante las circunstancias médicas desfavorables de la época. Un caso  fue el de don Pancho "El Cargador", conocido y folklórico personaje atotonilquense que el doctor Nacho, mediante una operación abdominal que en mucho tuvo visos de increíble por como en una riña por el rumbo de la estación del ferrocarril llegó al consultorio literalmente destazado. Dicho señor vivió sano y fuerte hasta  edad avanzada, manejando con su esposa doña María una cantina muy conocida  enfrente del costado sur del Mercado Hidalgo, en lo que ahora se llama calle Álvaro Obregón, a un lado del actual negocio de frutas y legumbres del Sr. Ignacio Ontiveros.   
Erróneamente se ha creído que el doctor Córdova Quintanilla era originario de Jesús María, Jal. donde radican algunos de sus parientes. En realidad su cuna fue Atotonilco junto con varias generaciones precedentes, según testimonio de su hijo Salvador. Su esposa la señora Ernestina Ibarra Montoya si era de otro lugar: Jocotepec en las riveras del Lago de Chapala. El matrimonio Córdova Ibarra procreó una numerosa familia a la que a todos y cada uno proporcionó carreras profesionales, con base en instrucción primaria oficial. Los hombres salieron de la escuela Urbana Foránea No.15 Benito Juárez que alojaba entonces el inmueble que ahora da lugar al plantel para niñas Ávila Camacho por la calle de Madero, del eje Juárez a López Cotilla o Jardín Hidalgo.
Los hermanos Córdova Ibarra fueron trece, diez hombres y tres mujeres, además de dos varones que fallecieron infantes. De mayor a menor los miembros de esta destacada familia fueron: Ernestina, casada con el Sr. Ricardo Vázquez Palacios, funcionario de una de las principales empresas cigarreras del país. Ignacio (qepd), Contador Público, que vivió mucho tiempo en Mazatlán y trabajó en la Cervecería del Pacífico, empresa que ahora forma parte del Grupo Cervecero Modelo, uno de los principales a nivel mundial. Cruz, Odontólogo, que contrajo matrimonio con Arcelia Flores, quien fue Reyna de las Fiestas Patrias. Guillermo (qepd), muy acreditado, popular y estimado Médico Cirujano, benefactor del pueblo; su viuda es la Sra. Refugio Navarro de la Peña, radica en Guadalajara.  
Vicente, quinto en el orden, Ingeniero Civil, actualmente jubilado de Petróleos Mexicanos, en donde desempeñó cargos en Coatepec y Poza Rica, Ver., Tampico, Tamps., y el Distrito Federal; su esposa es la Sra. Graciela Rayas, de Guadalajara. Javier (qepd), Contador Público y Auditor, se  dedicó a la docencia en Mazatlán ocupando puestos de rectoría. Urbano, también Odontólogo, que a la fecha radica en San Francisco de Asís; su esposa es la señora María de Jesús Páez, originaria de Mazatlán, Sin. Ernesto (qepd), con quien fui condiscípulo en la primaria, Médico Cirujano Partero. Desempeñó varios cargos públicos relacionados con su especialidad en Puerto Vallarta, Arandas y Chapala. Su esposa: Sra. Alicia López Márquez es originaria de Arandas.
El noveno en la dinastía es Luis Arturo, Fray Daniel dentro de la importante orden religiosa internacional de San Francisco de Asís, de la que fue Provincial General en México con residencia en Zapopan. Ocupa actualmente un elevado cargo en Córcega, Italia en esta orden. Arcelia, Contadora, fuimos compañeros de trabajo en Banamex; ocupó la dirección del DIF en varios gobiernos municipales y su presidencia en el período de su esposo el  Lic. Jorge Gómez Aceves. Huberto Antonio, Contador Público y Licenciado en Administración de Empresas, jubilado de la Universidad de Guadalajara; maneja un bufete profesional en la capital tapatía; su esposa es la Sra. Rosalinda García.
Salvador, Abogado, ha desempeñado una amplia nómina de cargos en el sector público. Presidente Municipal de Atotonilco; Jefe del Ministerio Público en Autlán, Ocotlán, Atotonilco y Zapopan; Jefe del Departamento de Impuestos de Contribuyentes Mayores, Subdirector de la Academia de Policía, Jefe de Licencias Municipales y Administrador de Mercados en Guadalajara; Subprocurador Fiscal en el gobierno del Lic. Carlos Rivera Aceves, y algunas otras encomiendas oficiales; su esposa, atotonilquense, es la Sra. Martha Elena González Curiel. El último vástago de la familia es la Sra. Martha, Contadora también, esposa del Arq. Juan Chiu de la Cruz, quien  realiza su profesión en el Distrito Federal y es contratista del IMSS. 

CHUPATINTAS 3

Con un poco más de un año como subgerente en Zamora, Mich., a donde había llegado después de diez meses como contador en Tepic, Nay., a mediados de 1966 se le ocurrió, como en Atotonilco,  meter otra vez la cola al diablo en mi carrera en el banco. Al nombrar BNM gerente de Guadalajara al Sr. Adolfo Sánchez Medal, este fue a pedirle a don Claudio Pita Hurtado, mi gerente y su paisano, que me “prestara” para subgerente en su nuevo cargo, dados mis conocimientos de la plaza.
El señor Pita se opuso pero dejó a mi elección aceptar. Don Manuel Moreno Guevara, gerente regional, con la voz de trueno que compensaba su poca estatura física, me solicitó que aceptara la propuesta de su amigo Fito, ya que, decía, ser subgerente en Guadalajara era como gerente en  muchos lugares; que me aseguraba iba a ser sólo por seis meses. Al mismo tiempo intervino otro factor en la petición; la sugerencia de Fernando Veytia Jr., que en Tepic me encargué de llevarlo de la mano en su plan de entrenamiento mixto, por encargo de mi gerente don Gilberto Sarmiento Maldonado. Lo había conocido antes en Atotonilco un día que llegó con unos amigos a la sucursal a ordenar algunos servicios personales al amparo de papi subdirector BNM, quien llamó luego desaprobando su actitud. Como uña y mugre de don Adolfo, logró que éste lo nombrara subgerente después de Alfredo Bué Vázquez, y yo quedé injustamente como tercer subgerente.  
Dos años ocho meses después ¡Cuáles seis meses! Pasé por fin como  gerente a Zacapu, Mich., logrando gracias a Dios, una actuación no solo distinguida, sino extraordinaria, como doy cuenta en otra entrega. Les entregué mi puesto a Enrique Pérez Maestre y a José Quiroz Jr. Afronté en este forzado largo cargo, aparte del incumplimiento de don Adolfo y don Manuel, recargas de trabajo que el primero me encomendaba, varias por sugerencia de Veytia y algunos funcionarios foráneos, principalmente del Distrito Federal, como Fernando Garza Lira y Manuel Ibarra Ballesteros, con quienes mutuamente no éramos santos de devoción alguna, y sí de ellos un grupito de incondicionales realmente mediocres, que habían formado. En son de chunga me decía el Sr. Garza Lira gerentito en potencia, sin tomar en serio mi trayecto en BNM.        
Éste había consistido de siete años en Atotonilco donde empecé en junio de 1954, que deberían haber sido mucho menos. Se me negó por ejemplo irme de ayudante de contador a La Paz B.C. en septiembre de 1955. Luego le di varias vueltas a los departamentos, sin poder ocupar el puesto de volante que ocupaba el mismo compañero desde que ingresé a la institución; además suplí al contador por vacaciones, e hice prácticamente de todo por afán de ayudar y saber, como menciono en el relato que inició esta serie.
El escalafón y la miopía o conveniencia de tres gerentes sucesivos, no obstante aparentar lo contrario, me mantuvieron más de cinco años en espera, hasta que a propuesta e insistencia del Sr. Roberto de la Rosa Nuño, a petición de Rafael Ezqueda Garibay, gerente en turno que desde su llegada a Atotonilco me brindó total apoyo, salí con destino a la sucursal Guadalajara a desempeñar un cargo muy diferente. Pasé en mayo 15 de 1961 propuesto para ocupar el cargo de investigador en la calle, en el departamento de análisis de crédito de la sucursal Guadalajara que abarcaba más allá de su jurisdicción, al no haber todavía gerencia regional.
Don Amador Murguía Blancarte, mi gerente, en su lugar me confió la jefatura del citado departamento y ademas algunos asuntos que realizaban los subgerentes Joaquín Ruiz Fernández y Alfredo Bué Vázquez y luego Miguel Belmán Torres sustituyendo al primero. En este lapso, sucedieron cosas muy importantes, incluso dolorosas, de las que doy cuenta en Banamex Guadalajara Uno)
En Tepic, me había tocado trabajar muy intensamente con otro magnífico gerente, muy duro por cierto, que fue don Gilberto Sarmiento Maldonado, quien ya conocía mi carrera en BNM. Me ocupé ahí a su petición, aparte de las labores de contador, en  gran parte de las del subgerente Francisco Loera Carrillo, promovido al puesto desde la contaduría, principalmente elaborando los estudios de crédito y enseñándole a hacerlos, aunque no fue mucho lo que aprendió.
En la capital nayarita tuve varios incidentes que caen en el tema tratado; me ocupo de los siguientes:
Plasencia Motors de Nayarit le situaba cada viernes una cuantiosa orden de abono a la oficina regional de Ford en Mazatlán, Sin., que transmitía por teléfono al contador en dicha plaza, mediante el libro de firmas y contraseñas que entonces se usaba. Al tramitar este tipo de servicios, adicionalmente registraba los datos personales del receptor, la hora exacta del telefonema y algún dato anecdótico distintivo adicional. Un día el Sr. Enrique García Pérez, gerente de Mazatlán, reclamó en tono totalmente altanero y fuera de lugar una orden de un  mes atrás no recibida, pidiéndole al Sr. Sarmiento sin más que me corriera al instante. Al defender mi cabal y correcto proceso de transmisión, ante el jaloneo tan largo y agresivo, tuve que tomar el teléfono y hacer que su contador al fin confesara que había omitido dar curso a la operación.        
A invitación de Ramón Nuño Vázquez, cajero principal, anquilosado en el puesto en la sucursal, como no era raro sucediera en otros cajeros en más de una sucursal, asistí a unos días de mi llegada, a un festín de cumpleaños en el que la cliente y sus hijas nos atendían. A algunos de los concurrentes les disgustó el trato que me daban, principalmente porque era de Jalisco, por mi manera formal de vestir y azorarlos como tomador de tequila. Me echaron el caballo encima. Las cosas no pasaron a mayores, pero mi acompañante, antes que nada, puso pies en polvorosa. Al día siguiente al no poder explicarme su deserción, sólo se extrañaba que no me hubiera pasado nada.
En Zamora otro señorón de la gerencia como lo fue don Claudio Pita Hurtado, me recibió con los brazos abiertos, confiándome prácticamente la sucursal. Él también tenía información de mi paso por el banco y me propuso en su momento para ocupar la gerencia inicial de Sahuayo, Mich. Aquí hubo también varias tareas y sucesos fuera de lo común. Como un plan de financiamiento agrícola para el cultivo de la fresa a pequeños ejidatarios, que en combinación con la empresa Heinz Alimentos llevamos a cabo, cuya operación de mucho trabajo, como en varios otros casos, don Claudio dejó a mi decisión aceptarle o no a la dirección del banco. El resultado fue muy bueno, pero en el ciclo siguiente se suspendió por mi traslado a la 110. También desarrollé aquí una personal campaña de ahorros básicamente en las escuelas primarias, con la que obtuve el Campeonato Olímpico por número de cuentas.
Por las cargas de trabajo y la consecuente cantidad de firmas y autorizaciones que me correspondían, decidí utilizar para todo tinta sepia de una marca especial, que no era común. Así, resultó que un día un cuentahabiente de ahorros le reclamó a la sucursal un falso retiro de $25,000.00, de 1965, que obvio caía bajo mis atribuciones. Al comprobar en el paquete de comprobantes que mi inicial, por cierto muy bien imitada, se había hecho con tinta azul. Después del jaloneo respectivo, al jefe de ahorros, no le quedó otra opción más que confesar su delito y ratificarlo al Sr. Pita.    
 

CHUPATINTAS 2

Después de ocupar dos o tres veces, volanteando, los diversos departamentos de servicio en la sucursal Atotonilco, Núm. 201, excepto oficialmente el de volante que ocupaba, por rutina o escalafón, José Silva Carranza desde que yo había ingresado al banco en junio de 1954; incluso suplido a principios de 1961 por vacaciones al contador Jesús Solís Cervantes, donde entre otras cosillas encontré una cajita chica particular dentro de la oficial de la sucursal. 
Además, me trasladé en los días feriados de las semanas santas de este último año y el de 1960 a la sucursal Santa Mónica Guadalajara, a petición del titular Salvador Dávalos Gutiérrez “Don Susanito”, ex gerente de Atotonilco, que había sucedido a Antonio Billión Vidal y entregado a su paisano guanajuatense Rafael Esqueda Garibay; para encontrar en el primero unas diferencias en los registros de cobranza, con motivo de la salida del cajero principal Vicente González Gollaz, a quien BNM había despedido por participar en un mitin político panista de su hermano Ignacio, a fin de que el nuevo cajero Trinidad García recibiera de conformidad lo correspondiente a documentos en custodia; y en 1961 para identificar un fraude de $22,000.00 (pero de 1961), que el Sr. García tenía en el arqueo de caja correspondiente. 
En los registros de cobranza Santa Mónica usaba, entre otras, una máquina de escribir que imprimía puntitos, que marcaba mal el No. 5 que se confundía con el 3. Yo conocía la falla en Atotonilco por el volumen de documentos que nos enviaban de Albarrán Goodyear Oxo con dicha máquina. Así, la diferencia de múltiplos de dos que se captaba al tabular, se definió confrontando el registro 1, original, contra el 2 como primera y mejor copia al carbón; me regresé a mi casa al utilizar sólo dos de los cuatro días santos feriados.  
El desfalco, que fue un poco mayor de los $22,000.00, lo encontramos pesando una muestra recontada de cada denominación de la gran cantidad de bolsas de morralla que manejaba la sucursal por el comercio intenso del mercado Corona y su zona. Básicamente se localizó en las bolsas de  1,000 monedas de $1.00 “Morelos” que se habían aprobado a bulto, tampoco en esta ocasión se necesitaron todos los días feriados. 
El Sr. Esqueda ex auditor, junto con el Sr. Roberto de la Rosa Nuño, también ex auditor, a quien conocía por sus visitas a Atotonilco, a la llegada del primero vieron en serio la forma  de sacarme de la 201, a diferencia de los Sres. Billión y Dávalos. Me decían que podía ocupar una contaduría o sub contaduría regular y hasta una sub gerencia, si el inequitativo procedimiento de escalafón no lo impedía. 
El Sr. De la Rosa me ofreció al fin la plaza de investigador de crédito en campo en el Departamento de Análisis de Crédito de la sucursal Guadalajara, 110, muy diferente a lo esperado. Iba a suplir a José Guadalupe García Ochoa. Lo acepté como reto y oportunidad, ya que en mi sucursal había participado mucho apoyando las operaciones de la gerencia. A mi pregunta de si con $1,175.00 podría vivir una vez casado en Guadalajara, me contestó que Guadalupe con dicha suma mensual mantenía a su esposa y sus tres hijos. Yo estaba ganando en Atotonilco $775.00. 
Así, el 15 de mayo de 1961 llegué a la 110, donde sólo había además las sucursales Santa Mónica ya mencionada, 214, e Independencia, 215. Estábamos en el local provisional en frente del edificio propio BNM en Juárez y Corona, que duró mucho en reconstruirse. El gerente era el Sr. Amador Murguía Blancarte y los sub gerentes Joaquín Ruiz Fernández,  y Alfredo Bué Vázquez. El jefe del departamento al que yo iba era Juan Ramírez.
No desempeñé un solo día el cargo. Don Amador le dio instrucciones a Juan que me enseñara sus labores y además me encomendó algunos asuntos de la gerencia que normalmente realizaba Juan o los sub gerentes. Se me asignó un sueldo de $1,625.00, más del doble del de la 201. Joaquín Ruiz era quien validaba mayormente los estudios de crédito que se procesaban. Estos eran numerosos tomando en cuenta que no había todavía gerencia regional. A él lo había conocido en la 201, durante la visita de gerencia que le había hecho durante su interinato al Sr. Mendoza Casasa, que al oír yo que éste desconocía casi a todos  los clientes, metí mi cuchara para elaborar de memoria con ambos un listado completo hasta con sus respectivos teléfonos.
Al término de la primera semana de trabajo en mancuerna con Juan Ramírez, a quien por cierto se le tenía muy bien calificado en su labor, le pedí que me dejara hacer un estudio. Tal vez intencionalmente me asignó el de la empresa Distribuidora Dyna de Máquinas de Coser, que manejaba un Sr. don Pedro de origen alemán, de la cartera de clientes del Sr. Ruiz, dedicada a la venta en abonos de sus productos, al modo de nuestro futuro renglón de créditos para la Adquisición de Bienes de Consumo Duradero (ABCD).
Observé que en el estado de pérdidas y ganancias, se reportaba, a diferencia de lo acostumbrado, como ventas netas el importe de lo cobrado, después, obvio, de las devoluciones y pagarés impagados. Platiqué con Juan al respecto y coincidimos con el procedimiento del cliente; pues éste era apegado a la realidad del tipo de empresa, porque de la manera tradicional se inflarían ficticiamente sus ventas. Nada más esperaría que el Sr. Ruiz me llamara para presentarle el trabajo consensado con Juan.
Me llamó como una semana después. Al llegar al tema de los resultados y ver que faltaba la línea de devoluciones sobre ventas, me dijo, con el terrible carácter que se cargaba, golpeando como energúmeno su escritorio, que qué pendejadas eran esas. Al explicarle que así estaba estructurado el estado financiero del cliente y que lo podíamos discutir, término que le pareció fuera de lugar, espetándome sin más que quien era yo para discutir con él, que me largara a mi escritorio y que iba a ver si me regresaba a mi pueblo.
Juan Ramírez, malamente, o le dio la razón o cuando mucho fue neutral. Permanecí en mi escritorio como el perrito que se comió el jabón. JRF llamó al cliente, que yo daba casi por hecho que hasta modificaría el balance para darle gusto y que a mí me llevaría el tren. Inició manoteándole al cliente, quien negaba pacientemente y le daba explicaciones y luego se retiró. El frenético jefe, sin explicación ni disculpa alguna, me llamó a su escritorio para decirme lacónica y secamente, usted tiene la razón váyase a trabajar.              
Después le llegó el turno al reconocimiento y las disculpas de diferentes maneras a este siempre controvertido, pero a la vez experto funcionario del banco. Como cuando, después de abrir la sucursal Vallarta supliéndolo en la sub gerencia Miguel Belmán Torres, quien no obstante había ya sido gerente en Ocotlán o La Barca, equivocadamente me felicitó el día de un San Felipe del santoral que no era el mío y le contesté con cierta aspereza, todavía estaba muy dolido, que ese no era mi onomástico.
Como gerente en Independencia y él como subgerente regional, inició conmigo su rol de visitas de gerencia con resultados muy amigables. Esto sucedió  después de participar con él, don Adolfo Sánchez y otros cinco funcionarios menores de la dirección, entre ellos David López Ajexandre, como viles montoneros, a fin de darles respuesta en mi cabal defensa, al rosario de quejas que les presentó Adalberto Carbajal Herrera, al no poder éste con la gerencia de Zacapu, Mich., que le había entregado; disquisición maratónica de la que, por aquello de que las palabras se las lleva el viento, se las puse además por escrito (ver Banamex Guadalajara 3 Independencia) 
En algunas ocasiones me invitó a pasear por el centro de la ciudad, en que, entre otras cosas, visitábamos librerías. Después de que salió de BNM y de su malhadado paso en el Banco Industrial de Jalisco, ya retirado en casa y haber soportado varias embolias, lo visité en dos o tres ocasiones en su domicilio de la calle Bismarck, a un costado del centro financiero Justo Sierra Banamex. En una de estas visitas le obsequié los dos tomos iniciales de la zaga de Jean M. Auel Los hijos de la tierra, El clan del oso cavernario y El valle de los caballos.   

 

CHUPATINTAS 1

Al ingresar a Banamex en Atotonilco, allá por principios de junio de 1954, a invitación persistente del gerente don Urbano Díaz Aguirre, no quise ser el tradicional empleado bancario conformista, como se decía.    
El Dr. José Guzmán Martínez, que le tenía muy buena voluntad a nuestra familia desde que llegamos a la ciudad en enero de 1945, me comentó:
-Te la vas a pasar bien en el banco, buen sueldo, aunque no de aquello; con aumentos de ley cada dos años, y de puesto o escalafón, dando por hecho que vas a ser un  empleado destacado porque te conozco, cuando el jefe quiera. Tendrás también buena posición social.  
Así que de inmediato, me dediqué con singular devoción a aprender a fondo, de manera analítica, lo más y mejor posible mi trabajo, y colaborar con el de los demás.
En todo tipo de empresas donde hay varios trabajadores, siempre ha habido jefes y compañeros de distintos caracteres. Entre ellos, algunos autoritarios, negativos y hasta ineptos; sin faltar uno que otro, digamos, más papista que el papa. Entorpecen el trabajo de los demás, afectando los objetivos del patrón. Su autoridad es caprichosa las más de las veces; el complejo de superioridad y sus limitaciones son más graves cuando comparece la ignorancia, y aún peor, la envidia y la venganza.  
En este artículo relaciono algunos casos de los muchos que me ha tocado experimentar con este tipo de personas. Expondré otros aparte. 
En el manual del banco, que solicité a mi ingreso al contador Enrique Moncada Hernández, con quien debo decir que al igual que los demás compañeros de la sucursal en Atotonilco, me llevaba muy bien, vi que en el catálogo de formas había una de asiento contable compuesto, que no se estaba utilizando y que incluso había existencia en el almacén de papelería. Era  para el pago sin aviso de giros expedidos por sucursales y bancos asociados, que duplicábamos elaborando dos asientos simples, uno al pagar al beneficiario y el otro al recibir la iniciativa o aviso correspondiente.     
Al aclararle muy ufano a mi jefe administrativo, reconozco que inconscientemente un poco vanidoso, el error que se estaba cometiendo, me espetó sin razonamiento alguno:
-Aquí las cosas se hacen y se seguirán haciendo igual y -tronándome ruidosamente los dedos- si no estás de acuerdo, ahí está la calle. El sopapo a mi buena acción e intención, tan gratuito e inesperado, me dolió bastante, pero lo tomé con la mejor filosofía.
Poco más de un año después, en septiembre de 1955, el Sr. Díaz Aguirre quiso llevarme como ayudante de contador, a su nueva gerencia en la sucursal La Paz, B.C. (número 9 en la fusión que Banamex llevó a cabo del Banco del Pacífico), pero Antonio Billión Vidal el gerente entrante, de carácter muy irascible, se opuso rotundamente con el pretexto de que todavía no me tocaba por falta de antigüedad, o sea, el nefasto escalafón, y porqué según él, estaba muy verde todavía, cuando le constaba lo contrario, por lo que ya había visto de mi trabajo. En realidad no quería prescindir de mí, porque desde su llegada le ayudaba en varias cosas que desconocía de la clientela.      
La razón por la que había aceptado ingresar al banco en 1954, después de rechazar muchas veces la invitación, fue la siguiente.
En septiembre de 1951, tres meses después de salir de la primaria en junio, y de los tres meses intermedios en un trabajo eventual pero muy interesante, que sólo iba a ser por uno, entré en el establecimiento La Colmena, ubicado en la calle 16 de Septiembre frente al mercado municipal Miguel Hidalgo, conocido negocio mayorista y menudista de diversos ramos, como  abarrotes, semillas y varios otros, el cual unos meses después ya estaba manejando como encargado.
Luego casi tres años después, un miércoles de la primera semana del citado junio de 1954, en una visita de la esposa de mi patrón con sus tres hijos pequeños, la Sra. Teres Aceves, a éstos les dio por jugar guerritas con el azúcar, la sal y otros productos que se vendían a granel en cajones de madera, adosados al mostrador, haciendo el tiradero y revoltijo correspondientes.
Como responsable del negocio, tuve que llamarles la atención, cosa que a su mamá no le pareció, diciéndome que eran más bravos los tenejales que la cal. No le contesté nada. Al rato como era la hora de cerrar para comer, se retiraron, no sin antes pedirme la señora dinero para algunos gastos.
Casi abriendo, un poco después de las cuatro de la tarde, llegó a la tienda el gerente rumbo al banco, que quedaba a unos pasos, en la esquina de Prisciliano Sánchez. 
 -Entonces que, ya te vienes a trabajar con nosotros –me repitió la constante oferta, con su atiplada voz poblana de Atlixco, de donde había llegado a Atotonilco.
-Ahí nos vemos el lunes próximo, don Urbano.
-¿¡De veras!? Me da mucho gusto que al fin, después de gtres años, aceptes mi invitación.  
-Como le digo, ahí nos vemos el lunes. Espero cumplir con el trabajo.
-Eso lo doy por seguro, me siento muy satisfecho que me digas al fin que sí.  
Y fue así como entré a Banamex el lunes 8 de junio de 1954.
En la noche de ese miércoles, regresó mi patrón, el Sr. Cecilio Hernández Quiroz, como acostumbraba en esos días, procedente de Apatzingán, Michoacán, donde rentaba unas tierras para la siembra de melón chino (cantaloup), que era una de las diversificaciones del negocio que se le ocurrían, confiado en que, según me reiteraba cada vez, yo podía manejar muy bien el negocio, que muy pronto, decía, me iba a pasar.
Después que revisamos los asuntos correspondientes, le dije sin más, que sólo trabajaría el resto de la semana porque el lunes me presentaría en el banco. Como reacción nerviosa se atragantó con el cigarrillo que traía siempre en la boca,  y una vez medio repuesto,  después que le froté la espalda, me dijo:
-¿Por qué te vas, cuánto te van a pagar, te pago el doble, qué pasó?
-No pasó nada, ni sé lo que voy a ganar, –para nada le mencioné la regañada injusta de su esposa- ya me comprometí con el Sr. Díaz.
El negocio quebró tres o cuatro meses después. 
En 1972, en mi gerencia de la sucursal Independencia en Guadalajara, llegó don Urbano, como Visitador de Gerencia de la Dirección del Banco, a pasarme visita, pero al encontrarme ahí, pidió evitar la inspección y pasar a otra sucursal, informando que no iba a encontrar cosas sustanciales que reportar.
El Sr. Billión Vidal, había llegado a Atotonilco en 1955 procedente de Ciudad Juárez, después de haber vivido un asalto muy sonado la sucursal. Recibió la gerencia de un interinato por tres meses del Sr. Carlos Mendoza Casasa, por la urgencia de la salida del Sr. Díaz. Su situación sicológica en un ambiente social fácil, conservador y relativamente tranquilo, pero muy dado a celebraciones y pachangas, por algunas actividades sociales no muy ortodoxas, el banco lo trasladó a una subgerencia en la ciudad de México, creo que a la sucursal Polanco.
En una de las dos o tres veces que en siete años salí de vacaciones en mi etapa de Atotonilco, aproveché para visitarlo. Se mostró muy condescendiente, ofreciéndome para empezar la sub contaduría, que estaba acéfala, asegurándome que pronto ascendería a otros puestos. Rechacé la oferta, porque deduje que él no tenía poder de decisión, y el ambiente laboral no era muy sano, y lo principal, no me gustaba el D.F. para trabajar.     
 

BANAMEX ZACAPU

En la primera gerencia que me concedió el banco, Zacapu, Mich., después de indicarme don   Adolfo Sánchez Medal, director de la ya División Occidente, que ahí no podría mejorar la supremacía indiscutible de Banamex ante los demás bancos de 72% de penetración general, y que mi tarea era conservar dicha posición, secundándolo oficiosamente Erik Palacios Villa, que se autonombraba como el mejor gerente que hubiera tenido y tendría esta sucursal, y yo de ofrecer repetidamente que a ver qué más podría hacer, y que a fin de cuentas, pude hacer bastante, entregándola en septiembre de 1970, con sólo un año nueve meses de gestión, en más del 80%, para hacerme cargo luego de la gerencia de Independencia Guadalajara. 
Adalberto Carbajal Herrera, mi sucesor, quien como menciono en otro relato, no acababa de recibirme el puesto después de mes y medio de  estarle entregando, argumentando que era mucho paquete para él hacerle frente al cargo, después de echar abajo la sucursal, cometiendo una serie de errores y sacar provecho personal, salió a la postre por la puerta trasera del banco.  
Mi actuación en Zacapu fue laboriosa pero muy positiva y gratificante. La experiencia palmo a palmo y el aprendizaje a toda conciencia de quince años en Banamex, así como la obtenida antes en el comercio como encargado de la empresa mayorista de Atotonilco, y por qué no, la ayuda de conocimientos infantiles en el medio rural. Además, la plenitud de salud y adiestramiento, a mis treinta y tres años de edad, pintaban muy favorable el desarrollo de mi trabajo. 
Me ocupé de conocer inmediatamente mi jurisdicción, encontrando áreas y lugares importantes de negocio. Había mucho que hacer en agricultura y en ganadería, principalmente en porcicultura. Me correspondían los municipios de Puruándiro, en donde me tocó abrir sucursal, Panindícuaro, Villa Jiménez, Coeneo y Huaniqueo; con varias poblaciones intermedias como Cantabria, Naranja de Tapia, Tariacuri, Tarejero y Tiríndaro en Zacapu; Villachuato y Janamuato, en Puruándiro; Botello y Curimeo en Panindícuaro; Copándaro, Caurio y Huandacuca en Villa Jiménez; Comanja, Bellas Fuentes y La Cañada en Coeneo; Tendeparacua y Tecacho en Huaniqueo. También, aunque más cerca de La Piedad, atraje algunos negocios en San Francisco Angamacutiro. 
En porcicultura hubo un crecimiento extraordinario, sobre todo en pequeños y medianos productores, en que entre los primeros gran parte eran empleados del complejo industrial Celanese,  teniendo ahí aseguradas sus necesidades económicas, que les fortalecía su calidad de sujetos de crédito. Celanese Mexicana al tiempo sacó sus siete plantas de Zacapu y del resto del país por las demandas sindicales inoperables. En préstamos hipotecarios para vivienda, la plaza estaba en ceros; tramité varias operaciones hasta que las constructoras permanecieron en la plaza, y la dejé con 100% en el tema. Bancomer me demandó ante el Fogain (de Banxico) porque según su gerente, el ingeniero agrónomo encargado de la zona nomás me atendía a mí. Al leer la carta de queja, le contesté, pues que se pusieran a trabajar, contestándome que así les había contestado. 
¡Ah! No quiero dejar pasar por alto que en la primera semana de trabajo, se me presentó el Agente de Plaza, creo del Banco de Crédito Ejidal del sector oficial, por cierto primo hermano de uno de los miembros del mediocre grupo de lambiscones incondicionales que formó en la Dirección Administrativa de Guadalajara Fernando Garza Lira, informándome que en los créditos en su cartera de porcicultores que manejaba, varios eran con exceso premeditado y que por fuerza se irían a remate las garantías inmobiliarias, que tenía entre los ricos un grupo seguro de ponentes para los remates de sus fincas. De la indignación y asco que me provocó su proposición, atiné sólo a decirle que se había equivocado de candidato y que daba por terminada la plática.   
Así mismo supe que en un grupo de amigos, un arquitecto que había llegado a Zacapu con el auge de construcciones que el complejo Celanese provocaba, semblanteó que quería un crédito de Banamex y que cómo se congraciaría con el nuevo gerente, a lo que un cliente mueblero, quien después fue uno de mis cinco compadres, le respondió que si de veras  quería obtenerlo, se olvidara de presiones o chantajes de ese u otro tipo.  
Investigué concretando que en el cultivo del maíz de temporal de la sierra de la zona, jamás se había perdido una cosecha en más de sesenta años. El ciclo vegetativo es, por el clima más frío,  tres o cuatro semanas mayor y se siembra de humedad a mediados de abril. No se había habilitado antes por el banco ni por la banca oficial. Elaboré el estudio de factibilidad respectivo y don Paco Morales, nuevo director divisional BNM, que eventualmente visitaba unas amistades en Morelia, me autorizó el proyecto el quince o veinte de dicho mes, en lo que ahora se dice fast track, y al día siguiente di la primera ministración.
A los tres o cuatro días, me habló de la dirección el encargado de crédito y revisión de las operaciones reportadas en la posición diaria de las sucursales, que enviábamos por paquetería. Como clásico y recalcitrante chupatintas, me espetó hasta de lo que me iba a morir después que me corriera el banco. Que porqué lo había hecho sin ton ni son y que si esto o que lo otro. Con toda intención le contesté que porque era una buena operación para el banco, y al rebote de que no debía haberme tomado semejantes atribuciones, después de una media hora de aguantarlo, le dije que puesto que la llamada era por su cuenta, buscara en sus archivos la formalización del asunto; volvió al auricular en las mismas, y le tuve que informar de la autorización autógrafa de su jefe el Sr. Morales; todavía se tomó unos diez minutos para decirme muy contrito que no había problema.  
Por ahí a mediados de octubre del mismo 1969, me volvió a visitar don Paco. Tenía otro plan agrícola para acreditar el cultivo de la lenteja en los municipios de Coeneo y Huaniqueo. Siembra que tampoco había sido del interés bancario. Se tira la semilla en los meses de noviembre y diciembre, después de preparar las tierras por entanquinamiento o encharcamiento con bastante anticipación, con agua de las lluvias o de represas. En los dos municipios los señores Luis y Nicolás Lagunes García, dos hermanos comerciantes bastante honorables, compraban por medio de contratos al tiempo o en las cosechas mismas toda la producción al precio del mercado. 
En el país había otras dos o tres regiones lentejeras, y una de las más importantes, creo Querétaro, se perdió por helada yéndose el precio exactamente al doble de lo tomado en cuenta en el estudio: $3.20 por kilo en vez de $1.60. Algunos de los clientes por esto y otras cosas saludables en mi gestión, me llamaban san Felipe. 
Pero resultó con este plan lentejero, lo mismo con el cagatintas de la dirección, que estaba segurísimo que ahora sí había yo atropellado los lineamientos de la institución. Mi reacción inmediata fue que me dijera si era algo personal como lo del maíz; y alegamos igual un buen rato hasta que encontró la autorización de su jefe y sanseacabó.    
Como lo hice después en la sucursal Independencia, llegando revisé a fondo la cartera vencida de la sucursal, en especial la morosa y castigada más o menos recientemente, encontrando casos llevados a la primera sin razones suficientes y con varios defectos en la segunda. Muy afortunadamente logré reestructurar y/o cobrarla toda, para entregar al término de mi gestión en ceros estos renglones y también el de transitoria. 
Voy a mencionar sólo dos casos a este respecto. El del Sr. Carlos Aguirre Toledo,  correspondiente a un crédito refaccionario y de habilitación o avío para porcicultura. Al entrevistarme con él resultó que todo el crédito, por no habérselo explicado el banco, lo había empleado en instalaciones fijas, dejando de lado los insumos correspondientes (pasturas, vacunas, etc.) y obviamente no pudo hacer en su momento los pagos correspondiente al avío. Le hice la reestructuración correspondiente incrementando lo necesario el importe original  para que pudiera salir. Pagó con anticipación, enviándome a Independencia copia de su último pago y una carta de agradecimiento entrañable. 
El Sr. Humberto Reyes Cruz había manejado un floreciente negocio forrajero en un inmueble por la calle principal. Por la muerte violenta de sus dos hijos, se estresó de tal manera, que dejó caer su negocio a la mínima expresión. Al Sr. Antonio González Bañales, su compadre, dueño del principal autoservicio abarrotero, con quien desde mi llegada llevé muy buena relación, le propuse que puesto que él había hecho buenos negocios con el deudor, me pagara la cuenta, que realmente no representaba una suma muy elevada, máxime que le iba a cobrar sólo el capital, quitándole los intereses moratorios, y lo aceptó. El caso contribuyó al fortalecimiento de mi imagen como banquero. 
La clientela y la sociedad de Zacapu se distinguían claramente en dos sectores, el de los comerciantes y vecinos de siempre del lugar y el de los de Celanese que una parte vivía en casas enclavadas en el complejo y otra en viviendas principalmente de la colonia Moderna.  Yo me instalé en la casa que ocupaba mi antecesor Emiliano T. Espinoza Rochín en la citada colonia, propiedad de un ingeniero que había sido trasladado a otra ciudad. 
A los dos días de iniciado mi trabajo, el viernes 3 de enero de 1969, me invitaron a una reunión de bienvenida, mi luego compadre y vecino Antonio Zapién Paleo, el ingeniero de Celanese, también vecino, Jesús Garza Garza y el empresario de la ciudad Edilberto Pérez Valdez. Al inquirirme repetidamente qué licores quería que llevaran, casi se fueron de espaldas al mencionarles en vez de alguna marca de whisky o coñac acostumbradas, tequila  (ver el relato ¿Tequila?) 
Un abogado muy conocido del lugar, pero por cierto de procedimientos no muy ortodoxos, como lo menciono en otro relato, fue a reclamarme por qué no le pasaba la cobranza legal. Al contestarle que manejaba el asunto personalmente y por la vía amistosa, siendo muy raro que turnara jurídicamente algún caso, y que además él no era el abogado consultor contratado por el banco, le daba la oportunidad de que me dijera qué asunto le había pasado a éste, para returnárselo, quedándose así en paz.    
Como una semana después fueron tres comerciantes importantes del centro con el mismo objetivo, preguntándome primero si como los gerentes anteriores preferiría concurrir a invitaciones con la gente de la planta. Al expresarles que sólo no iría a donde no me invitaran, quedamos que los sábados comeríamos a orillas de la hermosa laguna zacapense, saliendo del banco (todavía este día se trabajaba) Así todos los sábados me invitaban una botella de Herradura blanco de litro, que, comiendo muy bien, una vez que la terminaba, seguía con la reunión sabatina nocturna con el grupo de matrimonios de la colonia. Esto puede parecer exagerado, y más si en la noche revolvía otros licores, pero no lo es, como tampoco que guardara siempre la compostura. A esta facultad se le denomina Atoxinia, que es el “presunto fenómeno parabiológico que permitiría a un dotado inmunizarse frente al suministro de cualquier agente químico tóxico” (véase el relato Atoxinia: Resistencia a los licores) 
Con varios clientes, en diferentes lugares de la jurisdicción, como en todos los lugares que me ha tocado estar, asistí a eventos similares, con la fortuna, gracias a Dios, de no tener              
que afrontar consecuencias negativas.

 

BANAMEX GUADALAJARA DOS

En abril de 1966 don Adolfo Sánchez Medal, que había sido nombrado gerente de la Sucursal Guadalajara (No.110) solicitó a la Dirección General que me nombraran subgerente en su equipo de trabajo, por la experiencia que me precedía en el conocimiento de la plaza y su entorno. Era coterráneo (Ario de Rosales, Mich.,) y compañero de fecha de ingreso al banco de don Claudio Pita Hurtado, mi gerente, magnífico gerente, en la sucursal Zamora (No.154) a donde había llegado como su subgerente a principios de 1964, procedente de la contaduría de Tepic Nay., (No. 133) donde con don Gilberto Sarmiento Maldonado había estado sólo nueve meses, desempeñando a su petición expresa,  prácticamente, además del mío, el cargo de subgerente oficioso de este también un experimentado gerente.  
Don Claudio entonces ya me había propuesto para ocupar la gerencia en la inminente apertura de la dependencia en Sahuayo, Mich., plaza con muy buenas expectativas. Coincidimos plenamente en la inconveniencia del puesto ofrecido en la 110. Fernando Veytia Jr., hijo de don Fernando Veytia de la Vega, Director Adjunto de la Dirección de Banamex, a quien aparte de haber conocido como junior abusivo en Atotonilco (No. 201) me había tocado, sin saber él prácticamente nada de la actividad bancaria, instruirlo en mi estancia en Tepic, en un plan de entrenamiento rápido para la rama de negocios del que quedó muy complacido. Como se le “metió en la niñas de los ojos” a don Adolfo, de inmediato le pidió que me jalara de apoyo, donde sagazmente lo convenció de otorgarle la segunda subgerencia, después de Alfredo Bué Vázquez, y a mí, discriminadamente, la tercera.
Don Manuel Moreno Guevara, Gerente Regional, entró al quite pidiéndome,  con su voz de trueno característica, que compensaba su baja estatura física, que ayudara a su amigo “Fito” y al banco aceptando el cambio, que fue mi segundo destino a Guadalajara, debido a la conveniencia que le representaban a don Adolfo mis conocimientos. Las subgerencias de esta sucursal, la más importante después de la Oficina Central en la ciudad de México (No.100) se equiparaban a una gerencia, pero no dejaban de ser colas de león y no cabezas de ratón, como en lo personal apreciaba la situación. Obviamente no estaba de acuerdo con el cambio.
Desde luego el Sr. Sánchez consultó a varios de los funcionarios del banco con quien había compartido responsabilidades. Insistió, como ya expresé, más por conveniencia propia y la de Veytia Jr., quien  lo que si había aprendido muy bien era no dejar de intrigar y saludar con sombrero ajeno en muchas cuestiones de trabajo. Con Don Adolfo, igual que en otras sucursales,  los tres subgerentes teníamos asignada una parte de la clientela y del territorio geográfico de la sucursal para promover clientes y servicios. Adicionalmente se me encomendó también la atención básica de Banca de Menudeo de la que más adelante hablo, y además otras funciones. Entre ellas gestionar la recuperación de un bloque de cartera vencida morosa correspondiente a la filial Financiadora de Ventas (FIVE), después Financiadora de Ventas Banamex, procedente de créditos directos con garantía colateral a empresas vendedoras de vehículos automotores. Algunos empresarios de este ramo, faltos de ética o solidez financiero administrativa, realizaban operaciones mal fundamentadas que traían por consecuencia serios problemas de cobro, con la complacencia y falta de aplicación y responsabilidad de funcionarios anteriores de la gerencia.  
Banamex había traído al país y luego lo siguieran algunos de los demás bancos, la trascendente llamada Banca de Menudeo con los importantísimos Préstamos Personales, tanto Directos como para Adquisición de Bienes de Consumo Duradero (ABCD); Tarjeta de Crédito; y Préstamos Hipotecarios para Vivienda de Interés Social. Esta gama de productos crediticios, que de base, como dije, manejaba yo en mi oficina,  puso por primera vez en la historia bancaria mexicana el dinero al alcance de los trabajadores y personas con ingresos por su cuenta que los comprobaran, facilitándoles esto último hasta donde sanamente se podía.
Aunque ya habían aparecido en el banco las oficinas controladoras internas de Gerencia Regional para esta rama de la banca, hicimos un trabajo intenso, agradable, redituable y muy gratificante por el número de clientes a quienes llegaban  los beneficios, con todo y que nos traían fritos los cuida escritorios administrativos, con  “se terminó la cuota, o “no hay recursos” o “este mes les hemos asignado mucho más de lo normal”, etc.    
Así, bajo mi responsabilidad, criterio y experiencia crediticia adquirida de manera privilegiada en Banamex, en cargos y funciones anteriores, desde luego dentro del marco de las facultades individuales autorizadas por la gerencia, otorgué Préstamos Personales a discreción, que todos y cada uno de ellos fueron siempre satisfechos cabalmente por los deudores. Clasificado y calificado adecuadamente el solicitante ¿para qué burocritizar  varios días el trámite, como era costumbre? Una vez llenada la solicitud y satisfecho los documentos identificatorios respectivos, llegué a perfeccionar varias operaciones en treinta minutos o menos. Con Ramón Amaral Huerta, delegado del área en la Gerencia Regional, tuve álgidos roces al respecto.
También me tocó traer a Guadalajara, de la matriz de la Ciudad de México, la línea de arrendamiento financiero, a través de Arrendadora de Maquinaria y Equipo (AMESA), después Arrendadora Banamex, que también fue una innovación del banco. El Sr. Roberto T. Marcor Director Fundador de Amesa, me escogió para este objetivo que quedó instalado en mi oficina, previa capacitación en el Distrito Federal.
Cuando nació en el seno de BNM la Tarjeta de Crédito Banamex, denominada inicialmente Bancomático, todavía con los colores azul y amarillo tan tradicionales, la afiliación de empresas para vender con este novedoso instrumento de ventas en la ciudad y su zona de influencia, la realizamos entre siete parejas, de las cuales seis eran conjuntadas por los llamados universitarios o maicitos y la mía con uno de ellos. Celebramos aproximadamente 420 contratos, de los cuales me tocó signar más de 300. Sirvió mucho el conocimiento que tenía del entorno, entonces  más difícil a los cambios.  
En esta época Banamex decidió su cambio de imagen después de más de 80 años. Los colores azul y amarillo y las letras clásico antiguas que ya habían perdido algunas puntas, pasaron a ser las que conocemos en tonos terracotas, con variantes después en algunos grises. Previo al cambio, sin decirnos específicamente para qué era, nos pidieron en una junta a un grupo de funcionarios escogidos, trabajar en el diseño de un logotipo. En nuestra mesa de trabajo diseñamos uno que resultó sumamente parecido al que se adoptó. Era una mesa circular con seis círculos en derredor que podía representar una junta de trabajo, de consejo, un planeta y sus satélites, o un todo. Las grecas del logo actual primero fueron también seis y luego se quitó una; la parte central, igual que en nuestro trabajo, forma una circunferencia. Se supo luego que este logo había tenido un costo millonario. 
Todas estas tareas adicionales a las asignadas normalmente, daban cabe aún a algo más. Los dos años, 1961/1963, que manejé nominal y oficialmente asuntos de gerencia y de contaduría se prestaban para ello. Esto de alguna manera me hizo necesario, no indispensable, en las funciones que desempañaba, y como calca de los casi seis años que duré para salir de Atotonilco, los seis meses prometidos se convirtieron en dos años ocho meses, hasta que iniciando 1969 me fui a la gerencia de Zacapu, Mich., cuya actuación extraordinariamente afortunada será materia del siguiente trabajo. También quiero recalcar que en todo momento, y en todos mis cargos,  desempeñé mis atribuciones con el índice más alto de profesionalismo y dedicación.
Guadalajara era apetecida en el banco por medio mundo, lo que hacía que hubiera mucha grilla en las sucursales urbanas que ya eran bastantes, principalmente en la Guadalajara y en las diversas secciones de la Gerencia Regional. Yo siempre me mantuve ajeno a estas cosas. No hay una sola persona que pueda decir lo contrario. Pensaba firmemente que si  alguien pretendía que lo destinaran a Guadalajara tan apetecida, tenía que tener méritos de trabajo suficientes y no de favoritismos nefastos, ni pedirlo. En mi paso de 20 años en Banamex, 1954/1974, con siete lugares de residencia: Atotonilco 6 años 11 meses, Guadalajara 2.1, Tepic 10 m, Zamora 1.10, Guadalajara 2.8, Zacapu 1.9 y Guadalajara Independencia 3.9; siempre hubo favoritismos e imposiciones a favor de compañeros y funcionarios, incluso por estrategias de la misma institución, a quienes hacíamos la tarea.
El espíritu de trabajo, solidaridad y satisfacción personal, así como el apego a una actividad, a un patrón y a una imagen personal de eficiencia y estatus nos hacía actuar con todo profesionalismo y honestidad. No digo que entonces no hubo personas que le fallaron a los bancos, pero eran las excepciones. Después, a partir de la malhadada expropiación lopezportillista de 1982, muchos se corrompieron y muchos entraron corrompidos, siendo el máximum la reprivatización salinista entre sus amigos, con dueños de la nueva banca bolseros, improvisados, prestanombres y algunos abiertamente criminales. Todos y sus contlapaches, tributarios solidarios de Carlos Salinas de Gortari.                                                           
México había conseguido las sedes para realizar las Olimpiadas en 1968 y el Mundial de Fut Bol en 1970 y Guadalajara por derecho propio iba a ser subsede principal en tan importantes eventos. Gozábamos de un estado de relativo progreso y optimismo nacional, con todo y que las olimpiadas fueron ensombrecidas en el Distrito Federal  por los hechos sangrientos de Tlatelolco. Guadalajara y otras ciudades del  estado, y en general muchas del país, despegaban nacional e internacionalmente. La actividad  privada y oficial estaba en buenos términos, o eso se nos hacía creer. Bajas deuda externa, inflación y paridad del dólar. Ni idea que el estúpido echeverrismo iba a ser el primero de cuatro sexenios tan nefastos que nos iban a dejar en la bancarrota y con los ánimos tan bajos a tantos que la recuperación hoy en día está todavía muy lejos sino imposible de llegar.    
Don Adolfo consintió en su gerencia y luego como Gerente Regional, un grupo de  cortesanos encabezado por Fernando Veytia en la primera gestión y por éste y Fernando Garza Lira y otros advenedizos del Distrito Federal en la segunda, que a su vez enrolaron a no pocos vasallos locales. El relevo de José Parada en la gerencia, quien venía bastante desencanchado del banco como Delegado en Los Ángeles, Calif., E.U.A., no mejoró las cosas en la misma y en algunos aspectos como liderazgo personal empeoró. El  señor Garza, de quien obviamente no era para nada santo de su devoción, no desaprovechaba ocasión para nombrarme sarcásticamente gerentito en potencia.
¡Qué lejos andaban de mi trayectoria! aunque Veytia Jr., y don Adolfo la conocían cuando menos en parte. Algo sin embargo tengo que agradecerle al primero de estos compañeros. Me aconsejó comprar el lote para construir mi casa en Guadalajara en la Colonia Providencia del entonces Sector Hidalgo. Además como yo no había querido comprar carro, si no que el banco me lo proporcionara cuando fuera gerente, al ser por unos cuantos metros vecinos en dicha colonia, me transportaba a y del trabajo con él en su nuevo y caro automóvil.     
Un mediodía rumbo a nuestras casas por la avenida Juárez, a unas cuantas cuadras del edificio de BNM ubicado en dicha avenida y Corona, nos interceptó pistola en mano un individuo como de la edad de Fernando bajándose a encararlo, que al ver quien lo acompañaba, se concretó a decirle que le diera gracias a Dios que andaba con una persona decente sino de inmediato se lo llevaba la chingada. Para romper el pánico que lo invadió, con un “que amiguitos tienes” empezó a tranquilizarse.
Al tiempo, el día que a finales de diciembre de 1968, don Adolfo, Garza Lira, con la presencia de Erik Palacios Villa, ex gerente de Zacapu, me informaron su proposición para ocupar la gerencia de esta sucursal en Mich., (No. 223) que describo en el siguiente escrito, al unísono me pedían y recomendaban como disco rayado, que conservara la prestigiosa  posición que ahí detentaba BNM. Erik llegó hasta la falsa presunción de ostentarse como el mejor gerente que hubiera tenido dicho lugar. ¡Igualmente, que distantes estaban del papel superior que iba a desempeñar!    

BANAMEX ATOTONILCO

El lunes 8 de junio de 1954 ingresé al Banco Nacional de México a instancias e invitación del señor Urbano Díaz Aguirre segundo gerente de la institución en Atotonilco, después de que estuve tres años en la tienda “La Colmena” propiedad del Sr. Cecilio Hernández Quiroz. Banamex fue el primer banco que hubo en Atotonilco, había iniciado sus labores al público el lunes 6 de febrero de 1950, siendo la fiesta de inauguración el domingo 5. Su primer domicilio fue en la esquina de 16 de Septiembre y Prisciliano Sánchez.
Como antecedente Banamex había tenido una corresponsalía con avances como apertura de Cuentas de Cheques, a cargo del conocido hombre de negocios originario de Sahuayo, Mich., don Alejandro Orozco Ramírez, fundador de la Aceitera de Atotonilco muy cerca de la estación del ferrocarril, en donde fueron al final socios don Cristóbal Lozano Hernández y don Enrique Fonseca Navarro, quienes a la postre se quedaron con esta industria. Don Alejandro construyó y vivió hasta su muerte en su distintiva casa de la calle 16 de Septiembre casi esquina con Calderón, que luego y hasta la fecha es propiedad de la familia del Sr. Guillermo Fonseca Navarro. 
La planta de personal inicial de Banamex había sido encabezada por el Sr. Raúl Morales González, Gerente; Juan Cervantes López, Contador Interino mientras llegaba el titular Miguel Martínez Gutiérrez quién recién casado vivió en la planta alta del citado local; Cajero, Andrés Lecuanda Arreola originario de Ahualulco de Mercado al igual que el Sr. Morales, los cuatro procedían de Guadalajara; como empleados, Ignacio García García encargado de los departamentos de Cheques y Cobranzas; Enrique Moncada Hernández de Cartera y Diversas, ambos entrenados previamente en Guadalajara y Ocotlán; Rodolfo Muñiz Hernández como Cobrador y la Srta. Nelly Morales González, hermana de Raúl, como Secretaria.
Hasta mi ingreso los cambios de personal habían sido: don Urbano Díaz Aguirre, toluqueño venido del Banco de Oriente en Atlixco, Pue., uno de los muchos bancos afiliados de Banamex, como gerente en lugar de Raúl Morales quien fue promovido como Jefe de Relaciones, equivalente entonces a Subgerente, a la importante sucursal de Torreón, Coah.; Ignacio García García, primer funcionario local, Cajero en lugar de Andrés Lecuanda que fue promovido al Depto. de Auditoría de operación nacional; José Guadalupe Pérez Serrano, José Silva Carranza e Hilario Arias ingresaron como cobradores sucesivamente.
Al irse Miguel Martínez, Ignacio García sube a Contador y Enrique Moncada a Cajero, como segundo y tercer funcionarios atotonilquenses y cuando Nacho en junio del 54, a mi llegada, se va a Tampico sucursal de primera importancia a nivel nacional como Subcontador subiendo casi de inmediato a Contador, Enrique ocupa su lugar y Lupe Pérez el de éste como Cajero; yo llegué como Cobrador en lugar de Hilario Arias y éste toma Cartera y Diversas y José Silva pasa a Volante; como Secretaria, a la Srta. Morales ya la había sustituido María Dolores Salcedo y luego a ésta Arcelia Córdova Ibarra, llegando después Yolanda Orozco Jiménez. También estaba ya como Office Boy Antonio Macías quien después continúo como policía en la sucursal Guadalajara. Dos de sus hijos son abogados. Después de que yo ingresé llegaron José González Arámbula “El Profe”, Francisco Hernández Muñoz, José González Duarte, Jaime Orozco Orozco y Carlos Parra Cuéllar.
De 16 de Septiembre y Prisciliano Sánchez, el primer cambio de Banamex fue a Colón, a media cuadra entre Nicolás Bravo e Hidalgo, donde después estuvo la farmacia del Sr. Ezequiel Parra Frías y la mueblería de Antonio Chávez. El segundo cambio, donde ya no estuve, fue por la misma acera a la esquina con Hidalgo, contra esquina de la Presidencia Municipal, propiedad del Sr. Samuel Hernández Martín del Campo. La mudanza definitiva y actual sede propia, es la bella y valiosa finca colonial adquirida a la familia del Lic. José María García Plascencia, en 5 de Febrero esquina con López Cotilla o Jardín Hidalgo. 
Como cobrador en lo posible tuve la suerte de fortalecer la buena relación e imagen características del banco con los clientes y otras personas relacionadas porque casi todos me conocían y tenían buena voluntad. Sin mediar para nada retribución, algunos clientes como don Salvador Fonseca Magaña y don Víctor González Orozco, que también hacían operaciones de dinero, me confiaban eventualmente gestiones de cobro aprovechando que yo iba a visitar a las mismas personas; otros, principalmente cuentahabientes de cheques les revisaba sus estados de cuenta mensuales. El transporte en bicicleta era muy rápido porque entonces había muy pocos vehículos automotrices y a mis 18 años las calles todavía todas empedradas y algunas en terracería, eran muy buenas pistas para mi trabajo.
Para que todos, o la gran mayoría, pudieran pagar sus documentos les ayudaba en lo posible y permitido manejando los tiempos de espera. En algunas ocasiones hasta llegué a pedirle a mi papá pequeñas cantidades para que el cliente completara, como el Dr. Octavio Barragán a la vuelta de la casa por la calle Colón, donde estaba de asistente y encargada de su farmacia Chela Navarro Curiel amiga de la familia.
Un año después de mi ingreso se promovió al Sr. Díaz Aguirre a la gerencia de la Sucursal Pacífico de La Paz B.C., una de las diez o doce que tenía al fusionarse el Banco del Pacífico. Yo en ese lapso había participado en los diversos departamentos de servicio de la sucursal por iniciativa propia, ayudando a los demás compañeros en sus puestos. Don Urbano, que conocía de sobra mi trabajo, me ofreció el puesto de Subcontador en La Paz cuando volvió a Atotonilco por su familia en septiembre de 1955, pero la formalización del cambio no fue apoyada por el nuevo gerente titular, quitándome así una oportunidad tempranera extraordinaria.
Antes de llegar el gerente designado Sr. Antonio Billión Vidal, estuvo en el puesto interinamente el Sr. Carlos Mendoza Casasa por unos tres meses, hombre de edad que sólo quería cubrir el expediente de la manera más cómoda posible. El Sr. Billión llegó de igual cargo en Ciudad Juárez, Chih., su nuevo cargo era menor pero en una sucursal muy noble y tranquila que le permitiría recuperarse de los sinsabores y trastornos de carácter que le había provocado allá un sonado y cuantioso asalto al banco. El incidente dio pie al dicho “se llevaron un millón pero dejaron un billón”.
El Sr. Mendoza pudo muy bien autorizar mi cambio pero se lo dejó a quien en unos días lo sustituiría. El pretexto de éste sin tomar en cuenta la eficaz y rápida capacitación que había logrado, fue que tenía muy poco en el banco y que le hacía falta ahí. No era el primer caso en que la falta de voluntad y conveniencia de jefes inmediatos adujeran el sistema de escalafón para detener méritos de sus subordinados. También adujo que nominalmente no había ocupado el puesto de Volante que detectaba y detectó varios años más José Silva Carranza desde mi ingreso. Así en los cinco años siguientes le di varias vueltas a los departamentos de la sucursal, incluso vacaciones al contador Jesús Solís Cervantes que había tomado el cargo de Enrique Moncada Hernández al irse este al afiliado Banco de Oriente en Puebla. Tenía ya firma autorizada sin titularmente ser funcionario. Obviamente el haberme convertido hasta cierto punto indispensable también me perjudicó.
Al terminar las labores diarias del puesto como cobrador con la entrega de valores por lo cobrado al cajero y la devolución de documentos sobrantes a los departamentos de cartera y diversas, procedía a elaborar los duplicados de Cuentas de Cheques que era parte oficial de mi trabajo, o bien si ya era posible, recontar el efectivo del arqueo de caja, que se me había adicionado desde mi ingreso. Cuando se iba la luz, que era muy seguido, a fin de que no salieran parchados y feos con el auxilio de la tradicional sumadora manual Burroughs y sello fechador, pedí permiso para elaborarlos en la noche con la máquina especial regresando de mi casa al banco cuando se reanudara la electricidad. Los policías en ronda celebraban mis correrías nocturnas y me cuidaban. 
Siempre hacía que me sobrara tiempo para ayudar a los demás departamentos, como el intenso registro diario individual de cobranzas de clientes y terceros, así como los de cartera de la sucursal que no se alcanzaran a mecanografiar paralelamente con la operación; compartía la comprobación semanal de estos registros. Mis informes no dejaban de auxiliar a la gerencia en la complementación de expedientes de la clientela. 
Me metí de lleno a los manuales de operación del banco pidiendo incluso permiso para llevármelos a mi casa. Así me enteré que había algunas cosas que no se hacían conforme a lo reglamentado, como por ejemplo para el pago de un Giro Bancario antes de recibir el abono y aviso de la sucursal o banco expedidor, en vez de ficha de asiento compuesto se elaboraba una simple que duplicaba luego el trabajo. Al comentarle el caso al Contador, quizá con cierto sesgo vanidoso de mi parte, le disgustó tanto mi intromisión que a boca jarro me espetó con todo rigor que las cosas se harían como se estaban haciendo y que si no me gustaba, tronándome los dedos, ahí estaba la calle. 
En el interinato del Sr. Mendoza hubo una visita de supervisión de gerencia a cargo del Sr. Joaquín Ruiz Fernández, muy exigente, autoritario y temido Primer Subgerente poblano de la sucursal Guadalajara que hacía las veces de las futuras Gerencia y Dirección regionales, con quién después me tocó intercambiar experiencias bastante desafortunadas en dicha sucursal y luego todo lo contrario. Resulta que al requerir a don Carlos información de los negocios de la sucursal, quien como mencioné no se había empleado a fondo en el cargo, entre otras preguntas no satisfechas oí desde donde estaba trabajando no contestar quien era el cliente Pedro Ocegueda Hernández, grité con cierto sesgo de involuntaria insolencia que era el Presidente Municipal. Luego en vista de la escasez de otras respuestas ordenó el visitador una lista completa de los clientes de cartera y cuentahabientes importantes para la mañana siguiente. Volví a meter mi cuchara para que se hiciera de inmediato porque yo los conocía prácticamente a todos con domicilios y teléfonos. Siempre dije, mientras existió en el banco, que el puesto de cobrador podía ser muy útil en otros aspectos.
El ambiente cosmopolita del que siempre ha hecho gala Atotonilco en comparación con otras poblaciones de la región, ha sido fiel espejo para medir a cada persona por sus actos. Las reuniones sociales, señaladamente las masculinas, son en gran medida intensas. Hay además de las fiestas onomásticas familiares convivios grupales prácticamente todos los días de la semana a las que con frecuencia se adhieren contertulios nuevos locales y foráneos.
El gerente del banco en aquellos años sino el personaje principal era el segundo o tercero del lugar con el Sr. Cura o el Presidente Municipal. En Atotonilco el protagonismo del Sr. Billión fue un tanto empañado por algunas descomposturas personales en dicho tipo de grupos, menoscabándole méritos ante los superiores, principalmente de Guadalajara. Con todo y esto la operación interna de la sucursal no se vio afectada por la buena atención del personal y la nobleza de la clientela.
La remoción del Sr. Billión, se llevó a cabo como Subgerente de una de las sucursales importantes de la Ciudad de México, en donde me pidió que lo visitara ofreciéndome el cargo de Subcontador que yo quedé de consultar con su sucesor. Aparte de no considerar mayor atractivo al ofrecimiento, el nuevo gerente me pidió que esperara un poco. Por otra parte, a menos que fuera una oportunidad verdaderamente importante, en provincia a donde menos queríamos irnos era a la Capital.
El sucesor Sr. Salvador Dávalos Gutiérrez, a quien en Atotonilco se le agregó el mote de don Susanito Peñafiel y Somellera en analogía con un personaje popular del actor Joaquín Pardavé su paisano guanajuatense, me hizo esperar toda su gestión. Al llegar en su lugar el Sr. Rafael Esqueda Garibay también guanajuatense, de inmediato tomó en serio mi caso. Estuve a punto de irme a Auditoría pero en mi lugar, más novato, se fue José González Duarte, después mi compadre, a quien había llevado de la mano para su aprendizaje en el banco.
Por este tiempo llegó una vez con unos amigos Fernando Veytia Jr., hijo de un miembro del consejo directivo del banco, don Fernando Veytia de la Vega, disponiendo en la sucursal del telex para un asunto personal que con toda libertad se le facilitó. Después personalmente habló don Fernando indicando que no se le facilitara en otra ocasión. Menciono el intrascendente incidente sólo porque en el futuro cruzaríamos nuestro camino en la institución.
El Sr. Dávalos que se había ido a la gerencia de la sucursal Santa Mónica en Guadalajara, en dos ocasiones solicitó mi apoyo en las semanas santas de 1960 y 1961 incluyendo los días feriados. La primera para aclarar unas diferencias en los registros del departamento de cobranzas con motivo de la salida del cajero principal Sr. Vicente González Golláz del que el banco prescindía por haber apoyado en un mitin del Pan a su hermano Ignacio e iba a tomar la caja el Sr. Trinidad García. La segunda para que al Sr. García se le comprobara una disposición fraudulenta pero que en sus arqueos de caja daba números supuestamente correctos. Pesamos unas bolsas recontadas de la gran cantidad de moneda fraccionaría que manejaba la sucursal, saliendo el faltante de veintidós mil y pico de pesos en diferencias hasta de $200.00 en las bolsas de 1,000 piezas. El objetivo en ambas participaciones se logró plenamente, y de los días feriados de ambas semanas santas hasta nos sobró tiempo. 
En la segunda estancia en Santa Mónica, me fue a buscar don Julio González Estrada para ofrecerme el trabajo administrativo en su fábrica de tequila Tres Magueyes en Atotonilco; de esta manera ingresó a su empresa para muchos años, Francisco Hernández Muñoz a quien le sugerí para el trabajo, puesto que no estaba ya en buenas migas con el banco.
Ya había rechazado antes el ofrecimiento de recursos de don Víctor González Orozco, quien desde que llegamos a Atotonilco en el 45 nos tenía muy buena disposición, para que junto con su sobrino Jaime Orozco que ya estaba en el banco, abriéramos una tienda de ferretería y similares, para lo que se ofrecían a surtirnos lo necesario de sus giros proveedores que yo conocía desde mi trabajo en La Colmena como La Casa del Vidrio, de Aguascalientes y Ferretera Panamericana, de Guadalajara. 
Jaime al poco tiempo se fue a la ciudad de México, donde empezó su camino en la burocracia. Después de un buen tiempo en Guadalajara como delegado regional de Tránsito Federal de la SCT, falleció ya jubilado. Ignacio García García después de Tampico se fue a la sucursal Acapulco y de ahí como Contador General del Banco de Oriente en Puebla, a donde jaló a Enrique Moncada Hernández quien tenía como un año de haberse salido del banco en Atotonilco y radica ahora en dicha capital poblana. Nacho de Puebla se vino a Guadalajara al desaparecido Banco del Pequeño Comercio del Distrito Federal de la banca oficial. Después estableció un negocio de ropa en la conocida zona comercial del barrio tapatío de San Onofre que a su fallecimiento debe manejar su familia. 
José Guadalupe Pérez Serrano, después de muchos años más como cajero en Atotonilco, salió en uno de los planes de entrenamiento para la línea de gerencia, tocándome en dicho proceso apoyarlo cuando estaba de Subgerente en Zamora, Mich., y después entregarle la gerencia de la nueva sucursal en Puruándiro, que se abrió durante mi gestión gerencial en Zacapu y actualmente jubilado radica en Colima. José Silva Carranza al liquidarlo extrañamente el banco por enfermedad pasó como burócrata al Ayuntamiento Municipal en donde después de varios años en un desafortunado y previsible accidente de tránsito carretero falleció regresando de Guadalajara. Rodolfo Muñiz a principios de 1954 se fue con sus hermanos a la ciudad de México donde todos tuvieron negocios propios en el ramo de mercería.
Hilario Arias se separó del banco y se dedicó en otro lugar a labores agrícolas falleciendo al poco tiempo. José González Arámbula, ya fallecido, fuera del banco continuó en la docencia. Carlos Parra Cuéllar, a quien junto con el Profe y González Duarte apoyé bastante en el trabajo a su ingreso, renunció para hacerse vendedor de la Harinera El Refugio de don Francisco Salcedo Ordaz, donde falleció. José González Duarte después de Auditoría que tomó en mi lugar, estuvo mucho tiempo en el Banco Provincial de Chihuahua, otro de los afiliados de Banamex. Se radicó en Torreón, Coah., donde falleció en 2005.
El Sr. Roberto de la Rosa Nuño que ya conocía mi trayectoria, era en 1961 Funcionario de Personal en la zona. Con el apoyo total del Sr. Esqueda Garibay, esperaban se me asignara una contaduría en la región. Antes se presentó una vacante en el Departamento de Análisis de Crédito de la Sucursal Guadalajara. Se trataba del puesto de Investigador de Crédito en campo, el que aunque distaba mucho del que se esperaba, tenía expectativas interesantes y que al aceptarlo, con sus peripecias extraordinarias relataré en Banamex Guadalajara Uno.